Fuego bajo la piel

1509 Words
La mañana en Milán amaneció fría, de esas que te dan ganas de quedarte enredada en las sábanas para siempre. Me desperté y, Alessandro seguía a mi lado. No se había ido a reuniones, ni a los muelles, ni a pelearse con nadie. Estaba ahí, apoyado en un codo, mirándome como si yo fuera lo más valioso de su imperio. —Buenos días —susurró. Su voz de recién levantado me revolvió todo por dentro. —Buenos días —respondí, estirándome un poco bajo el edredón de seda. Me sentía segura. En esta habitación, con él, el resto del mundo no existía. No había mafias, ni guerras, ni problemas familiares. Solo estábamos nosotros dos. —¿No tienes que ir a ninguna parte hoy? —le pregunté, acariciándole el brazo. —Hoy todos puede esperar, Bianca —dijo él, acercándose más—. Hoy solo quiero recordarte de quién eres. Alessandro me jaló hacia él y me dio un beso lento, de esos que te roban el aliento y te hacen olvidar hasta tu nombre. Sus labios sabían a café y a un juramento de placer que ya me estaba haciendo vibrar. Me pegó a su cuerpo y pude sentir que él también me deseaba, y mucho. Nos levantamos un par de horas después, solo porque Enzo no paraba de tocar la puerta para avisar que el desayuno estaba listo. Desayunamos en la terraza, viendo la ciudad a lo lejos. Alessandro estaba relajado, sin la corbata, con los primeros botones de la camisa abiertos. Se veía tan guapo que me costaba concentrarme en la comida. —¿Por qué me miras así? —me preguntó con una sonrisa de medio lado. —Porque me encanta que estés así, tranquilo. Sin el arma a la vista. —El arma siempre está cerca, pequeña —bromeó él—. Pero contigo prefiero usar otras armas. Me guiñó un ojo y sentí que el calor me subía a las mejillas. Terminamos de desayunar y entramos de nuevo a la suite. La tensión entre nosotros estaba a punto de estallar. Cada roce, cada mirada, era como gasolina en una hoguera. Alessandro me tomó de la mano y me llevó hacia el ventanal inmenso que daba al jardín privado. Me puso de espaldas a él, mirando el paisaje, pero sus manos ya estaban recorriendo mis caderas por encima de la bata de seda. —Sabes que me vuelves loco, ¿verdad? —me susurró al oído, mientras sentía su barba incipiente rozándome la piel. —Tú también a mí, Alessandro. No hubo más palabras. Sus manos bajaron el nudo de mi bata y dejaron que la seda cayera a mis pies. Me quedé desnuda frente al cristal, sintiendo el contraste del frío que venía de afuera con el calor abrasador de su cuerpo detrás de mí. Se pegó a mi espalda. Sus manos, grandes y expertas, empezaron a masajear mis pechos, apretando con esa mezcla de fuerza y cuidado que me volvía loca. Mis pezones se pusieron duros al instante bajo el roce de sus palmas. Solté un jadeo que empañó el cristal frente a mí. —Mírate —me ordenó con esa voz de mando que me ponía a temblar—. Mira lo hermosa que eres. Me obligué a mirar mi reflejo en el cristal. Me vi entregada, con la cabeza echada hacia atrás sobre su hombro y los ojos entornados de puro placer. Alessandro bajó una de sus manos hacia mi vientre, bajando cada vez más, hasta que sus dedos encontraron mi humedad. —Estás empapada por mí, Bianca —gruñó, metiendo un dedo con decisión—. Te mueres porque te tome aquí mismo. —Sí... por favor, Alessandro. No aguanto más. Él no se hizo de rogar. Se deshizo de su pantalón en un movimiento rápido. Me abrió un poco más las piernas y, sujetándome con firmeza de la cintura, se enterró en mí de un solo empuje. Fue un impacto seco, profundo, que me hizo jadear contra el vidrio. —¡Dios, Alessandro! —gemí, aferrándome al marco del ventanal. Estaba tan duro, tan lleno de él. Empezó a moverse con un ritmo salvaje, rápido, golpeando contra mi fondo sin piedad. El choque de nuestros cuerpos era el único sonido en la habitación. Cada vez que su polla se hundía en mi coño, yo sentía que me iba a desmayar de placer. Era una sensación diferente a las anteriores; era algo más animal, más apremiante. Me agarró del pelo con suavidad, obligándome a mirar cómo nuestras sombras se movían en el reflejo. Verlo así, poseyéndome con esa furia apasionada, me llevó al límite en cuestión de minutos. Sentía que mis paredes se contraían con fuerza alrededor de su polla, buscando retener cada gota de su calor. —¡Más rápido! —le supliqué, moviendo mi cadera hacia atrás para encontrarlo con más fuerza. Él me hizo caso. Aceleró tanto que sentí que mis piernas iban a fallar. El placer subió desde mi entrepierna hasta mi cerebro como una descarga eléctrica. Solté un grito desgarrador cuando mi orgasmo me golpeó, sacudiéndome entera. Sentí cómo mi coño palpitaba alrededor de él, succionándolo, mientras Alessandro soltaba un gruñido ronco y se corría dentro de mí con una vehemencia que lo dejó temblando. Nos quedamos así unos segundos, jadeando, con la frente apoyada contra el cristal frío. Me sentía completa, vacía de miedos y llena de él. Alessandro me giró y me cargó en vilo, llevándome hacia la cama. Me soltó con cuidado sobre las sábanas deshechas y se acostó a mi lado, todavía con la respiración agitada. —Eres lo único real que tengo en este mundo de mierda —me dijo, acariciándome la cara con una ternura que me derretía. —Y tú eres lo único que necesito —respondí, pegándome a su pecho sudado. Pasamos el resto de la tarde así, enredados el uno con el otro. Hablamos de tonterías, nos reímos y volvimos a amarnos, pero esta vez de forma lenta, saboreando cada beso y cada caricia. Alessandro me hacía sentir que no solo era su mujer ante un papel, sino la dueña de su voluntad. —A veces me asusta lo mucho que te quiero —confesó él, mientras me dibujaba círculos en la espalda con los dedos—. Nunca pensé que alguien pudiera tener este poder sobre mí. —No es poder, Alessandro. Es amor. Del de verdad. Él asintió y me dio un beso suave en la frente. Sabía que afuera la vida seguía siendo peligrosa, que los negocios de la mafia nunca descansaban, pero en ese momento, nada de eso importaba. Habíamos creado nuestro propio paraíso en medio del infierno de Milán. —¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —preguntó él después de un rato de silencio. —¿Qué? —Que por fin dejas de mirar por encima del hombro. Ya no tienes miedo, Bianca. Y eso es lo que más me enorgullece. Haber borrado el rastro de dolor de tus ojos. Tenía razón. Lorenzo ya no era más que un recuerdo borroso y desagradable. Alessandro lo había borrado todo con su fuerza y su protección. Me sentía una mujer nueva, una mujer que sabía lo que valía y que tenía al hombre más poderoso del mundo a sus pies. —Tú me salvaste —le dije, mirándolo a los ojos—. En todos los sentidos. —Nos salvamos los dos —corrigió él—. Yo era un bloque de hielo hasta que llegaste tú. Nos quedamos dormidos abrazados, sintiendo la paz que solo da estar en el lugar correcto con la persona correcta. Sabía que mañana tendríamos que volver a la realidad, a los planes y a la seguridad, pero hoy... hoy el mundo había sido solo nuestro. Al despertar por la noche, Alessandro me llevó a la bañera inmensa de mármol. La llenó de agua caliente y sales que olían a flores. Nos metimos juntos, dejando que el agua relajara nuestros cuerpos cansados del amor. —Podría acostumbrarme a esto —dije, recostada sobre su pecho mientras él me pasaba la esponja por los hombros. —Te vas a acostumbrar, porque esto es lo que te mereces. Lujo, paz y a mí adorándote cada día. Me sentía como una reina. El miedo había quedado tan atrás que casi no podía recordarlo. En la fortaleza de Alessandro Di Lucca, yo era la dueña de su corazón y la única mujer capaz de doblegar al Capo más temido de Italia. Cenamos en la habitación, sin cámaras, sin guardias, solo nosotros dos compartiendo una botella de vino y hablando de un futuro que ya no parecía imposible. Un futuro donde el apellido Di Lucca no solo significara sangre, sino también una nueva vida juntos. —Mañana tengo que ver a Enzo temprano —me dijo antes de apagar la luz—. Pero te prometo que volveré para el almuerzo. No te voy a dejar sola mucho tiempo. —Estaré esperándote —respondí, dándole un último beso.
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