Me juré ahí mismo que esa sonrisita se le iba a borrar. Antes de que acabara la noche, Elisa iba a entender que con Sebastián no se juega. Y mucho menos, cuando yo estoy al lado. Horas más tarde, por ahí de las 10 de la noche, el cuarto olía a jabón caro. Sebastián estaba tirado sobre la cama, con el cabello aún húmedo, el cuerpo extendido como si lo hubieran disparado, y la voz arrastrada de quien ya no distingue si está sobrio o soñando. —Estoy bien pedo —murmuró. —Ya me di cuenta —solté mientras me secaba el cabello con fuerza, parada frente al espejo. Tenía el rostro aún rojo del agua caliente y del enojo acumulado. No podía sacarme a Elisa de la cabeza. Su vocecita, su sonrisita, su actitud de "yo solo pregunto por curiosidad". Me hervía la sangre. Así que empecé a imitarla, exag

