El tiempo en la celda adquirió una textura nueva, granulada y lenta, como el goteo de agua que talla la piedra. Soulind aprendió a medirlo no por el sol, sino por los sonidos del castillo: el toque de la campana que marcaba las horas (seis al amanecer, doce al mediodía, ocho al anochecer), el cambio de los guardias (cada cuatro campanadas), y el ritmo de las visitas de su madre (cada cambio de luna, una agonía de espera entre una y otra).
Los guardias tenían rostros y nombres, y ella los estudió como un general estudia a sus carceleros.
Torvin era el viejo. Llegaba arrastrando los pies, con una tos perpetua que sonaba a hojas secas. A veces, al dejar el cuenco de gachas, sus ojos, acuosos y ambarinos, se posaban en ella con algo que no era compasión, sino reconocimiento entre condenados. Una tarde, tras un acceso de tos particularmente violento, murmuró para sí mismo: «Maldita humedad de esta tumba». Soulind, desde su rincón, dijo en voz baja: «La raíz de regaliz. Para la tos». Torvin se quedó quieto, la miró un segundo más largo, y al día siguiente, su cuenco de gachas vino con un trozo de regaliz n***o y arrugado al lado. No hubo palabras. Fue el primer trueque silencioso de su nueva vida.
Kael era el joven, de no más de veinte años. Silbaba tonadas sin melodía, su mirada siempre perdida, como si su mente estuviera en otro lugar. Cumplía su turno con la eficiencia aburrida de quien hace un trabajo sin significado. A Soulind la trataba como a un mueble: una cosa más que vigilar. Era, en cierto modo, el más peligroso, porque su indiferencia era absoluta.
Y luego estaba el capitán, Sir Gareth. No venía a diario, pero su presencia se sentía. Sus pasos, firmes y medidos, resonaban de manera diferente en el pasillo. A veces se detenía frente a la mirilla, y Soulind sentía el peso de su mirada evaluadora, como si comprobara que el «problema» seguía contenido. Nunca habló con ella. Pero una vez, tras una de las visitas de su madre, su voz, grave, llegó a través de la puerta: «La mujer no puede seguir viniendo. Altera el orden». Soulind, al otro lado, apretó los puños, pero no respondió. Al mes siguiente, su madre volvió a venir. Sir Gareth había cedido, o alguien por encima de él había dado una orden. Soulind no sabía cuál de las dos opciones era más inquietante.
Las visitas de su madre eran islas de dolor agudo y salvación en el mar gris de su encierro. Cada vez que la puerta se abría y entraba esa figura cada vez más encorvada, Soulind sentía un golpe dual: el amor feroz, animal, de verla, y el dolor afilado de saber que se iría, dejándola de nuevo en la soledad de piedra.
—Cuéntame —decía siempre su madre, sentándose en el jergón y tomándole las manos—. Cuéntame todo lo que has visto, oído, pensado.
Y Soulind hablaba. Le hablaba del goteo en el pasillo siete, de la rata gris que venía a buscar migas y a la que había llamado Sombra, de la forma de la nube que parecía un dragón que había visto desde el ventanuco. Su madre la escuchaba con una intensidad absoluta, como si cada palabra fuera un hilo vital que la mantenía conectada a la humanidad de su hija.
—El pueblo te olvida, hija —le dijo una vez, su voz un susurro cargado de amargura—. O pretenden hacerlo. Ahora la mala cosecha es «la ira de Dios», y tú solo eres un fantasma del que murmuran en invierno. —Le apretó las manos—. Es mejor así. La invisibilidad es un escudo.
Pero también traía consigo el olor del mundo exterior, y noticias que eran como golpes bajos. El hijo del herrero, Elmir, se había unido a la guardia del pueblo. El anciano del bastón había muerto, pero su hija, una mujer tan severa como él, había tomado su lugar. La cabaña seguía en pie, pero el tejado se hundía por el abandono.
—Te he traído esto —dijo en su tercera visita, deslizándole un objeto pequeño y duro envuelto en un trapo. Era una piedra lisa y plana, del tamaño de su palma, de un gris azulado—. De la orilla del arroyo que pasa detrás de casa. Para que recuerdes que hay agua que corre libre. Y para lo otro.
«Lo otro» era el carbón. Con la piedra azul, Soulind podía frotar el carbón y hacer una suerte de tinta débil. Empezó a llenar una sección de la pared con palabras. Palabras que recordaba: Lilia. Madre. Bosque. Fuego. Y otras nuevas que inventaba para describir su celda: Goteo. Silencio. Eco. Sombrío.
Un día, tras la visita de su madre, encontró algo nuevo deslizado bajo la puerta. No era el cuenco de gachas. Era un trozo pequeño y limpio de pergamino, doblado. Con manos temblorosas, lo abrió. No había dibujo. Había una pregunta, escrita con una letra torpe pero educada:
«¿De verdad hablas con los animales?»
Soulind miró el pergamino, luego la puerta. No había sonido. El guardia de turno era Kael; podía oírlo silbar más allá. Esta no era su letra. ¿De quién era?
Con el trozo de carbón, en la parte de atrás del pergamino, escribió su respuesta, presionando con fuerza:
«Los animales no me tiran piedras.»
Al día siguiente, el pergamino había desaparecido de donde lo había dejado, y en su lugar había otro.
«¿Qué animal sería yo?»
Soulind casi sonrió. Una sonrisa amarga, descreída, pero la primera en semanas. ¿Quién era este niño impertinente que jugaba a interrogarla desde el otro lado de su prisión? Tomó el carbón.
«Un halcón. Que vuela alto y no ve lo que pasa en el suelo.»
La respuesta llegó al día siguiente, más rápida, la lectura un poco más suelta.
«Los halcones ven todo. Son los ojos del rey. Mi tutor dice que es una metáfora.»
Soulind se quedó helada. Mi tutor. El niño del halcón. El príncipe. Él era su interlocutor secreto. La rabia, caliente y súbita, le subió por el pecho. ¿Se burlaba de ella? ¿Era este un juego cruel de la nobleza? Apretó el carbón con tanta fuerza que se le partió entre los dedos. Con el fragmento más grande, garabateó su respuesta, manchando el pergamino:
«Entonces tú eres ciego. O no quieres ver.»
No hubo respuesta al día siguiente. Ni al otro. Soulind pensó que lo había ahuyentado, que el juego había terminado. Una parte de ella se sintió aliviada. Otra, más pequeña y confusa, sintió una punzada de decepción. Esas notas habían sido el único estímulo nuevo en su mundo de piedra.
Una semana después, un nuevo pergamino apareció. Esta vez, no había pregunta. Había un dibujo. Torpe, infantil, pero reconocible: un halcón visto desde abajo, sus alas desplegadas contra un sol rayado. Y debajo, una sola palabra:
«Lo siento.»
Soulind miró el dibujo durante mucho tiempo. Luego, con el último fragmento de carbón, en un rincón limpio de la pared, intentó copiarlo. Le salió mal. El halcón parecía una gallina asustada. Pero era su halcón. El halcón del niño que, tal vez, no solo quería burlarse.
Tomó una decisión. En el siguiente pergamino que pasó Kael (que ahora miraba con un poco más de atención, pero seguía silbando), ella escribió:
«¿Qué más dice tu tutor?»
Fue el primer puente. No de amistad. De curiosidad compartida. Un príncipe aburrido y una prisionera hambrienta de estímulos, encontrando en el intercambio de palabras un terreno neutral y peligroso. Soulind no lo sabía aún, pero acababa de dar el primer paso en la educación más importante de su vida: estaba a punto de aprender cómo piensan, y por qué gobiernan, los que nacen para hacerlo.
Y en lo alto del castillo, en sus aposentos iluminados por el sol, Elian guardó el pergamino manchado con el halcón gallina en un hueco secreto de su estantería, junto a sus plumas de halcón favoritas. No entendía por qué la respuesta de la «niña-bruja» le había dolido tanto, ni por qué su «lo siento» le había salido del alma. Solo sabía que esperaría con ansias, cada día, el momento de deslizar otra pregunta bajo esa puerta, y el milagro de encontrar una respuesta al día siguiente. Era el juego más emocionante que había tenido nunca.