Bajé las escaleras casi corriendo, con ese cansancio dulce de haber pasado la noche entera enredada en los brazos de Alessandro.
Por primera vez, Lorenzo no apareció ni un segundo en mis pensamientos; Alessandro lo borró todo con una pasión que todavía me hacía temblar las rodillas.
No podía evitarlo. A cada paso recordaba el calor de su cuerpo, su boca devorándome y sus manos firmes bajando mi vestido con una urgencia que me dejaba sin aliento.
Entré al comedor con el corazón a mil. Alessandro ya estaba ahí, sentado con una calma que me pareció un insulto tras el incendio de anoche.
Leía el periódico con la camisa azul remangada, dejando ver sus antebrazos y esa cadena de diamantes que siempre llevaba.
Parecía sacado de una portada de revista; estaba tan guapo que me dolió el pecho.
Carraspeé para llamar su atención, tratando de disimular que se me caía la baba al verlo.
—Estoy exhausta —solté, dejándome caer en la silla frente a él con un suspiro dramático—. ¿Era necesario todo lo de ayer?
Alessandro bajó el periódico lentamente, con esa parsimonia que solo él tiene.
Me miró por encima del papel con una sonrisa descarada, de esas que te dicen que sabe exactamente lo que estás sintiendo en cada centímetro de tu piel.
—¿Te refieres a todo lo de anoche, nena? —preguntó con esa voz ronca que me hacía vibrar hasta los huesos.
—Sí —espeté, cruzándome de brazos y tratando de poner cara de pocos amigos—. Hacerme todo eso y luego pretender que baje aquí como si nada hubiera pasado... no tienes vergüenza.
Él soltó una carcajada ronca que llenó todo el comedor.
—Recuerda que tenemos que fingir ante los demás —dijo, guiñándome un ojo mientras dejaba el periódico sobre la mesa—. El problema es que me besas y me enciendo, Bianca. No es culpa mía que tu boca sea mi perdición y que no pueda contenerme cuando te tengo cerca.
—Eres un descarado...
—Soy lo mejor que te ha pasado en la vida, admítelo —soltó él, volviendo a su café con una suficiencia que me hirvió la sangre.
Lo fulminé con la mirada.
Su descaro, su sonrisa perfecta y ese maldito tono de superioridad, como si tuviera el control absoluto de cada uno de mis suspiros, me hizo decir algo que no debía.
Una punzada de orgullo herido me impulsó a soltar una bomba que sabía que le iba a doler.
—He tenido mejores, para que lo sepas —dije, recostándome en la silla con una indiferencia fingida que me costó la vida mantener.
El silencio que siguió fue sepulcral. Alessandro dejó la taza de café sobre el plato con un golpe seco.
La diversión desapareció de sus ojos en un parpadeo, reemplazada por una oscuridad que me hizo tragar saliva de inmediato.
Se levantó despacio, rodeando la mesa con pasos de depredador acechando a su presa, hasta que quedó justo frente a mí.
—¿Mejores? —repitió, su voz bajando a un susurro gélido que me erizó los vellos de la nuca—. Me estás tentando a averiguar quiénes son esos infelices solo para buscarlos y degollarlos uno por uno. Nadie toca lo que es mío y vive para contarlo, Bianca. Me enferma solo de imaginar que otro probó ese rico coño antes que yo.
—Dices unas cosas... —susurré, sintiendo que el aire en el comedor se ponía tan espeso que costaba respirar.
—Créeme que me estoy controlando para no subir a esa habitación ahora mismo y recordarte exactamente por qué yo soy el único que importa. Me estoy controlando incluso para no ir a matar a mi hermano en este instante por haberte tenido —dijo, rozando mi mandíbula con sus nudillos, en una caricia que era pura posesión—. Pero ahora, desayuna rápido. Vamos a salir. Tenemos planes.
—¿A salir? ¿A dónde se supone que vamos con tanta prisa?
—Ya tenemos la aceptación del Viejo, así que técnicamente somos la pareja del año. Aparentemente todo está "normal" allá afuera, así que vamos a darnos una escapada. Nos vamos a Ischia. Necesito que sientas el aire del mar.
***
El viaje a la isla de Ischia fue como entrar en un sueño. Alessandro había alquilado una lancha rápida y él mismo tomó el mando del timón.
Verlo manejar, con el viento despeinándole el cabello oscuro y la camisa azul ondeando ligeramente, era una tortura visual de la que no quería escapar.
No podía dejar de mirarlo; su perfil era perfecto contra el azul del cielo italiano.
—Si me sigues devorando con los ojos, no vamos a llegar nunca al puerto —bromeó él, manteniendo la vista fija en el horizonte pero con esa sonrisa triunfante en los labios.
—Solo estoy admirando el paisaje, no te creas tan importante —mentí, desviando la mirada hacia las olas cristalinas que cortábamos a toda velocidad.
—El paisaje soy yo, Bianca. No trates de engañarme, que te conozco cada gesto —respondió él, riendo suavemente.
Llegamos a Ischia y el aroma a salitre mezclado con el perfume de las flores de azahar nos recibió de golpe.
Era un paraíso de casas de colores pasteles y acantilados verdes que se hundían en el mar.
Caminamos por el puerto viejo cogidos de la mano, como si fuéramos una pareja normal disfrutando de sus vacaciones.
Alessandro se veía relajado, pero yo no era tonta; notaba cómo sus ojos miraban constantemente a la multitud y cómo sus hombres de confianza caminaban unos metros atrás, tratando de pasar por turistas, pero con la mano siempre cerca de la chaqueta.
—Tengo un hambre que no te imaginas —le dije, dándole un empujoncito juguetón mientras caminábamos por el paseo marítimo—. Y prometiste que íbamos a comer en el mejor lugar de la isla.
—Y yo siempre cumplo mis promesas, reina —respondió, guiñándome un ojo y apretándome contra su costado—. Te voy a llevar a un restaurante que tiene los mariscos más frescos de Italia y una vista que te va a quitar el hipo.
Llegamos al restaurante, un lugar precioso con mesas de madera blanca y manteles de lino que bailaban con la brisa.
Nos sentaron en una mesa apartada, justo frente al agua.
El sonido de las olas rompiendo suavemente contra las rocas era la banda sonora perfecta para el coqueteo constante que mantuvimos durante toda la comida.
Alessandro no perdía oportunidad de rozar mis pies con los suyos bajo la mesa o de decirme cosas al oído que me hacían sonrojar frente al mesero.
—Me gusta verte así, alegre —murmuró él, tomando mi mano sobre la mesa y besándome la palma con una lentitud que me hizo temblar—. Te ves radiante bajo este sol.
—Hacía años que no sentía que podía caminar por la calle sin esperar un golpe por la espalda.
Estábamos riendo cuando el ambiente cambió. Sentí un frío repentino en la nuca.
Un hombre con traje gris entró al restaurante, pidió algo en la barra y giró hacia nosotros con una calma que me heló la sangre.
Todo pasó en un segundo. Sin decir nada, sacó un arma con silenciador. El mesero se cruzó en su camino y el tipo le disparó a quemarropa.
Solo se escuchó un "puf" sordo mientras el chico caía hacia atrás, rompiendo copas y manchando el mantel de sangre.
Grité aterrada. Alessandro reaccionó como un rayo, volcó la mesa para cubrirme y me empujó al suelo.
Pero el atacante ya estaba encima, apuntándome directo a la cabeza con unos ojos vacíos de toda humanidad. Solo tenía una orden que cumplir.
—Aquí te manda saludos Lorenzo —dijo el hombre con una voz plana, gélida, que resonó en mis oídos como una sentencia de muerte.