POV Amelie
El golpe de la puerta de caoba al cerrarse fue el sonido de mi vida partiéndose en dos.
Me dejó sola en el centro de la oficina, bajo el diluvio que azotaba los ventanales. La lluvia no era solo agua; era un llanto brutal del cielo que parecía confirmar mi sentencia.
Me llevé la mano a la boca, aún sintiendo el sabor del beso forzado. Él se había reído. Damián Blackwood se había reído. ¿Señora Blackwood? Mi mente se negaba a procesarlo.
No solo había sido engañada por mi hermana, sino que me había casado con un demonio sin emociones, todo por unas páginas en blanco. Sentía el sabor metálico del miedo, la bilis en la garganta. ¿Cómo pude ser tan estúpida, tan ciega por la lealtad a Sonia? Él me había advertido que no confiara en nadie, y aun así firmé. Los nervios me hicieron hacer algo que sin duda yo nunca haría: plasmar mi firma sin leer. El engaño de mi hermana me arrastró a la boca del lobo.
La rabia me dio la fuerza para levantarme. Busqué mi bolso, un acto patético de aferrarme a mi vida anterior. Tenía que irme.
Pero el recuerdo de sus palabras me detuvo en seco, helándome la sangre: «Pones un pie fuera de esta oficina y te mostraré por qué nadie se atreve a jugar conmigo». El poder en su voz no era fanfarronería; era una promesa.
Me acerqué al enorme escritorio. Damián se había llevado el acta de matrimonio, el documento con mi firma, pero algo más yacía allí: un conjunto de papeles encuadernados, con el logo de un cuervo estampado en la esquina superior. Era el borrador del documento que él me había obligado a firmar. Tenía que saber la magnitud de esta catástrofe.
Con manos temblorosas, abrí la carpeta. En letras negras e imponentes leí el encabezado: CONTRATO DE MATRIMONIO Y ACUERDO LEGAL BLACKWOOD.
Lo pasé rápidamente, página tras página, hasta el final. No estaba mi firma, pero sí la lista de términos. El horror crecía con cada cláusula:
— Cláusula 4.2 (Residencia): La Cónyuge debe residir permanentemente en la residencia principal del Cónyuge Blackwood.
— Cláusula 5.1 (Apariencia Pública): La Cónyuge debe presentarse en público como una esposa enamorada, dedicada y complaciente, bajo la dirección del Cónyuge Blackwood.
— Cláusula 6.3 (Incumplimiento): Cualquier intento de la Cónyuge de invalidar el matrimonio, huir de la residencia o contactar a terceros sin el consentimiento expreso del Cónyuge Blackwood, se considerará incumplimiento grave, activando de inmediato el proceso de denuncia por fraude contra terceros relacionados.
El documento no solo me hacía su esposa; era un contrato de esclavitud legalizado. Mi vida no me pertenecía. Era una transacción, un paso empresarial perfectamente calculado. Era una estrategia impecable.
—No puede ser. No es legal —susurré, sintiendo náuseas. Intenté rasgar el papel, pero el cuero y el material eran demasiado resistentes.
De repente, la puerta se abrió de nuevo. Entró un hombre que se presentó como Alexis, el abogado que había estado esperando afuera, seguido de dos personas.
Una mujer joven, vestida con un traje impecable y el rostro pétreo, que parecía la jefa de seguridad de una prisión de máxima seguridad, y un joven delgado con gafas que llevaba un maletín, el cual me escudriñó con severidad.
Alexis me miró sin un atisbo de compasión, como si yo fuera un objeto que necesitaba ser reubicado.
—Señora Blackwood —dijo con voz autoritaria—. El señor Blackwood le ha asignado personal para asegurar su transición. La señora Elisa se encargará de su seguridad. El señor Arturo se encargará de sus necesidades personales. Su anterior teléfono, cuenta bancaria y residencia han sido cancelados. Su nueva vida comienza ahora en la mansión Blackwood.
Sentí que el mundo se desdibujaba. Cancelados. Mi apartamento alquilado, mi cuenta de ahorros, mi trabajo como bibliotecaria. Damián había cortado todos mis lazos con el mundo como si fueran hilo.
Era una erradicación. Mi existencia anterior había sido borrada antes de que pudiera parpadear.
—¡Soy Amelie Sáenz! Yo no soy la Señora Blackwood. Esto es un secuestro, una coacción —grité, aunque mi voz sonó débil contra la vastedad de la oficina.
La jefa de seguridad, Elisa, se acercó, su rostro como una máscara de piedra.
—Usted firmó el contrato, señora. El acta de matrimonio ya está siendo procesada en el registro notarial. La coacción es una alegación que requeriría pruebas y un proceso legal que tomaría meses. Si desea iniciar ese proceso, el señor Blackwood activará de inmediato la denuncia por fraude contra su hermana, Sonia Sáenz, que incluye cargos federales por evasión y uso de identidad falsa para obtener activos. Ella pasará décadas en prisión. El cargo por el robo a la empresa Blackwood es lo suficientemente grave como para asegurar que jamás vuelva a ver la luz del día.
La amenaza. Siempre la amenaza. Sonia, a pesar de todo, seguía siendo una debilidad. La idea de que mi hermana pasara décadas en una celda me revolvía el estómago. Damián no solo quería la boda, quería mi obediencia total.
Me obligué a calmarme. Luchar contra ellos aquí y ahora era imposible. Estaba atrapada en su territorio, rodeada de su personal. Sería como intentar derribar un muro de acero con mis manos.
—¿Y qué espera de mí? —pregunté, mi voz, aunque tensa, era clara. El miedo se estaba convirtiendo en frialdad.
—El señor Blackwood espera que cumpla su papel como su esposa hasta que la cláusula de la herencia sea verificada y ejecutada. Eso puede llevar un año, señora —Alexis, el abogado, respondió—. Debe presentarse en público como su esposa, mantener la fachada de un matrimonio por amor y, lo más importante, no intentar escapar. Si coopera, el fraude de su hermana se mantendrá en secreto y será eventualmente anulado por el señor Blackwood.
Un año. Un año de prisión con Damián Blackwood. Era mi condena.
El personal me guio fuera de la oficina, me subieron a una camioneta lujosa que me llevó a la mansión Blackwood, un paraíso de lujo que se sentía como una tumba. El mármol, el arte abstracto, la vista panorámica… todo era un recordatorio de la riqueza y el poder que me había aplastado.
Una vez a solas en la inmensa suite principal, me desplomé sobre la cama de seda. El miedo se evaporó, reemplazado por la determinación. No podía ir a la cárcel, y no podía permitir que Sonia fuera, a pesar de lo que había hecho, si es que aquello era real.
Necesitaba un plan.
El pánico me recordó a Ricardo. Mi prometido, mi Ricardo, tenía que contactarlo. Él me creería. Él me sacaría de aquí. Él era un hombre normal, con principios. Él me ayudaría a exponer a Damián por coacción.
Busqué desesperadamente en el cajón de la mesita de noche. Encontré el teléfono nuevo que me habían dado: elegante, plateado, y completamente inútil. Solo tenía cuatro números programados: Damián, Arturo (el asistente), Elisa (Seguridad) y Cocina. Una prisión perfecta.
Miré por el ventanal. La ciudad se veía a lo lejos, ajena a mi calvario. No podía escapar por la puerta, no con Elisa y Arturo vigilándome. Necesitaba salir para encontrar a Ricardo. Él era mi única esperanza de invalidar este contrato.
Tenía que encontrar una manera de salir de este lugar, huir y buscar a la única persona que puede ayudarme. Dos años a su lado, dos de amor, de confianza, de planes. No podía dejar perder todo eso. Ricardo me ama y sin duda pondrá fin a esta locura.