Al diablo la familia

1500 Words
Narrador Omnisciente. Lorenzo subió las escaleras de la mansión con un nudo en el pecho. En esa casa, siempre se había sentido el segundón. Los guardias ni lo saludaron; Lorenzo sabía que ya nadie le tenía respeto. Alli simplemente, no era nadie. Se paró frente al despacho, se acomodó la chaqueta y entró sin tocar para dárselas de importante, aunque le temblaban las manos. Don Vittorio ni levantó la cabeza. Estaba concentrado mirando las fotos de su fallecida hermana, Mónica. Al viejo solo le importaba encontrar al culpable y no quería que nadie lo molestara con dramas familiares. —Padre, esto no puede seguir así —soltó Lorenzo de golpe. Su voz salió un poco más aguda de lo que quería—. Tienes que pararle los pies a Alessandro. Me robó a mi mujer en mi propia cara, se burló de mis sectores y tú dejas que haga lo que le dé la gana. ¡Es una falta de respeto total! Vittorio no respondió de inmediato. Pasó una de las fotos con una lentitud desesperante, como si Lorenzo fuera un mosquito zumbando en su oreja. Finalmente, dejó la imagen sobre el escritorio y suspiró. Fue un suspiro cargado de años de decepción. —Ese matrimonio es una mentira, papá —siguió Lorenzo, acercándose al escritorio y apoyando las manos en la madera—. Alessandro se inventó un papel firmado por un abogado corrupto para quedarse con mis negocios y con Bianca. ¿Cómo puedes apoyar eso? Me dejó como un idiota frente a todos los capitanes en la cena. Todo el mundo se ríe de mí a mis espaldas. Don Vittorio levantó la vista lentamente. Tenía esos ojos de hielo que hacían que a cualquiera se le congelara la sangre. Pero Lorenzo estaba demasiado ciego de rabia como para notar que estaba cruzando una línea peligrosa. —¿Tu mujer? —la voz del viejo era un susurro que cortaba como una navaja—. Bianca se fue con el hombre que sí tuvo los pantalones de protegerla mientras tú la usabas para descargar tus frustraciones como un cobarde. Alessandro se comportó como un Capo, como un Di Lucca de verdad. Tú, en cambio, te comportaste como un niño que no sabe cuidar lo que tiene y luego viene a llorar cuando se lo quitan. —¡Eso no es verdad! —gritó Lorenzo, perdiendo los estribos y dando un golpe seco en la mesa—. Él la manipuló, le metió ideas en la cabeza porque siempre me tuvo envidia. ¡Exijo que me la devuelva! ¡Es mi propiedad! ¡ZAS! El golpe fue tan rápido que Lorenzo ni siquiera vio la mano de su padre moverse. Don Vittorio se levantó como un resorte y le pegó una bofetada que le volteó la cara por completo. El sonido seco de la palma contra la mejilla retumbó en las cuatro paredes del despacho. A Lorenzo le empezó a pitar el oído y sintió el sabor de la sangre llenándole la boca en un segundo. Se quedó tambaleándose, agarrándose la cara, con los ojos llenos de lágrimas de pura humillación. —¡Cállate ya, por el amor de Dios! —rugió el viejo, y esta vez su voz hizo vibrar los cristales de las estanterías—. Tengo a tu hermana muerta, un asesino suelto burlándose de nosotros en nuestra propia ciudad y los negocios hechos un desastre por culpa de tu incompetencia. ¿Y tú vienes aquí, a mi despacho, a llorarme por una mujer que ya no te quiere ver ni en pintura? Lorenzo intentó decir algo, pero el dolor en la mandíbula no lo dejaba. Estaba temblando, rojo de la rabia y la vergüenza. —Bianca eligió —continuó Vittorio, señalándolo con un dedo firme—. Se fue con tu hermano que sí es un hombre de verdad. Alessandro es el futuro de esta familia, Lorenzo. Es el único que tiene la cabeza fría para llevar esta organización. Tú solo eres una vergüenza que no supo ni controlar a su propia mujer. Si ella prefirió irse con Alessandro, es porque tú no serviste para nada. —Pero padre... ella es mía... —balbuceó Lorenzo, con el labio partido. —¡Lárgate de aquí! —le gritó el viejo, dándole la espalda y volviendo a sentarse—. No quiero volver a oír el nombre de esa mujer. Tengo problemas reales de los que ocuparme, como encontrar al maldito que mató a Mónica. Si vuelves a cuestionar mis órdenes o a Alessandro, te juro que te quito el apellido, te borro de la herencia y te echo a la calle para que te mueras de hambre como el perro que eres. ¡Fuera de mi vista! Lorenzo salió del despacho casi a tropezones. Bajó las escaleras sintiendo el labio latirle con fuerza. Los guardias se hicieron los locos para no mirarlo, pero él sabía que se estaban burlando. El "hermano fracasado" acababa de ser humillado por su propio padre. Se subió al coche y arrancó quemando rueda, dejando una nube de humo frente a la mansión. Mientras conducía sin rumbo por Milán, se limpió la sangre con la manga de su camisa cara. Las palabras del viejo se le habían quedado grabadas: "Alessandro es un hombre, tú no". El odio le empezó a crecer en el estómago, oscuro y pesado. Ya no le importaba la familia ni el honor. Si lo trataban como a un trapo viejo por culpa de su hermano, él se encargaría de no dejar piedra sobre piedra de la organización que tanto cuidaban. —Ah, ¿conque Alessandro es el favorito? —masculló entre dientes, apretando el volante hasta que los nudillos le quedaron blancos—. Vamos a ver qué tan favorito es cuando se quede sin nada. Vamos a ver quién es el hombre cuando le arrebate lo que más quiere. Condujo durante más de una hora hasta llegar a una zona industrial olvidada, cerca del puerto. Era un lugar donde el aire olía a gasoil, a óxido y a pescado podrido. Un sitio que los Di Lucca evitaban porque no era "elegante". Allí, aparcado en un callejón oscuro detrás de unos almacenes abandonados, había un coche gris con los cristales tan oscuros que no se veía nada hacia adentro. Lorenzo detuvo su coche al lado y bajó la ventanilla. El aire frío de la noche le calmó un poco el ardor de la mejilla, pero el fuego por dentro seguía intacto. —Parece que el viejo te dio un buen recuerdo para el camino —dijo una voz desde la oscuridad del otro vehículo. Era una voz áspera, con un marcado acento extranjero. Era Ivan Ivanok, el líder de una facción rusa que llevaba meses intentando meterse en los negocios de transporte de Alessandro. Los Di Lucca y los Ivanok eran enemigos jurados, pero Lorenzo ya no tenía bando. —Mi padre ha tomado una decisión —respondió Lorenzo, con la voz plana, sin emoción—. Prefiere a Alessandro. Dice que él es el futuro. Pues que se queden los dos con su maldita organización y sus tradiciones de mierda. —¿Estás seguro de lo que estás haciendo, Lorenzo? —preguntó el ruso con una sonrisita que se intuía en la penumbra—. Traicionar a tu propia sangre es un camino de ida. No hay vuelta atrás. Si Alessandro se entera de que estás hablando conmigo, no te va a dar una bofetada; te va a cortar en pedazos y te va a tirar al río. —Alessandro se cree que es Dios, pero no se espera esto —dijo Lorenzo, sacando un sobre grueso de su chaqueta—. Aquí tienes todo lo que me pediste. Las rutas exactas de los camiones de carga, los códigos de acceso de los almacenes del puerto y, lo más importante, los horarios y las debilidades de la seguridad de la mansión de Alessandro. Especialmente cuando él no está y deja a Bianca con la guardia baja. El ruso estiró la mano y agarró el sobre. Lo revisó rápido con una linterna pequeña. Sus ojos brillaron con una ambición peligrosa. Tenía en sus manos la llave para destruir a los Di Lucca desde adentro. —¿Y qué quieres a cambio de todo esto? —preguntó Volkov, guardando el sobre. —Quiero a mi mujer —soltó Lorenzo sin dudar ni un segundo—. Quiero que me ayuden a sacarla de esa mansión. Y quiero estar en primera fila cuando Alessandro lo pierda todo. Quiero verle la cara cuando se dé cuenta de que fue su propio hermano, el que él siempre despreció, el que lo hundió en la miseria. Ivanok asintió y arrancó el motor de su coche. El sonido del motor era potente, un rugido que rompió el silencio del callejón. —Bienvenido al juego de verdad, Lorenzo. Prepárate, porque la guerra que vamos a empezar mañana va a ser muy sucia. No habrá sobrevivientes.
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