POV DAMIÁN El motor del coche se detuvo frente a la nueva casa de seguridad, pero mi corazón seguía latiendo a una velocidad que me resultaba difícil de controlar. Mis dedos se apretaron alrededor del ramo de rosas rojas y el oso de felpa que descansaba en el asiento a mi lado. Tenía las manos lastimadas, los nudillos en carne viva y el alma llena de cicatrices, pero al ver la fachada de piedra de la residencia, sentí que la sangre volvía a correr por mis venas por primera vez en semanas. Bajé del coche casi tropezando con mis propios pies. No había prensa, no había guardias con esposas, solo el aire puro de las Highlands y el sonido del viento entre los pinos. Al entrar en la casa, el olor a hogar —a canela, a madera y a ese sutil aroma de bebé— me golpeó como una ola de calor. El a

