POV DAMIÁN Pasaron las primeras cuarenta y ocho horas de la convalecencia de Amelie. La mansión era un mausoleo de silencio. Nadie se atrevía a preguntar, sobre todo porque yo no daría explicaciones. Me movía entre el despacho y mi suite, asegurándome de que ella comiera, bebiera y tomara sus medicamentos. Me convertí en su enfermero personal, solo me faltó literalmente llevarla a la ducha y bañarla. Me reí de mí mismo al ver lo mucho que podía llegar a hacer por alguien. La nueva dinámica era simple: la tensión s****l no había desaparecido, pero se había sublimado en una vigilancia protectora. Dormir en el sillón se sentía como una extensión de mi deber, no solo para el plan, sino para ella. Y ella, al despertar, ya no me miraba con recelo, sino con una familiaridad incómoda, la fam

