—No entiendo para qué tenemos que ir hoy, si falta casi una semana para el año nuevo —solté, mirando por la ventanilla de la camioneta, observando cómo mi barrio iba quedando atrás. —¿Y hasta ahora esperaste para quejarte, pibe? —me preguntó papá. —Me quejé durante toda la semana, solo que vos vivís en la luna —retruqué. —¿Y por qué no dejaste que se quede en casa? —le preguntó entonces a mamá. Ella le clavó una mirada asesina. Papá, que estaba al volante, se encogió en su asiento. —Bueno, ya estamos en camino —comentó—. Además, la vamos a pasar bien, che —agregó después, tratando de contagiarme su optimismo. La cosa era así, estábamos yendo a un campo que pertenecía a la familia de mamá. Hacía tres años que no pasábamos las fiestas con sus dos hermanos y sus respectivos hijos. Así

