Salvatore no volvió por la noche. Pero cuando despierto, hay una rosa negra sobre mi mesa de noche, que me hace sonreír. Me siento y tomo la rosa, no se como es posible pero al llevarla a mi nariz, su olor inunda mis sentidos, huele a Salvatore. Muerdo mi labio inferior. Cuando salgo de la recamara, ya vestida, con jeans, mis hermanos y mi padre ya están en la sala —Es hora de irnos—Su voz es fría, y su mirada refleja tanta molestia que me hiela la sangre. —¿A dónde vamos? —Frunzo el ceño, y me abstengo de buscar a Salvatore con la mirada. Mi padre no contesta se pone en píe y sale por la enorme puerta, caminamos tras de él como los buenos hijos que somos. Un movimiento por uno de los pasillos llama mi atención, de una de las recamaras de invitados, sale Mirna con una enorme sonrisa,

