Mis manos temblaban mientras colgaba el último de mis vestidos. Era oficial: había invadido el inmenso espacio de Alessandro Di Lucca.
El vestidor de caoba oscura era abrumador. Sus trajes, perfectamente alineados, parecían soldados vigilando mi escasa ropa de seda.
Cerré los ojos, apoyando la frente contra el armario. Ya no había vuelta atrás. Desde hoy, mi prisión blindada y mi única salvación compartían la misma habitación.
El sonido de la cerradura principal me hizo dar un respingo. Mi corazón dio un vuelco en mi garganta. Era él.
Me quedé quieta, contando mentalmente sus pasos pesados contra el suelo de la antesala. Alessandro entró con paso firme, trayendo consigo el aire frío de la noche.
Se aflojaba la corbata oscura con un gesto involuntario, luciendo letalmente atractivo. Al verme allí, rodeada de sus cosas, se detuvo.
Sus ojos oscuros recorrieron mi cuerpo en una inspección lenta.
Fue una mirada cargada de tanta intensidad que me hizo sentir más desnuda que si no llevara nada puesto.
—Veo que ya estás instalada —dijo. Su voz vibró directamente en mi pecho.
Tragué saliva, intentando que mi voz no delatara el temblor de mis rodillas.
—Cumplo con mi parte del trato, Alessandro. Dijiste que los criados no deben sospechar de nuestro arreglo.
Él terminó de quitarse la corbata y la lanzó sobre una butaca cercana. Luego empezó a desabotonar el cuello de su camisa.
—Así es. Las paredes de esta casa escuchan, Bianca. Y no podemos permitirnos ni un solo error de cálculo.
—He ocupado solo un pequeño espacio al fondo del armario —me apresuré a decir, señalando mis cosas—. No quiero estorbar.
Alessandro ladeó la cabeza, observándome como si fuera una criatura fascinante y extraña que acababa de colarse en su territorio.
Se acercó lentamente. Cada paso suyo era silencioso, como el de un felino acechando en la oscuridad.
Acortó la distancia entre nosotros hasta que pude sentir el calor que emanaba de su pecho.
El olor a su loción mezclado con la tensión del día inundó mis sentidos, mareándome por una fracción de segundo.
Se detuvo a escasos centímetros de mí. Su altura imponente me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás para poder sostenerle la mirada.
—No eres un estorbo, Bianca —murmuró, su voz bajando de volumen—. Eres mi futura esposa. El espacio que ocupes en esta casa lo decides tú.
—¿Incluso en tu habitación? —pregunté, sintiendo que me faltaba el aire.
—Especialmente aquí.
Levantó una mano lentamente. Contuve la respiración por puro instinto, esperando algo brusco, pero sus dedos rozaron mi mejilla con una suavidad desconcertante.
Atrapó un mechón suelto de mi pelo castaño entre sus dedos, frotando la textura como si estuviera evaluando la calidad de la seda.
—No se trata solo de los criados, querida —susurró, inclinándose un poco hacia mí—. Se trata de que Lorenzo está ahí fuera, en este mismo instante, rabiando.
Al escuchar el nombre de mi exmarido, sentí una punzada de pánico frío en el estómago.
—¿Ha hecho algo? ¿Ha intentado atacar? —pregunté rápido.
—Intentó sobornar a dos de mis guardias del perímetro exterior esta tarde —respondió Alessandro con total tranquilidad.
—¡Dios mío! ¿Qué pasó?
—Mis hombres son leales, Bianca. Me trajeron el dinero y el mensaje de Lorenzo de inmediato.
—¿Qué decía el mensaje?
Alessandro apretó la mandíbula. Por un momento, vi el monstruo oscuro que se escondía detrás del impecable traje de diseño.
—Decía que te recuperaría, aunque tuviera que quemar esta mansión. Es un animal herido y desesperado, y esos son los más peligrosos.
Di un paso atrás instintivamente, chocando contra los cajones del vestidor. El miedo amenazaba con paralizarme de nuevo.
—Él no se va a detener, Alessandro. Me va a matar para limpiar su orgullo.
De repente, Alessandro acortó la distancia de nuevo, pegando casi su cuerpo al mío. Su mirada era un fuego oscuro que me ancló al suelo.
—Escúchame bien —me ordenó—. Lo que Lorenzo piense o diga ya no importa. Porque aquí dentro... aquí dentro eres mía.
Las palabras me golpearon con una fuerza brutal.
—Bajo mi protección —continuó él, bajando la mano por mi cuello—. Bajo mi techo. Y bajo mi ley. Quien quiera tocarte, tendrá que arrancarme el corazón primero. Y te aseguro que nadie en este país tiene las agallas para hacerlo.
Su mano se detuvo en la base de mi cuello. Rozó con la yema del pulgar la piel donde todavía quedaban rastros casi imperceptibles de las antiguas marcas de su hermano.
Sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal. Pero, para mi propia sorpresa, no era un escalofrío de terror. Era una anticipación eléctrica, caliente y pesada, que me asustaba mucho más que el miedo.
—¿Lo entiendes? —preguntó él en un susurro áspero.
—Lo entiendo —logré decir, mi voz apenas un soplo.
Nuestros ojos estaban fijos los unos en los otros. La tensión en el vestidor era tan apretada que casi podía partirse con una navaja. Él no se apartaba y yo no podía moverme.
Mi cuerpo entero parecía vibrar bajo la proximidad de Alessandro Di Lucca.
Era una locura. Acababa de salir de un infierno de maltratos y ahora mi piel reaccionaba con desesperación ante la cercanía del hombre más peligroso de la mafia.
—Dijiste que no me tocarías —le recordé.
Quise sonar firme, pero mi voz salió entrecortada, sonando más como una invitación velada que como una advertencia real.
Alessandro soltó una risa ronca que vibró contra mi propio pecho por lo cerca que estábamos. Se inclinó un poco más, rozando la curva de mi oreja con sus labios.
—Dije que no te obligaría a nada, Bianca —corrigió, su aliento cálido enviando descargas directas a mi bajo vientre—. Pero no soy ciego. Y definitivamente no soy estúpido.
—No sé de qué hablas...
—Los dos sabemos que estás ardiendo —me interrumpió—. Puedo oler tu deseo. Puedo sentir cómo tu pulso se desboca cada vez que te miro.
—Eso es por los nervios —intenté defenderme, sintiendo mis mejillas arder.
—¿Nervios? —se burló suavemente—. Puedo ver cómo tus pezones se marcan contra la fina tela de ese vestido rojo cada vez que acorto la distancia entre nosotros. Tu cuerpo es mucho más honesto que tus palabras, Bianca.
Abrí la boca para negarlo, pero me quedé sin aliento.
Su otra mano se posó firmemente en mi cintura y, sin previo aviso, me atrajo bruscamente contra él.
El impacto de su cuerpo contra el mío me hizo jadear. Pude sentir cada músculo duro de su torso a través de su camisa abierta.
Pude sentir la dureza de su cuerpo, la evidente reacción física que él tampoco podía ocultar. Era la promesa palpable de una tormenta de pasión que estaba a punto de estallar en ese cuarto.
No quería esconderme en un baño ni suplicar por clemencia. Quería quedarme allí. Quería quemarme por completo en ese fuego oscuro que él me ofrecía.
—Alessandro... —susurré su nombre, como si fuera un hechizo.
—Esta es nuestra primera noche compartiendo cama —continuó él, ignorando mi interrupción.
Bajó su boca desde mi oreja hasta la curva de mi hombro. Dejó un beso húmedo, lento y absolutamente excitante sobre mi clavícula que me hizo cerrar los ojos con fuerza.
Un gemido ahogado escapó de mi garganta.
—El mundo entero cree que te estoy haciendo el amor ahora mismo —murmuró contra mi piel, sus labios trazando una línea de fuego hasta mi cuello—. Creen que te estoy arrancando este vestido de seda y tomando lo que me pertenece.
Levantó el rostro, atrapando mi mirada de nuevo. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad pura, brillando con tanta lujuria que me dejó paralizada.
—Quizás... —añadió Alessandro, su pulgar acariciando mi labio inferior—. Deberíamos darles una verdadera razón para creerlo. ¿No te parece, futura esposa?
No pude responder. Las palabras murieron en mi garganta.
Sus labios buscaron los míos y me hizo soltar un pequeño gemido. No hubo dudas ni suavidad. Fue un choque brutal de necesidades reprimidas.
Sus manos se enredaron en mi cabello, inclinando mi cabeza hacia atrás para profundizar el beso. Abrí la boca, rindiéndome al instante.
Su lengua invadió la mía, exigiendo cada centímetro con una autoridad que me hizo temblar de pies a cabeza.
Un reclamo abrasador que borró cualquier rastro del nombre de Lorenzo de mi mente en cuestión de segundos.