El invierno en los calabozos era un frío distinto. No era el frío cortante del bosque, que se podía combatir con movimiento y leña. Era un frío húmedo y persistente que se colaba desde la piedra misma, se instalaba en los huesos y rezumaba un lento dolor sordo en las articulaciones. Soulind, ahora con once años y creciendo en delgadez y en silencio, aprendió a bailar en su celda, movimientos pequeños y frenéticos, para generar calor. También cubrió una sección de la pared con los dibujos de un sol enorme y radioso, un acto de puro desafío mágico contra la oscuridad que la rodeaba. El intercambio de pergaminos con el príncipe —Elian, había firmado uno con ese nombre— se volvió una rutina clandestina tan metódica como el cambio de guardia. Kael, el guardia joven, era el cómplice inconscient

