Narrador Omnisciente.
En cuanto la puerta de la habitación se cerró tras ellos con un golpe seco, el silencio de la mansión desapareció.
Alessandro ni siquiera se molestó en encender las luces; solo la claridad de la luna que entraba por el ventanal iluminaba la silueta de Bianca.
Él la agarró por la cintura con una urgencia que rozaba la desesperación, pegándola contra la madera de la puerta.
Haberla tenido toda la noche a la vista de otros hombres, sintiendo las miradas de los capitanes y los socios sobre su espalda, lo tenía al límite de sus nervios.
—Te dije que me iba a arrepentir de llevarte —gruñó él contra su cuello, aspirando su perfume con una intensidad que la hizo estremecer—. Estás demasiado buena, Bianca. Me pasé toda la noche queriendo arrancarte ese vestido verde delante de todos esos buitres.
Bianca no respondió con palabras. Se giró en sus brazos y lo miró con un desafío que Alessandro no le conocía.
Ya no era la mujer sumisa que temblaba por cualquier sombra; era la mujer del Capo, y esa noche, ella también tenía un hambre que solo él podía saciar.
Perspectiva de Bianca.
Me sentía eléctrica, vibrando por dentro.
La tensión de la fiesta todavía me corría por las venas como si fuera narcótico, pero ahora se había transformado en algo mucho más oscuro y caliente.
Alessandro me pegó contra la puerta, sus manos grandes y ásperas subiendo por mis muslos, arrugando la seda del vestido hasta que sentí el aire frío de la habitación directamente en mi piel desnuda.
No llevaba ropa interior; él lo sabía y eso lo estaba volviendo loco.
No hubo preliminares suaves ni caricias tiernas. Él me besó con una furia que me dejó sin aliento, su lengua reclamando mi boca como si fuera un territorio conquistado por la fuerza.
Yo le devolví el beso con la misma intensidad, mordiéndole el labio inferior, enredando mis dedos en su cabello oscuro y tirando un poco para obligarlo a mirarme a los ojos.
—Quítatelo —le ordené en un susurro, mi respiración chocando contra la suya.
Alessandro sonrió, esa sonrisa de depredador que me volvía loca y me hacía mojarme al instante.
Se deshizo de su chaqueta y de la camisa en segundos, tirándolas al suelo sin importarle dónde cayeran.
Su cuerpo estaba tenso, marcado por el ejercicio y las cicatrices, una máquina de guerra diseñada tanto para el placer como para la violencia.
Me bajó de la puerta y me llevó hacia la cama, pero antes de que pudiera tirarme sobre las sábanas de seda oscura, yo lo detuve con una mano en su pecho.
Lo empujé suavemente hasta que se sentó en el borde del colchón. Me puse de rodillas frente a él, entre sus piernas abiertas.
Vi cómo sus ojos se oscurecían hasta volverse fuliginosos, cómo su respiración se volvía pesada y ruidosa al entender exactamente lo que iba a hacer.
No quería que él tuviera el control todo el tiempo; esta noche, yo quería ser la que dictara el ritmo.
Bajé la cremallera de su pantalón con una lentitud torturadora, disfrutando de ver cómo sus músculos abdominales se tensaban con cada centímetro que quedaba a la vista.
Alessandro echó la cabeza hacia atrás y soltó un gruñido gutural cuando mis manos rodearon su masculinidad, ya dura, venosa y palpitante por el deseo acumulado de toda la noche.
Empecé a usar mi boca con él, despacio al principio, saboreándolo, escuchando cómo sus dedos se clavaban con fuerza en las sábanas y en mis hombros.
—Mierda, Bianca... vas a hacer que pierda la cabeza —jadeó él, apretando los dientes para no venirse antes de tiempo.
Me encantaba tener ese poder sobre él.
Ver al hombre más temido de Milán, al que todos bajaban la cabeza, rendido a lo que yo le hacía con la lengua y los labios me hacía sentir poderosa de una forma que nunca imaginé.
Subí el ritmo, moviéndome con ganas, succionándolo con fuerza mientras sentía cómo sus manos bajaban a mi cabeza para guiarme, aunque no lo necesitaba.
Lo quería todo de él. El sexo oral era nuestra forma de decirnos que nos pertenecíamos sin reglas, sin pasado y sin miedo.
Cuando sentí que estaba a punto de llegar al clímax, me detuve de golpe.
Lo miré desde abajo, con los labios húmedos, el maquillaje un poco corrido y el pelo desordenado sobre mis hombros.
Alessandro me agarró del cuello con firmeza, para atraerme hacia él en un beso desesperado que sabía a nosotros dos, a sexo y a pasión.
Me tiró sobre la cama con un movimiento brusco y se deshizo de lo poco que me quedaba del vestido verde, que quedó hecho un jirón a los pies de la cama.
Entró en mí de un solo golpe, profundo, llenándome por completo hasta hacerme arquear la espalda.
Grité su nombre contra su hombro mientras él empezaba a moverse con un ritmo salvaje, casi violento, sin ninguna piedad.
Cada embestida era un recordatorio de que estaba viva, de que era suya y de que nadie más volvería a tocarme así.
Mis piernas se enredaron en su cintura, buscando más fricción, queriendo que se hundiera en mí hasta que no quedara espacio para nadie más.
El orgasmo nos golpeó a los dos casi al mismo tiempo, una explosión de luces y calor que nos dejó temblando, sudados y abrazados mientras recuperábamos el aliento en la penumbra de la habitación.
Pasaron varios minutos en los que la habitación se quedó en silencio. Solo se escuchaba el sonido de nuestras respiraciones volviendo poco a poco a la normalidad.
Alessandro estaba tumbado bocarriba, con el pecho subiendo y bajando con fuerza, mientras yo me apoyaba en él, trazando círculos invisibles sobre los tatuajes de su brazo con la punta de los dedos.
El sudor aún brillaba en nuestros cuerpos bajo la luz de la luna que entraba por la ventana, pero el ambiente ya no era de fuego, sino de esa extraña calma que viene después de una batalla campal.
Levanté la vista, observando el perfil afilado de Alessandro.
Tenía una pregunta dándole vueltas en la cabeza desde que salimos del salón, una espina que no me dejaba disfrutar del todo de la paz momentánea.
—Alessandro... —susurré, rompiendo el silencio que se había instalado entre las sábanas revueltas.
—Dime, nena —respondió él, su voz aún ronca por el esfuerzo y el placer de hace unos minutos.
—¿Por qué preguntaste tanto por los rusos en la fiesta? Te pusiste muy tenso cuando viste a Ivanov y a su gente. Sentí que el ambiente se congelaba cada vez que los mencionabas.
Alessandro se quedó rígido por un segundo. Pude sentir cómo sus músculos se volvían a tensar bajo mi piel.
—Esa gente tiene una cuenta pendiente con mi familia que nunca se va a pagar con dinero ni con acuerdos de paz —dijo él, con una voz que había perdido toda la calidez de hace unos minutos, volviéndose gélida—. Ellos mataron a mi hermana Mónica.
Me incorporé un poco, apoyándome en los codos, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
El nombre de Mónica Di Lucca siempre se mencionaba con respeto en la casa, pero los detalles de su partida siempre habían sido borrosos, como si nadie quisiera tocarlos.
—¿Qué? Pero... Lorenzo nunca me habló de eso —confesé, sintiendo un escalofrío que nada tenía que ver con la temperatura del cuarto—. Pasé años con él, compartiendo su cama y su vida, y jamás mencionó que los rusos tuvieran algo que ver con la muerte de su hermana. Solo decía que había sido un accidente trágico, un robo en la calle que salió mal.
Alessandro soltó una risa seca y amarga, llena de un desprecio profundo hacia su propio hermano.
—Lorenzo siempre fue un cobarde de primera, Bianca. Él prefería creerse la historia del robo barato antes que aceptar la realidad: que la mafia rusa se atrevió a tocar a una Di Lucca para enviarnos un mensaje. Mi padre está obsesionado con encontrar al asesino exacto, al hombre que apretó el gatillo esa noche, pero yo no pierdo el tiempo en detalles. Yo sé que la orden vino de arriba. De Ivan Ivanov y su gente. Ellos son los responsables.
—¿Por eso los vigilas tanto? ¿Por eso estabas analizando cada movimiento de Ivanov en la fiesta? —pregunté, empezando a entender la tensión que flotaba en el aire.
—Estoy moviendo mis piezas en el tablero —confesó Alessandro, acariciándole el brazo con una frialdad que me hizo estremecer—. Mi padre cree que aún estamos en la etapa de "investigación", pero yo ya estoy preparando el golpe final. No voy a dejar que la sangre de mi hermana se quede sin cobrar.
Me quedé callada, procesando toda la información. Se me vino a la mente la imagen de Lorenzo.
Me di cuenta de que él siempre me había pintado una versión "limpia" y descafeinada de la familia.
Me ocultaba la verdadera oscuridad, las vendettas generacionales y la crudeza de los negocios de sangre que mantenían su estatus. Me había tenido viviendo en una mentira.
—Hay muchas cosas de la familia Di Lucca que desconoces todavía, nena —continuó Alessandro, girando la cabeza para mirarme fijamente a los ojos—. Cosas que Lorenzo nunca tuvo los huevos de contarte porque tenía miedo de que te dieras cuenta de la clase de monstruos con los que estabas tratando. Él prefería vivir en su burbuja de fracasado, ignorando que estamos todos sentados sobre un cementerio que nosotros mismos cavamos.
—¿Y tú no tienes miedo de que yo lo sepa? ¿De que vea al monstruo? —pregunté en un susurro apenas audible, temiendo su respuesta.
Alessandro me tomó de la nuca con suavidad y me acercó para darle un beso tierno en la frente, un gesto extrañamente humano en medio de tanta oscuridad.
—Tú eres la mujer del Capo ahora, la verdad es la única herramienta que te va a mantener viva. Lorenzo te quería débil, sumisa y ciega para poder controlarte. Yo te quiero despierta, fuerte y exactamente así como eres, a mi lado.