Un segundo después, el orgasmo lo atravesó como una descarga eléctrica. Con un gemido ahogado, Adriel soltó el primer chorro, pero no cayó dentro de la boca de ninguna de ellas. Cayó, en cambio, sobre el mentón y el cuello de Virginia, deslizándose hacia sus tetas. Otro fue a dar sobre la mejilla de Lulú, manchándole la piel suave y el nacimiento del pecho. Y siguió, disparando varias oleadas más, dejando las dos caras y los pechos de ambas salpicados, brillando de semen caliente y espeso. Las chicas no se apartaron. Todo lo contrario. Virginia sonrió, con la cara manchada, y pasó un dedo por su seno, recogiendo un hilo blanco que luego llevó a su boca, lamiéndolo con descaro. Lulú la miró y, sin decir palabra, hizo lo mismo: pasó el dedo por su propio cuello, untándolo de semen, y se lo

