Capítulo 11. El Ladrón de Palabras

1409 Words

El tiempo en la celda adquirió una textura nueva, granulada y lenta, como el goteo de agua que talla la piedra. Soulind aprendió a medirlo no por el sol, sino por los sonidos del castillo: el toque de la campana que marcaba las horas (seis al amanecer, doce al mediodía, ocho al anochecer), el cambio de los guardias (cada cuatro campanadas), y el ritmo de las visitas de su madre (cada cambio de luna, una agonía de espera entre una y otra). Los guardias tenían rostros y nombres, y ella los estudió como un general estudia a sus carceleros. Torvin era el viejo. Llegaba arrastrando los pies, con una tos perpetua que sonaba a hojas secas. A veces, al dejar el cuenco de gachas, sus ojos, acuosos y ambarinos, se posaban en ella con algo que no era compasión, sino reconocimiento entre condenados.

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