No sabía si había sido el desayuno o los nervios, pero ahora estaba allí, muriendo de la vergüenza y llenando de vómito probablemente unos zapatos que costaban más que mi propio sueldo.
Lucas no hizo más que correr hasta tomar mi cabello e intentar ayudar, pero era demasiado tarde como para detenerme, lo que había pasado, era irreversible.
Él me miró allí en blanco, maldiciendo una y otra vez, dando un paso detrás y gritando al aire.
Los murmullos comenzaron y finalmente cuando el vomitó cesó, el silencio una vez más llegó.
Levanté mi cuerpo hasta chocar con su mirada, llena de enojo, frustración y arrepentimiento. Lucas aún estaba tras de mi, tomaba mi cabello y pedía mi calma, todo había acabado.
Respiré hondo y giré a ver a Lucas, una sola mirada bastó para decirme que era el fin, era el hijo del jefe, y esa primera vez, no era una buena presentación.
Limpié mi boca mientras todo pasaba lo suficientemente lento como para procesarlo, le miré una vez más y bajé mi mirada con pena.—...Lo siento, no fue mi intención, yo..., no sé que ha pasado, de verdad, no sé que ha pasado. Prometo que los limpiaré o compraré otros de ser necesario. Lo siento.—Repliqué.
Él no hizo más que negar, dar media vuelta y salir de allí dando pasos firmes mientras llenaba todo el camino con rastro de mi.
Lucas no hizo más que buscar una botella de agua y pasármela hasta beberla completa. Allí mismo, lanzó su cuerpo sobre la silla, dejó sus manos sobre su cabeza y respiró hondo.—Mierda...—Susurró en un hilo de voz con su mirada perdida.—Ésto traerá graves consecuencias.—Insistió una vez más.
Los murmullos volvieron una vez más y yo quedé allí en silencio, perpleja, odiando todo y queriendo que la tierra misma se abriese y me llevase antes de querer tomar un plumón y clavarlo en mi garganta.
—Te ayudaré a limpiar, tranquila. Puedes ir a casa y limpiarte, podrás encontrar otro día para la entrevista. Puede que Alec no le diga nada a su padre, puede que no sea el final...—Balbuceó rápidamente.
Yo negué estando allí y mirando el suelo, imaginando los zapatos de aquel hombre que se llamaba Alec e imaginando el berrinche que probablemente armaría ante su padre gracias a mi.
—Lo arruiné, primer día y probablemente el último.—Susurré en un hilo de voz.—Mi única oportunidad se ve esfumada en un par de zapatos y un vómito por mala indigestión.—Insistí.
—A cualquiera le pudo haber pasado, Cindy. Tu tranquila.—Aclaró en búsqueda del mantenimiento de limpieza.—Lo arreglaré, solo déjame pensar.—Dijo una vez más Lucas sin cuidado.
Pero no hice más que preocuparme, la primera impresión y una ficha importante, todo lo había arruinado.
—¿Crees que me delate? ¿Que le diga a su padre que no me contrate?—Pregunté preocupada.
Lucas rió con nerviosismo y levantó su mirada hasta mirarme fijamente.—Alec es el diablo, Cindy.—Insistió.—Pero todo con él es una sorpresa, solo enfócate en ti misma, tú eres la que debe luchar por tu puesto. Así que alístate, sube y ve por ello. Evita acercarte al diablo.—Susurró.
Pero ante esas palabras, una vez más, la voz de Alec aparecería tras nosotros.
—Lucas.—Dijo firme.—Que pésimo se oye ese diablo.—Susurró.—¿Sabías que el diablo solo fue un ángel incomprendido?—Rió.—Que lastima que tú no seas capaz de luchar por tus deseos, te dejes pisotear por todos y debas trabajar como un esclavo para mí padre.—Insistió.—Si tan amigo eres de la nueva, luego de limpiar el desastre que hizo aquí, ve a mi oficina y limpia mis zapatos, el pantalón se lo llevará ella misma y lo traerá impecable. ¿Cierto?—Preguntó girando a verme.
Lo miré fijamente, no miré nada en él, solo sentía un vacío interminable, sentimientos comprimidos, Alec no era linda persona, era todo lo contrario. Lucas tenía razón ante sus advertencias, Alec era el mismísimo diablo.
—Lo haré, lo traeré listo para volver a usarlo.—Dije firme.
—Bien, ahora vamos, mi padre te espera. Espero no le vomites a él también, si no le darás mucho, pero mucho trabajo a tu amigo Lucas.—Dijo mirándole por última vez.
No hice más que susurrar inaudible que me disculpara y que al regresar, le ayudaría a arreglarlo. Pero el tiempo corría y tenía una última oportunidad de arreglar el desastre que había ocasionado.
Caminamos por el largo pasillo, Alec a mi lado, su cuerpo imponente ante el mío. Las miradas y susurros volvieron, éramos el centro de atención.
Respiré hondo, arreglé mi cabello y traté de limpiar aquel rastro de vómito que quedó sobre mi camisa.
Ya todo era un caos.
No tendría el puesto, lo había perdido todo.
Entonces tomamos el ascensor en silencio, último piso, silencio absoluto y una risa escondida.
—¿Qué te causa risa? ¿Yo?—Pregunté confundida y mirando a Alec sin temor.
—Pero obvio que tú, comenzando con que te llamas “Cindy” y segundo, vas a una entrevista de trabajo muy importante y llevas tu camisa llena de vómito. Apestas, Cindycindy.—Repitió.
Así mismo, una sola conversación bastó para que Alec terminara de hundir la confianza que llevaba, quería detener el ascensor y bajar.
Realmente era un caos.
No hice más que bajar mi mirada y guardar silencio, quería partir a llorar y huir, pero simplemente era el mundo de grandes, y aunque fuese destinada al fracaso, debía llegar hasta el último segundo e intentarlo.
—Solo era un chiste, Cindy. Después de todo, tu nombre al menos es gracioso.—Susurró de brazos cruzados a mi lado.
—Para mí no lo es.—Susurré.—Así se llamaba mi madre, solo de ese modo puedo tener una parte de ella y recordarle.—Resoplé.—Para mi no es un chiste.
—¿Murió?—Preguntó apenado girando a verme.
—Sí, cáncer. Hace un par de años, fue diagnosticado demasiado tarde, estuvo en tratamiento durante mis últimos años de instituto, pero no lo logró.—Susurré.
—Lamento oír eso.—Se disculpó.
—El diablo jamás se disculpa, Alec.