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En el corazón del Magnate

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intro-logo
Blurb

Amelie Sáenz es una bibliotecaria de buen corazón cuya vida termina la noche que su hermana gemela, Sonia, la envía a la oficina del magnate Damián Blackwood como carnada.​Engañada por Sonia, Amelie firma sin saberlo su acta de matrimonio. Damián, necesita una esposa urgente para asegurar su herencia y usa el fraude de su hermana como chantaje.​Amelie, prisionera en una jaula de cristal, huye de su ahora esposo desesperada por buscar refugio en su prometido, Ricardo. Sin embargo, su escape solo la lleva a una cruel doble traición: Ricardo y Sonia están juntos.​Destrozada y sin ninguna otra opción, Amelie regresa a la mansión de Damián Blackwood. Ahora no es solo su esposa forzada, sino una mujer que ha perdido toda ingenuidad y que ha jurado venganza.​Él la atrapó por posesión. Ella regresa por la guerra. En el lujoso infierno de su matrimonio, la obsesión de Damián y la desesperación de Amelie, desatará una batalla de voluntades, pasiones y amor.La vida de Damián es más complicada de lo que ella cree, y en medio del amor que empieza a surgir, el pasado vuelve tambaleando todo lo que Amelie pensó estaba resuelto. Damián carga más de lo que ella alguna vez logró imaginar. ¿Qué sucede cuándo el corazón de una cómplice empieza a tener sentimientos por su captor?

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Capítulo 1. Engaño
POV Amelie Afuera de esa enorme oficina, llovía como si el cielo quisiera desprenderse. Mi corazón latía desenfrenado, con tanta rudeza que parecía explotar en cualquier segundo. ​Estaba muy nerviosa. Aún me preguntaba si haber aceptado venir haciéndome pasar por mi hermana había sido buena idea. No sé por qué me dejé convencer por ella. Debí negarme. Venir y enfrentar a Damián Blackwood había sido, sin duda, una muy mala idea. Solo la fama tan despiadada que se carga era suficiente para haberme mantenido lejos de su radar. ​Pero yo, como siempre, tenía que salir a ayudar a Sonia. Sabía que ella debía venir hasta aquí a entregar y firmar documentos por su trabajo de exportación, y aun así se fue de fiesta y amaneció con alcohol en la cabeza. Ahora aquí estaba yo, abusando de nuestro parecido para presentarme frente a este déspota sin emociones, usando su nombre. ​La puerta de la oficina se abrió. Dejé de divagar para mí misma y tomé una postura firme y orgullosa; después de todo, no iba a dejarme intimidar, aunque debo confesar que él era bastante imponente. Tragué con dificultad al sentirlo detenerse a mi lado. Lo sentí observarme con tanta profundidad que el aire a mi alrededor se volvió denso y asfixiante. Me removí incómoda, rogando que aquello fuera señal suficiente para que él apartara su mirada de mí. ​Después de unos segundos, soltó un gruñido un tanto molesto, caminó hasta el amplio escritorio y tomó asiento sin apartar su vista de mí, como si estuviera por estrangularme. ​—Así que fue a ti a quien envió —Su voz salió gruesa y demandante. Un escalofrío recorrió mi espalda y pude sentir mis piernas flaquear. ​—Soy Sonia Sáenz y vengo a entregar estos… ​—Yo no soporto muchas cosas —me interrumpió—, pero hay dos que son un detonante bastante peligroso en mí. ​Su voz salió más grave y con visible irritación. Con cada segundo que pasaba, me sentía más temerosa. Mi cuerpo me decía a gritos que huyera de allí, que corriera sin parar, pero yo no reaccionaba; solo estaba allí, perdida en esa mirada que parecía quemarme. ​—Te diré cuáles son y espero que nunca las olvides —Se inclinó un poco y arrebató el documento sellado de mi mano—. No tolero que intenten engañarme —Tragué con dificultad—. Pero peor aún, a alguien tan tonta para no darse cuenta de que la están utilizando para engañarme —Enfatizó la palabra «engañarme» de una manera que me hizo temblar. ​—No sé de qué habla. ​Dije en tono bajo. Mi voz salió sin fuerzas, porque sí le estaba mintiendo, pero no era algo que iba a aceptar. Hasta el final, yo sería Sonia Sáenz. ​—Tú no eres Sonia Sáenz —dijo en tono seco, como si hubiese escuchado mis pensamientos—. Y ella no te envió aquí a entregar ningún documento. ​Dijo mientras abría el paquete y me enseñaba el grupo de páginas, todas en blanco. Miré cada una de ellas mientras sentía mi corazón detenerse lentamente. Ella me había engañado, pero ¿por qué? ​Al notar mi silencio, estampó su mano contra la madera de su escritorio. Di unos pasos atrás con terror. Le había mentido a este hombre, al magnate más importante del país, por nada, por papeles en blanco. ​—¡Siéntate! —ordenó. ​—Debo irme. ​Respondí y traté de llegar a la puerta. ​—Pones un pie fuera de esta oficina y te mostraré por qué nadie en este lugar se atreve a jugar conmigo. Por una razón tu hermana no vino. ​Me detuve en seco al escuchar su voz amenazante. Mi respiración se volvió acelerada al escuchar el chirrido de la silla y sus pasos acercarse a mí. Apretó mi mano y casi a rastras me hizo volver y tomar asiento frente a él. ​—Ahora tú, Amelie, deberás hacerte responsable de la falla de tu hermana… Hoy te enseñaré una gran lección: no confíes en nadie. ​Sacó una carpeta de su escritorio, pasó página por página hasta llegar a la última y entonces la colocó frente a mí, acompañada de un bolígrafo. ​—Firma con tu nombre. ​Lo miré casi sin respirar. ​Sus ojos claros me observaban con atención y en ellos podía notarse la amenaza. Lo vi desviar su mirada a mi garganta, donde acababa de pasar saliva. Sus ojos se volvieron más oscuros, su mirada más penetrante. Parecía estarme desnudando, y aquello solo me hizo desviar la mirada; no pude con ella. ​—No tengo todo el día, ¡firma ya! —volvió a ordenar. ​—No puedo —dije titubeando—. No sé de qué se trata todo esto… Yo no debo estar aquí. ​—Es obvio, no deberías estar aquí, pero dejaste que te engañara. Te envió a firmar un documento y tú llegaste aquí con toda la determinación de hacerlo… ¡Entonces firma! ​Otro golpe sonoro impactó el escritorio. Di un pequeño salto del susto, mientras un jadeo bajo salía de mí. ​Tomé el bolígrafo al entender que no podría salir de allí sin hacer lo que pedía. ​—Tu hermana trabaja para mí y tenía la obligación de entregar un proyecto a uno de mis socios, pero lo robó y vendió a la competencia. Aquello me costó la boda con su hija —dijo después de verme tomar el bolígrafo—. Creyó que podía mentirme, pero yo lo supe en el preciso instante que lo hizo y, no contenta con eso, te envió aquí —Rio con burla—. Tal vez esperaba que te enviara a ti a presión. ​Tomé una bocanada de aire y, sin más, firmé. Solo quería salir de allí. Ya no toleraba seguir con él, escuchando cómo decía aquellas cosas de Sonia. Nada de eso podía ser cierto. Sonia no sería capaz de hacer algo así. ​—¡Felicidades, cariño! —dijo en tono de burla—. Te acabas de convertir en la señora Blackwood. ​Al escuchar aquello, traté de tomar los documentos, pero él fue más rápido. Se puso de pie y caminó hasta la puerta, e hice lo mismo, tratando de arrebatárselos de las manos, pero él solo me dio una sonrisa burlesca mientras subía la mano con los documentos sobre su cabeza. Yo era diminuta a su lado; no podía alcanzarlos. ​—¡Dámelos! —le pedí desesperada. ​Tomó mi mandíbula en respuesta, se agachó y dejó un suave beso sobre mis labios. Luego empezó a reír como si aquello fuera motivo de diversión. ​—Tus problemas con Sonia no me interesan, ve a resolverlos con ella —le dije en tono serio. ​Su agarre en mi mandíbula se apretó más. Un jadeo salió de mí, y al separar mis labios él, con celeridad, me besó otra vez, pero en esta ocasión se aseguró de que su lengua se entrelazara con la mía. Lo observé aterrorizada, no lograba entender qué estaba pasando, pero él, en cambio, me miraba con diversión en sus ojos. Tenerme así le divertía, y eso solo me hizo enojar. ​—¡No vuelvas a tocarme! —le grité al darle un empujón. ​Me dio una mirada de total irritación y abrió la puerta tras él, donde un hombre mayor esperaba. ​—Hazlo oficial. Me envías el acta al lugar que te indique. ​El hombre asintió y sin más se fue, dejándonos solos. ​Aproveché que la puerta estaba abierta y caminé, lista para irme, pero él tomó mi cintura y me pegó a su cuerpo. ​—¿A dónde crees que vas? —cuestionó. ​—¡A donde no te importa! —le dije de manera grosera. ​—Esto será divertido —dijo con una sonrisa, pero no había rastros de alegría en su rostro—. Al único lugar que irás es a nuestra luna de miel, porque tú, Amelie, te acabas de convertir en la mujer de Damián Blackwood.

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