La cena fue una tortura china. Así de simple.
No hubo gritos, no hubo platos rotos, ni insultos. Eso era lo que hacía Lorenzo. Alessandro era distinto. Él usaba el silencio y la mirada como si fueran armas de guerra.
Cada vez que estábamos frente a los empleados y él me rozaba la mano por accidente o me pasaba el brazo por la cintura para guiarme, yo sentía un corrientazo que me dejaba frita.
Me quedaba sin aire, literalmente.
Lo peor es que este hombre no es como mi ex.
Lorenzo necesitaba humillarme para sentirse el jefe, pero Alessandro... a ese tipo le basta con quedarse callado y mirarte con esos ojos oscuros para que se te aflojen las piernas.
Su presencia te dobla la voluntad sin que él mueva un solo dedo.
Estar sentada a su lado en ese comedor inmenso, sabiendo que todos nos miraban como la nueva pareja de la mafia, me tenía con los nervios de punta.
Cuando por fin terminamos la farsa y subimos a la habitación, el silencio del pasillo se me hizo eterno.
Entramos a la habitación y escuché ese clic áspero de la cerradura.
El sonido me retumbó en el pecho como si me hubieran disparado a quemarropa. Me quedé helada, mirando hacia la puerta.
—¿Para qué cierras con llave? —le pregunté, tratando de que no se me notara el temblor en la voz.
Me fui directo al espejo del tocador. Necesitaba hacer algo con las manos, así que empecé a quitarme los aretes de diamantes.
Me sentía observada, aunque estuviéramos solos. Sentía que el aire de la habitación pesaba quintales.
Alessandro no respondió de inmediato. Se tomó su tiempo. Lo vi por el reflejo del espejo.
Se quitó la chaqueta y la tiró sobre un sillón como si fuera un trapo cualquiera, aunque sé que vale una fortuna.
Luego empezó a desabrocharse los botones de la camisa, uno por uno, con una calma que me ponía los pelos de punta.
—Porque en esta casa hasta las paredes tienen oídos, Bianca —dijo por fin—. Si queremos que todos se trague el cuento de que eres mi mujer, tienen que creer que no podemos ni llegar al cuarto sin querer devorarnos. Los criados hablan, los guardias escuchan... y yo no dejo nada al azar.
Se me acercó por la espalda. Dios mío, es que es imponente.
Me saca una cabeza entera, tiene los hombros más anchos que he visto y esa mirada que parece que te está leyendo hasta los pecados que todavía no has cometido.
Me puso las manos en los hombros. Eran grandes, pesadas y estaban ardiendo.
Me apartó el pelo hacia un lado con una lentitud desesperante y sentí que se me paraba el corazón cuando sus labios rozaron mi cuello.
Justo ahí, en ese punto donde la piel es más sensible. Me estremecí completa, cerrando los ojos por puro instinto.
—Todavía estás como una tabla, Bianca —susurró contra mi piel. Su aliento me quemó la nuca—. ¿Es por él? ¿Tienes miedo de que Lorenzo aparezca por esa puerta? ¿O es por lo que sientes cuando te toco yo?
—Es por todo, Alessandro —respondí—. Mi vida ahora es una guerra entre dos hermanos que se odian a muerte. Me siento como si voy de mano en mano.
Él no me dejó seguir con mi drama. Me giró de un tirón para que lo mirara a la cara.
Sus manos bajaron a mi cintura y me pegó a su cuerpo con una fuerza que me dejó sin aliento.
Estaba duro como una roca. Pude oler su perfume, ese que huele a hombre caro y a poder, mezclado con ese rastro de tabaco que siempre lo acompaña.
—No te confundas —dijo—. Lorenzo te trataba como una cosa que podía romper para sentirse un hombre de verdad. Yo no soy un cobarde como él. Yo te cuido como el tesoro que eres... pero también te deseo como un animal. Te deseo desde el primer día que te vi entrar a esta familia, cuando todavía llevabas el anillo de mi hermano.
Sentí que se me iba el aire. Su confesión me golpeó más fuerte que cualquier insulto. Su mano derecha subió por mi espalda, buscando la cremallera del vestido de seda.
Sentí el rastro de sus dedos, fríos contra mi piel caliente, y cuando bajó el cierre, el aire de la habitación me pegó en la espalda, haciéndome jadear.
Pero el calor que salía de su cuerpo compensaba cualquier frío del mundo.
El vestido se deslizó por mis caderas con un siseo suave y cayó al suelo, quedando como un charco de sangre roja a mis pies.
Me quedé ahí, en pura ropa interior, sintiéndome pequeña y expuesta.
Alessandro me recorrió con la mirada, centímetro a centímetro, como si me estuviera tatuando con los ojos.
Vi cómo se le oscurecía la mirada, cómo sus pupilas se dilataban hasta casi borrar el color de sus ojos. Estaba poseído por la lujuria, no había otra forma de describirlo.
—Esta noche se acabaron las lágrimas, Bianca —dijo, agarrándome la cara con las dos manos. Sus pulgares me acariciaron las mejillas con una suavidad que me desarticuló—. Esta noche vas a entender lo que es pertenecer a un hombre de verdad. Uno que sabe que el placer no se toma, se regala.
Me cargó como si no pesara absolutamente nada.
Me sentí ligera en sus brazos mientras cruzábamos la habitación. Me soltó sobre la cama inmensa, y las sábanas de seda se sintieron frías contra mi espalda.
Mientras él terminaba de quitarse la ropa, mirándome todo el tiempo, me di cuenta de que ya no había marcha atrás. Había cruzado el punto de no retorno.
Estaba metida en la boca del lobo, y lo más loco, lo que más me asustaba de mí misma... es que no quería que me soltara nunca.
—Alessandro... —susurré, viendo su silueta imponente acercarse a la cama.
—Shh. No hables más, Bianca —me mandó con esa autoridad que siempre tiene—. Esta noche las palabras sobran. Solo siente.
Se subió a la cama y me atrapó entre sus brazos. Sus besos ya no eran como los de antes, esos que me daba para "aparentar". Estos tenían hambre.
Tenían una urgencia que me quemaba. Me besaba el cuello, los hombros, bajando por mi pecho, y yo sentía que me iba a derretir ahí mismo, como si fuera de cera.
Nunca nadie me había tocado así, con esa mezcla de fuerza bruta y una delicadeza que me hacía querer llorar.
—Mírame —ordenó, separándose apenas unos centímetros.
Le hice caso, aunque sentía que las mejillas me ardían de la vergüenza. Sus ojos brillaban con una intensidad que casi dolía.
—Eres mía, Bianca. De nadie más. Grábate eso en la cabeza. Ni en mil vidas dejaría que Lorenzo te volviera a poner un dedo encima.
Sus palabras me llegaron directo al alma. Por primera vez en años, no me sentía usada como un mueble o como un objeto para descargar la rabia.
Me sentía valorada, me sentía... importante. Me aferré a sus hombros, hundiendo mis uñas en su espalda musculosa, y dejé que me llevara a donde él quisiera. Me entregué por completo, sin reservas.
La noche se volvió un borrón de sensaciones intensas. Sus manos sabían exactamente dónde tocar, cómo presionar, cómo hacerme vibrar.
Su boca reclamaba cada rincón de mi piel como si estuviera marcando una zona que siempre le perteneció.
Había un fuego que empezó a quemarme por dentro, algo que Lorenzo nunca pudo despertar en mí.
Alessandro no solo me tomaba el cuerpo, parecía que estaba tomando mi voluntad.
—Dime que me quieres a mí —susurró en mi oído, con la respiración entrecortada, justo cuando sentía que el mundo iba a estallar en mil pedazos.
—Te quiero a ti —respondí, y en ese momento no era una farsa para los criados. Era la verdad más grande de mi vida.