La aceptación

1328 Words
Entramos al despacho y el olor a tabaco viejo y madera cara me dio un puñetazo en la nariz. Era un lugar oscuro, cargado de una energía que te ponía los pelos de punta. Don Vittorio Di Lucca estaba sentado tras su escritorio. Tenía unos ojos de hielo que daban la impresión de haber visto miles de ejecuciones sin parpadear. A su lado, Lorenzo estaba de pie, con una sonrisita de asco que me daban ganas de borrarle de un bofetón. Se creía que el Viejo le iba a dar la razón en todo. —Alessandro —soltó el Viejo. Su voz era un susurro que raspaba como lija—. Me dicen que te pasaste las leyes de esta familia por el arco del triunfo. Que te robaste a la mujer de tu hermano como un ladronzuelo cualquiera. Alessandro no se inmutó. Dio un paso al frente y me apretó la mano con fuerza, dándome ese apoyo que necesitaba para no salir corriendo. —No he tomado nada que no me pertenezca por derecho, padre —respondió Alessandro con una calma que daba miedo—. Lorenzo la trataba como basura, deshonrando nuestro apellido. Un hombre que no sabe cuidar lo que tiene, no merece tener nada. —¡Es mi esposa! —gritó Lorenzo, perdiendo los papeles y dando un golpe en la mesa—. ¡Él la sedujo para humillarme frente a todos! Don Vittorio levantó una mano y el silencio volvió de golpe. Lorenzo se calló al instante, aunque se veía que estaba hirviendo por dentro. El Patriarca entonces clavó sus ojos en mí. Sentí que me estaba escaneando el alma. —¿Y tú, Bianca? —me preguntó, arrastrando las palabras—. ¿Eres una víctima o una traidora? ¿O es que el hermano mayor tiene algo que el pequeño no supo darte? Sentí un frío por la espalda, pero me acordé de lo que me dijo Alessandro: "No le quites la mirada". Enderecé la espalda y le sostuve la mirada al tipo más peligroso de Italia. —Soy una mujer que encontró protección donde solo había dolor, Don Vittorio —dije, con la voz más firme de lo que esperaba—. Alessandro me trata con el respeto que merece una Di Lucca. Lorenzo me trataba como a un animal. Si la lealtad se gana con honor, mi lealtad es de Alessandro. El Viejo frunció el ceño. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. —Palabras bonitas, niña. Pero hay un problema —dijo, mirando ahora a Alessandro—. Lorenzo dice que este matrimonio no vale nada. Que no hubo un juez, ni nada. Que es solo un contrato de papel para robarle su sector. Lorenzo se rio, recuperando un poco de confianza. —Exacto. No hubo boda, papá. Es un invento de ellos. Alessandro soltó una risa seca, de esas que te dicen que ya ganó la jugada. —Te equivocas, Lorenzo. Como siempre —dijo Alessandro, sacando un sobre del bolsillo de su chaqueta—. No necesitamos un juez para que esto sea legal ante la ley y ante mis negocios. Mi abogado legalizó todo bajo las cláusulas de emergencia de la organización. El acta de matrimonio está registrada y notariada. Bianca es mi esposa legal. Lorenzo se puso pálido. Miró a su padre buscando ayuda, pero Don Vittorio estaba ocupado mirando los papeles que Alessandro lanzó sobre la mesa. —Un abogado... —murmuró el Viejo, revisando las firmas—. Fuiste inteligente, Alessandro. Usaste los vacíos legales del estatuto de la familia. —Uso lo que tengo a mano para proteger lo que es mío, padre. Hubo un silencio que se hizo eterno. Yo sentía que el corazón me iba a estallar. Lorenzo estaba rojo de la rabia, pero no se atrevía a decir ni una palabra más. Finalmente, Don Vittorio soltó una carcajada que me dejó helada. —Tienes agallas, muchacha. Me gusta eso —dijo mirándome a mí. Luego se giró hacia Alessandro—. Te la puedes quedar, por ahora. Pero escúchame bien: si este "matrimonio" afecta un solo centavo de los negocios o desestabiliza a la familia, yo mismo los borro a los dos del mapa. —No pasará, padre —aseguró Alessandro. —Eso espero. Ahora, Lorenzo, lárgate de aquí. Deja de llorar como un niño y empieza a actuar como un hombre, si es que todavía te queda algo de eso en los pantalones. Me das vergüenza. Lorenzo salió del despacho echando chispas, sin siquiera mirarnos. Había perdido la batalla más importante. Salimos de la villa poco después. En cuanto subimos al coche y nos alejamos, solté todo el aire que tenía guardado. —Ganamos, Bianca —dijo Alessandro, tomándome la cara con una mano—. El Viejo nos dio su bendición. —Fue horrible, Alessandro. Por un momento pensé que nos iba a matar ahí mismo. —Mi padre respeta los hechos, no los sentimientos. Y el hecho es que ahora eres oficialmente mi mujer. Lo miré mientras el coche avanzaba por la carretera oscura. Habíamos ganado la batalla, sí, pero sabía que esto solo era el principio. Lorenzo no se iba a quedar quieto después de semejante humillación frente a su padre. La guerra familiar apenas estaba empezando, y aunque Alessandro me protegiera, yo sabía que la sangre iba a correr tarde o temprano. —¿Y ahora qué sigue? —pregunté, sintiendo la adrenalina bajar de golpe. —Ahora sigue consolidar mi poder. Y tú vas a estar a mi lado en cada paso. Nadie te va a volver a tocar, Bianca. Te lo prometo. Asentí, recostando la cabeza en su hombro. Estaba cansada, pero por primera vez en mi vida, no tenía miedo del futuro. Estaba con el hombre que había desafiado a todo su mundo por mí, y eso era suficiente. Llegamos a la mansión y el ambiente era diferente. Los guardias nos saludaron con una inclinación de cabeza más profunda. La noticia ya debía haber corrido: Don Vittorio me había aceptado. Subimos a la habitación en silencio. Necesitaba quitarme los zapatos y olvidarme de todo por unas horas. Alessandro se quitó la chaqueta y la tiró sobre el sillón, suspirando. —Fue un movimiento arriesgado lo del abogado —le dije, sentándome en el borde de la cama—. ¿De verdad es todo legal? —En nuestro mundo, Bianca, la legalidad la dicta quien tiene el arma más grande. Pero sí, los papeles son reales. Lorenzo no puede reclamarte sin enfrentarse al consejo y a mi padre. Estás a salvo. Me quedé mirándolo. Se veía cansado, pero con esa chispa de triunfo en los ojos. Me acerqué a él y le puse una mano en el pecho. —Gracias, Alessandro. Por no dejarme sola. Él me tomó de la cintura y me pegó a su cuerpo. —Te dije que no te iba a soltar. Lo que es mío, es mío de verdad. Se inclinó y me dio un beso que me quitó las dudas. Un beso que sabía a victoria pero también a advertencia. Sabía que Lorenzo estaba ahí fuera, rabiando, y que el Viejo nos vigilaría de cerca. Pero en ese momento, en sus brazos, me sentía invencible. —Mañana será un día largo —susurró contra mis labios—. Hay que hablar con los capitanes. Lorenzo va a intentar ponerlos en mi contra. —Yo estaré ahí —respondí. —Lo sé. Y eso es lo que más le va a doler a él. Ver que ya no te tiene miedo. Nos acostamos y, por primera vez, dormí sin soñar con las manos de Lorenzo. Dormí sintiendo el peso de Alessandro a mi lado, sabiendo que la guerra apenas comenzaba, pero que yo ya no era una espectadora. Era parte del juego. Y pensaba ganar junto a él. Lorenzo había intentado destruirme, pero solo había logrado que encontrara mi verdadera fuerza.
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