POV DAMIÁN El cristal de mi oficina en el piso setenta y dos reflejaba el gris eterno de Londres. Se sentía como un sarcófago. Hacía poco más de un mes que Amelie se había ido. Dos mes y medio desde la última noche en que la desesperación nos consumió. Desde entonces, cada minuto era una cuenta regresiva hacia mi propia sentencia. Mi vida, externamente, era perfecta. Aranza Roux se movía por el holding como una sombra blanca y eficiente, cerrando alianzas, hablando el idioma del poder que nos unía. Había una fluidez en nuestra interacción que el mundo interpretaba como amor, pero que yo reconocía como la fría precisión de dos depredadores en tregua. Cuando la vi besarme en la entrada de la mansión hace un mes, supe que Amelie me había visto. Aranza nunca hacía nada al azar. Su beso

