Capítulo 8

1864 Words
Georgia Sinclair Aprieto mis manos en puños para evitar darle a esta mujer la bofetada que se merece por asumir que soy una de sus putas. «Que sí, que me acosté con él, pero por su propia exigencia». Me enderezo también y con la barbilla en alto, como he visto hacer a Marianella Sinclair, la miro de arriba abajo. —Eres un poco imprudente para ser la asistente del hermano de mi esposo. No tienes idea de con quién estás hablando. Ella abre la boca sin saber qué decir, boquea como pez y sus mejillas se tiñen de rojo. —Estoy aquí porque necesito hablar urgentemente con tu jefe, así que muévete, por favor, y dile que lo estoy buscando. Es una emergencia familiar. «No, no lo es, pero a la mierda». —Está en una reunión y yo no… —Confío en que podrás resolverlo. Duda, pero al final asiente. —Puedes esperarlo en esa sala, es más privada —señala un pasillo que lleva a una zona más discreta. Asiento. Ella se aleja de mí y yo me quedo viendo al frente sin saber de dónde carajos saqué esa valentía. Me siento un poco mal por ella, la verdad. Pero luego recuerdo que asumió lo que no debía y se me pasa. Yo soy mujer y no ando por ahí juzgando a las demás si buscan acercarse a un hombre. Tacharlas de puta es más que atrevido, es una falta de respeto. Con mis dedos entrelazados y retorciéndolos con nerviosismo, camino hasta el privado y me sorprendo de las hermosas vistas que hay desde este espacio. Los ventanales del piso al techo muestran a Charleston en todo su esplendor. Es hermoso verlo desde aquí arriba, me relaja de una forma extraña. No sé cuánto pasa hasta que siento pasos apresurados y me giro a tiempo de ver a Ronan casi corriendo en mi dirección. —¿Le pasó algo a James? —Su voz suena preocupada, y me arrepiento de haber usado algo tan delicado como esto. «Cada vez meto más la pata». No esperaba verlo así de agitado, y me sorprende demasiado ver con mis propios ojos que este hombre no es tan cabrón como yo creía. —¿Cuál es la emergencia, Georgia? Habla de una vez. Miro por encima de su hombro para corroborar que la “señorita tacones” no viene con él, porque no quiero testigos de lo que debo decir. Vuelvo a mirarlo y trato de recordar mi discurso, pero no me viene nada a la mente. No encuentro las palabras. No sé qué decirle. Empiezo a sentir verdadero pánico. —¿Georgia, le pasó algo a James? —Me agarra de ambos brazos para hacerme reaccionar y su contacto me quema. Levanto la mirada para ver a esos ojos grisáceos que ahora, con la iluminación proveniente de los ventanales, se ven más verdes que nunca. Trago en seco al sentir sus manos grandes agarrándome. Cierro los ojos cuando me las quito de encima. —Tenemos un problema. —Me atrevo de una vez por todas. Ya estoy aquí, y ya no tengo dignidad cuando de este tipo se trata. Lo miro—. Esto que debo decirte lo más seguro es que te agrande el ego, pero vine aquí porque... necesito... para ayer, para la semana pasada, urgente... Mi vacilación y poca valentía hace que Ronan levante una ceja. —No estoy embarazada. Eso debería ser suficiente para que él entienda. Espero que tenga alguna palabra de alivio para mí, o siquiera que aproveche el momento para hacer una de sus bromas pesadas. Pero no, solo me mira sin inmutarse. La expresión antes preocupada se deshace y ahora solo hay frialdad. «Ya sabía yo que esto era una locura». Estrecho la mirada en su dirección. Él se ve como si esperara más. No puedo creer que me haga… —Me vas a obligar a decirlo —declaro, porque no tengo dudas de que así es. No es una pregunta. Silencio. Comienza a estresarme su intensa mirada, fría y letal, mientras yo hablo aquí abiertamente de mi mayor problema el día de hoy. Resoplo. Mi poca paciencia se agota. —Bien, yo te metí en esto, pero tú aceptaste. —Me escucho irritada y exasperada—. Yo quería una inseminación, tú querías ir por lo tradicional. Me cruzo de brazos, molesta por tener que decirlo. —En resumen, ¿quieres…? No termina la frase. Y yo exploto. —Sexo, Ronan. Sexo... —alzo la voz más de la cuenta. Un momento estoy casi lanzándome sobre él para golpearle el pecho con ambas palmas y al siguiente su mano me agarra del brazo y me lleva en volandas hasta una puerta discreta que hay en la sala. Me suelta solo cuando estoy dentro y escuchar el clic de la puerta al cerrarse me pone los pelos de punta, además de acelerarme el corazón. De repente siento frío, y mucha más vergüenza. Me sigo recordando que aquí estoy porque tengo un objetivo, algo que es para mí, mi bienestar, no para rogarle a Ronan Calhoun uno de esos magníficos orgasmos porque no los he sentido con nadie más. «Enfócate, maldición». Carraspeo y me digo que debo arreglar esto de alguna manera. Va cuesta abajo, no hay nada que pueda hacer para borrar la humillación, pero al menos no empeorarlo. —No quiero que pienses que esto lo hago porque te... —apenas puedo decir la palabra deseo, me ahogo con mi saliva y me niego a verlo a los ojos—, es por el bien del plan. Él no dice nada. Se mantiene a unos pocos pasos de mí, de espaldas a la puerta, mirándome, con sus manos metidas en los bolsillos de su pantalón. Un pantalón que cae bajo en sus caderas y que le queda perfecto, hecho a la medida, como todo lo que hay en él. Pestañeo. «Sigue sin decir nada. ¿Un paso más?». —Bien, si así lo quieres, no hables. Eso es mejor, a decir verdad —rezongo, y no me pierdo su minúsculo gesto en la ceja que se le levanta con curiosidad, o burla, ya no sé—. No tuve tiempo de ponerme la lencería hoy, pero espero que no sea un fetiche raro de esos que necesitas sí o sí para tener una erección. Ronan sigue en silencio. Me frustra su actitud impasible, inalterable. —¿Tengo que desvestirme? —pregunto con impaciencia—. ¿Me harás rogar, es eso? De solo pensarlo se me aprieta el pecho. Y de verdad me gustaría que no llegara a ese extremo. Pensé que con solo mostrarme aquí, enseñarle mi necesidad urgente, sería suficiente para que se convenciera. No obstante, este hombre es un rompecabezas andante. —¿No es suficiente con venir aquí y demostrar cuán desesperada estoy? —Mi voz empieza a escucharse entre ansiosa y furiosa. Me enoja su estoicismo. Me enfurece la serenidad que finge, porque conozco de primera mano lo que es capaz de exigir sin repetirse. La frustración puede conmigo y no pienso cuando me quito el vestido, lo paso por encima de mi cabeza y me quedo en ropa interior ante él. Dejo caer la tela suave al piso y abro los brazos, con exigencia. —¿Y bien? ¿Tienes algún nuevo problema que no conozco? ¿O solo te excitas cuando estás bajo tus términos? Ronan me mira, de pies a cabeza y con insana lentitud. Sus ojos se sienten como un láser en mi piel, me va erizando a su paso. Maldigo por dentro cuando siento el calor caminar con él. —¿Qué esperas? —reclamo con arrebato—. Estabas en una reunión. Esto será rápido. Haces lo que tanto disfrutas, yo intento asegurarme no perder un día más. Como él no se mueve, me lanzo. Me cansé de rogar, voy a tomar lo que necesito, ¿No es eso lo que él hace? No me preguntó si yo estaba de acuerdo con esto, solo exigió y yo me dejé, por estúpida que soy. Pero cuando me acerco, dispuesta a quitarle el jodido cinturón, su mano se cierra en mi muñeca. Me detiene. Una sacudida me recorre, solo que ahora no es excitación, ni entusiasmo. No sé qué es. Lo miro, sus ojos me observan con intensidad desde arriba, con todos esos centímetros que me saca de diferencia. Una mezcla de deseo e irritación es visible en el verde ahora oscuro de su mirada. Pero lo que me hace estremecer es la manera en que sonríe cuando se cansa de hacerme esperar, cuando sé que puede saborear en su lengua mi desesperación siendo pisoteada. Lo imagino llevándome al límite solo porque vine aquí a darle lo que él quiere, mi rendición. —¿Tanto te quedó gustando? —Su pregunta, hecha con un tono burlón odioso y retorcido, me hace pestañear. Se siente como una bofetada. Tan metida como estoy en mi objetivo, en mi necesidad, no lo veo venir. —¿Eh? Su sonrisa crece más. Sus dedos alrededor de mi muñeca me queman, cosquillean. —Me halaga, Gigi —dice mi mote con socarronería. Me mueve de lugar, me lleva hasta la mesa que hay en el centro y me sienta encima. Yo me dejo hacer, porque me siento como si estuviera en shock. Sus manos van directo a mis pantis y sin dudarlo, tira fuerte en ambos lados. Mi gruñido de dolor no logra tapar el sonido de la tela rajándose. Me recorre un escalofrío, mucho más cuando lo veo guardarla en el bolsillo interior de su chaqueta. Da un paso atrás. —No tengo un fetiche con la lencería, puedo pasar tu insulso conjunto de algodón. Pero me temo que no voy a poder complacerte. Vas a tener que guardar toda esa calentura, porque estoy trabajando. Una losa fría cae sobre mí. Lo veo retroceder, pero no me atrevo a decir nada. Las lágrimas pican detrás de mis ojos. —¿Qué te parece si esperas aquí? Se mueve hasta la puerta y la abre sin que yo tenga tiempo de decir siquiera la palabra no. Desaparece en una fracción de segundo y me quedo mirando la puerta cerrada, con un dolor sordo en el pecho y la seguridad de que no puedo caer más bajo que esto. Hasta que escucho un clic. —¿Qué carajos? Me bajo de la mesa y corro hasta la puerta, intento abrirla, sin importarme que ahora estoy desnuda en una sala privada en la empresa de Ronan Calhoun, pero es imposible. No abre. «Me dejó encerrada». Busco el vestido cuando dos lágrimas caen y me mortifica sentirlas. Me lo pongo ardiendo de rabia, de indignación, de humillación. Ronan sí que es un cabrón, me retracto de haber pensado lo contrario, pero en definitiva él no tiene culpa de nada. Esto solo me lo busqué yo. —Porque soy una idiota. Una idiota que comienza a preguntarse cuántas cosas, además de la dignidad, y de todo lo demás que le han quitado, tendrá que seguir perdiendo en esta vida para poder obtener lo que desea.
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