Dormir fue un chiste. Pasé la noche contando las sombras en el techo de esa habitación inmensa.
Cada vez que el viento soplaba o la madera de la mansión crujía, yo saltaba en la cama.
Era ridículo. Sabía que Lorenzo no podía entrar aquí, pero el miedo es un perro fiel que no te suelta así de fácil.
Aunque ya no sentía el terror de sus golpes, ahora sentía otra cosa.
Una inquietud que tenía nombre y apellido: Alessandro Di Lucca. Estaba en la guarida del león más peligroso de toda Italia, y eso no era precisamente algo que te ayudara a pegar el ojo.
Bajé al comedor con las piernas pesadas. El lugar era frío y elegante.
Alessandro ya estaba ahí. Sentado a la cabecera, con su café n***o y una montaña de papeles.
Se veía pulcro, como si el caos de anoche no le hubiera quitado ni un minuto de sueño.
Me senté en silencio, intentando que los cubiertos no temblaran contra el plato. El ruido lo los cubiertos me ponía los pelos de punta.
—Tienes que comer, Bianca. Es una orden.
Su voz profunda llenó el salón. Ni siquiera levantó la vista de sus documentos.
—No tengo mucha hambre —respondí en un susurro.
—No me importa si tienes hambre o no. En esta casa, comer es obligatorio. No te quiero débil.
—Estoy bien, Alessandro.
—No, no lo estás. Estás pálida y te tiemblan las manos. Lorenzo no se ha rendido, y yo no protejo a gente que se deja morir de hambre por los rincones.
Dejé caer el tenedor. Me dolió ese tono, pero me dio rabia, y la rabia siempre es mejor que el miedo.
—No me estoy dejando morir. Solo intento entender qué demonios está pasando.
Él dejó la taza sobre la mesa. El golpe seco me dio un sobresalto. Por fin me miró. Sus ojos oscuros recorrieron mi cara, deteniéndose justo en mis labios.
—Te explico cómo funciona —dijo, arrastrando las palabras con una calma peligrosa—. A partir de hoy, para todo el mundo, eres mi prometida.
—Alessandro...
—Nada de "peros". No eres una refugiada. No eres la ex de mi hermano. ¿Entiendes lo que eso significa allá afuera?
Se levantó y caminó hacia mí. El aire del comedor pareció esfumarse.
Se detuvo justo detrás de mi silla. De pronto, sentí sus manos sobre mis hombros.
—Si cruzas esa puerta, vas conmigo —susurró cerca de mi oído. Su aliento me quemaba la piel—. Si alguien te mira, quiero que lo haga con miedo. Tienen que saber que tocarte a ti es declararme la guerra a mí. Y nadie quiere una guerra conmigo, Bianca. Nadie.
—¿Y qué pasa si es Lorenzo el que aparece? —pregunté, girando un poco la cabeza para verlo.
—Si Lorenzo pone un pie en mi propiedad, se va de aquí en una bolsa de plástico.
—Es tu hermano, Alessandro.
—Me da igual.
Su mano subió por mi mandíbula, obligándome a sostenerle la mirada.
—¿Te quedó claro? —preguntó, apretando un poco el agarre en mi mentón.
—Sí —logré decir con la voz ronca—. Me quedó claro.
—Bien. Ahora termina tu desayuno. Tenemos mucho que hacer hoy.
Él se alejó y volvió a su sitio como si nada hubiera pasado. Yo me quedé ahí, con el corazón a mil, tratando de recordar cómo se usaban los cubiertos.
—¿Qué tenemos que hacer? —pregunté después de un rato, intentando sonar normal.
—El abogado viene en una hora. Vamos a formalizar todo. Necesito que firmes los documentos de la anulación y el nuevo contrato matrimonial.
—¿Tan rápido?
—Sí. Lorenzo ya debe estar moviendo sus fichas, humillé su orgullo frente a los Capos.
—¿Crees que intente algo hoy?
—Lo intentará. Pero mis hombres están en alerta máxima.
—¿Y después de firmar? ¿Qué sigue?
—Seguir con la farsa. O con la realidad, según como lo mires. Mañana habrá una cena con los socios más cercanos. Es tu presentación oficial como mi mujer. Necesito que estés hermosa. Que no se note ni un rastro de duda en tus ojos.
—Es difícil no dudar cuando mi vida cambió en menos de veinticuatro horas.
—La vida cambia en un segundo, Bianca. Lo importante es cómo te adaptas al cambio. O te haces fuerte, o te aplastan.
Me dolió un poco como me hablaba, pero sabía que era su forma de hablar.
Para él, todo era propiedad, poder y territorio. Y yo acababa de convertirme en su territorio.
—No soy una de tus empresas, Alessandro.
Él se levantó de nuevo, guardando sus papeles en una carpeta de cuero.
—No, no lo eres. Eres mucho más peligrosa que cualquiera de mis empresas. Porque tú eres lo que Lorenzo cree que puede usar en mi contra.
Se acercó a la puerta del comedor, pero se detuvo antes de salir.
—Prepárate. El abogado no espera a nadie. Y Bianca...
—¿Sí?
—Lávate la cara. Tanto maquillaje oculta tu belleza.
Se fue sin esperar respuesta. Me quedé sola en el inmenso comedor, mirando mi plato fijamente.
***
Alessandro Di Lucca era un huracán. No pedía permiso, no daba opciones. Simplemente llegaba y arrasaba con todo lo que conocías.
Pero mientras me tocaba el cuello, donde todavía sentía el calor de sus dedos, supe que prefería mil veces estar bajo su control que un segundo más bajo el puño de Lorenzo.
Me levanté y caminé hacia el ventanal que daba a los jardines. Había hombres armados por todas partes.
Perros doberman patrullando las vallas. Cámaras de seguridad moviéndose lentamente.
Subí a mi habitación para cambiarme. El vestidor estaba lleno de ropa nueva.
Vestidos de seda, trajes hechos a medida, zapatos que costaban más que el coche que usé para escapar. Alessandro no escatimaba en gastos cuando se trataba de mí
Elegí un vestido sencillo, de color azul oscuro. Me miré al espejo. El labio ya había bajado hinchazón.
Había algo en la forma en que Alessandro me miraba que me hacía sentir... extraña. No querida, tal vez, pero sí valiosa.
Escuché un coche llegar a la entrada.
El abogado.
Bajé las escaleras tratando de mantener la barbilla en alto, tal como él me había dicho. Alessandro me esperaba en su despacho.
—Siéntate, Bianca —dijo, señalando una silla de cuero frente a su escritorio.
A su lado, un hombre canoso y con gafas me miró con curiosidad.
—Señora Balardi, soy el abogado de la familia. Estos documentos anulan su matrimonio con Lorenzo Di Lucca basándose en las cláusulas de conducta y seguridad de la organización. Y estos otros... son su contrato de unión con Don Alessandro.
Miré los papeles. Eran muchas páginas llenas de términos legales.
—¿Qué dice exactamente el contrato? —pregunté, mirando a Alessandro.
—Dice que eres mía —respondió él, sin rodeos—. Dice me perteneces. A cambio, yo te garantizo protección total, una vida de lujos y la seguridad de que Lorenzo jamás volverá a tocarte.
—¿Y si algún día quiero irme?
Alessandro se inclinó sobre el escritorio, sus ojos clavados en los míos.
—Nadie se va de mi lado, Bianca. Este contrato es de por vida. Piénsalo bien antes de poner tu firma. Serás una Di Lucca hasta el día que mueras.
Miré el bolígrafo sobre la mesa. Miré la puerta. Sabía que Lorenzo estaba ahí fuera, esperando a que yo cometiera un error para arrastrarme de vuelta al infierno.
Agarré el bolígrafo. Mis manos ya no temblaban.
Firmé cada una de las páginas. Mi nombre, Bianca Balardi, ahora unido para siempre al del hombre que me observaba con rareza.
—Bienvenida a la familia, Bianca —dijo el abogado, recogiendo los papeles.
Alessandro se levantó y le estrechó la mano. Cuando el hombre salió de la habitación, nos quedamos solos. El silencio era denso, vibrante.
—Ya está hecho —dije, sintiendo un peso enorme sobre mis hombros.
—Ya está hecho —repitió él. Caminó hacia mí y me obligó a ponerme de pie—. Ahora, vamos a decirle al mundo que eres mi mujer.
Me tomó de la mano y me guio hacia la salida.
Mientras caminábamos por los pasillos de la mansión, me di cuenta de que mi vida anterior ya no existía.
Ahora era la mujer del Capo. Y aunque el precio de su protección fuera mi libertad, estaba dispuesta a pagarlo.
Porque con Alessandro a mi lado, por fin sentía que tenía el poder de devolverle el golpe a la vida.
—No me falles, Bianca —susurró él antes de abrir la puerta principal—. Porque yo perdono muchas cosas, pero la traición no es una de ellas.
—No te voy a fallar, Alessandro —respondí, mirándolo a los ojos con toda la determinación que pude reunir.