Otoño

2533 Words
Esta estación, el frío en la ciudad, los árboles con las hojas un poco secas, me recordaban a la cercanía de mi cumpleaños, el frío se acentuaba en la ciudad, y el día era frío. Me hacía recordar al cómo me sentía ahora. Es curioso, pero seguía desempleada y cada vez, más desesperada, quizá un poco triste—quizá un mucho—el día se miraba ligeramente gris, suspire pesadamente. Estaba caminando, pasando mis dedos por la fría pared, mientras que mis pensamientos me atornillaban, mi estomago estaba hecho un nudo y seguro, quedaría loca. Sentí mi celular vibrar, le saqué, para leer el mensaje. Desconocido: Puedes terminar antes de empezar. Un tratado de paz, ¿Qué dices? —D. Miré hacía mi alrededor, esto parecía una broma barata. Pensaba que, si alguien se estaba introduciendo en mí vida generando que no encontrará un empleo, pero esto, era más. Juls: Te has equivocado de número. Seguí mi rumbo, buscando un empleo, las insistencias de Gisela eran mayores—así que tenía dos días para encontrar un empleo—por promesas. Debería de dejar de prometerle cosas a la gente. Mis ojos brillaron apenas miré un letrero con letras enormes donde solicitaban personal, emocionada me adentré al bar, pidiendo informes, el chico fue amable, me dejo llenando un formulario y en menos de siete minutos, estaba contratada, el empleo era de urgencia, para ellos y para mí. Me coloqué un delantal y comencé a tomar ordenes, los primeros quince minutos fueron tranquilos, era un lugar un poco lento, así que, iba bien. No fue hasta que entro Uriel, con un chico del Clan D, que prendió mis señales rojas. Él me miró, de reojo apenas se adentró hasta que llego a una mesa, no le dije nada y él tampoco a mí, nuestras miradas cruzadas fue el único contacto que tuvimos, él comenzó a hablar con aquel chico. Mientras atendía miraba de reojo en su dirección, notando cómo hablaban de dios sabe que, él chico le dio un poco de dinero, y en el rostro de Uriel se posó una sonrisa completamente burlona. Suspiré, dejando de mirar, nunca me habría gustado ser una entrometida, esto cruzaba mis límites. Relamí mis labios, para seguir con mi trabajo, saliendo de aquel trance que tenía respecto con Uriel y uno de los chicos malos. Tomé aquella libreta y me acerqué a ellos, para sonreír de lado. El contacto, fue mínimo, “un whisky y una cerveza”, asentí. Mis ojos miraron con atención a los ojos de aquel chico, mis cejas se fruncieron ligeramente, habría visto esos ojos antes, sabía que conocía la mirada de aquel chico, pero, ¿De dónde? Quise no tomarle importancia, quizá habría cruzado con él alguna vez, así que continué con mis deberes, le llevé la cerveza a Uriel y el whisky a el chico y proseguí. Miré hacía aquella mesa, cuando escuché cómo comenzaban a discutir, quería no entrometerme. —¿Me estás escuchando? Señorita—, Jaló mi hombro un hombre, le miré parpadeando repetidas veces—, Tres cervezas. —Ajá, sí—, Dije para caminar un poco hacía la mesa de ellos. Hasta que llegó. Uriel tomó con rabia al chico de la camisa, gruñendo con molestia, examiné a Uriel un poco más, notando cómo la vena de su cuello comenzaba a sobresalir por el enojo, relamí mis labios. No te metas, entrometida. Pensé. Habían dicho que éramos amigos, ¿No? De cierto modo, me hacía preguntarme si de verdad podría ser su amiga, éramos tan diferentes. Antes de poder seguir indagando en mis pensamientos aquella pelea escalo, de un modo veloz, mi piel se erizó, me encontraba completamente de los nervios. No me metería. Lo tenía claro. Se lo habría prometido a Drey, hacer lo posible por poder quedarme aquí, ¡Vamos, Juls! ¡Razona! Uriel se levantó furioso, al igual que él, le soltó un golpe en el rostro de modo en el que el rostro de él, se giró, haciendo que la furia comenzará, comenzaron a pelear, golpe tras golpe, ambos, dándose una paliza monumental. —¡Puta, tu puta madre imbécil! —, Le gruño Uriel. Por favor no te metas. No te metas... No te… Esto comenzaba a salir de completo control, haciendo que mi corazón se encogiera. —¡Uriel, para ya! —, Le pedí, tomando su brazo—, ¡Detente, por favor! —¿Necesitas a una niñita para que te defiendas? —, Le preguntó burlón, mientras sangre escurría de su nariz—, Eres tan patético, Uriel. Eso no hizo más que hacer que Uriel se enfureciera aun más, cómo si eso fuera posible, no lo pensé, esperaba pensarlo, pero no lo hice. Una risa ronca salió de los labios de aquel chico, no lo pensé… Se que no lo pensé, no debí de hacerlo, me abalancé a Uriel, subiendo a su espalda, aferrándome a él, inmediatamente, me tomó de las piernas impidiendo que me cayera, aquel chico soltó una risa, para dejar de golpearlo, la pelea desapareció. —Julieta, baja, ya—, Ordenó frío, me negué—, No estoy jugando, ¡Baja! —No hasta que dejes de golpearle—, Le dije en su oído, bajamente—, Por favor, Uriel. —¿Le harás caso a la chica? ¡Eres todo un caso! —, Se mofó. Tomó su chaqueta y miró en mi dirección—, Son todo un caso. —Julieta—, Advirtió. —Así que Julieta—, Alargó mirándome el chico—, ¿Eres su romeo? —Eres un tarado—, Le dije, para aferrarme a Uriel—, Deberías de irte. —Esto será tan gracioso—, Se colocó la chaqueta y me miró por una última vez, dejo un par de billetes en la mesa y salió. Noté que toda la atención se encontraba completamente sobre nosotros, se sentía de un modo extraño, me di cuenta de todo, de lo que sucedió, era más de lo que podría pensar. Apenas salió del lugar, Uriel se giró en mi dirección, para suspirar. —Ya puedes bajarte, ¿No? —, Me dijo con cansancio, negué—, ¿Por qué? —. Alargó cansado. —No bajaré, no hasta que estés más tranquilo—, Mencioné, apoyando mi mentón en su hombro—, Así que… —Ya. Estoy relajado, bájate—, Pidió, entre dientes, suspiré con cansancio. Con lentitud, terminé por bajar de su espalda, para ver cómo el parecía aún seguir molesto, era como si quisiera contenerse, pero no podía, aplané los labios notando cómo la furia aun estaba plasmada en sus ojos. — ¿Estas bien? —, Me atreví a preguntar apenas miré aquellas heridas que sobresalían de su rostro—, ¿Por qué te has peleado? —Estás loca, muy loca, ¿Qué pasaba por tu cabeza cuando hiciste eso Julieta? —, Me reprendió, a lo que aparte la mirada—, Pudiste salir lastimada, no vuelvas a hacer eso, ¿Lo has escuchado? —Loca yo—, Repetí a lo que él afirmó con un sonido—, Tú. Tus nudillos aún no sanaban, te haces daño—, Sus hombros se encogieron restándole importancia—, Tu sí estas loco. —Julieta—, Me llamó el dueño del establecimiento. Cerré los ojos con una mueca marcada en mis labios, pensé en ello, la habría liado en grande, sabía que a ninguno de ellos—de los jefes—les convenia tener a personas cercanas a los cinco dentro del establecimiento. Por seguridad. —jefe—, Alargué girándome sobre mis talones, con una sonrisa incómoda. —Julieta, quedas... —, Comenzó. No necesitaba escuchar que terminará la oración, sabía a lo que venía, a donde irían sus palabras. —Despedida, ya lo sé—, Murmure por lo bajo yendo al vestidor por mi ropa, ¿Cuánto dure? ¿Quince minutos? Me fui a cambiar, colgando mi mochila en mi hombro, podía escuchar la voz de Uriel, apenas salí de los vestidores. mis ojos cayeron en él quien miraba con ojos de arma de fuego hacía él dueño del establecimiento. Apoyé mis manos en la fría pared, mi alma cayó al suelo, él dueño y yo estamos en la misma circunstancia, asustados e intimidados. —Me parece interesante la pronta decisión que tomó—, Alargo Uriel, mirando con seriedad a él—, Qué la despidiera, de modo tan cruel a Julieta. —No quiero problemas...—Alargó él. Temblaba cómo un perro chihuahua, dio un paso hacía atrás, seguido de ello, Uriel se acercó un poco más. —Tarde—, Escupió seco él—, Ahora me pregunto con cuál de los cinco vendré en unas horas... —, Amenazó—. Me convence Gilberto o Gael, ¿Cuál de los dos le parece mejor idea? Habría escuchado que ellos, junto con Uriel eran los tres más peligrosos. Caleb, no era del todo malo, usaba la fachada de chico malo, pero, no lo era. Si no fuera por Uriel, quien lo introdujo en el bando. Eso escuché. —L-le de-devolveré el empleo, l-le subiré el sueldo—, balbuceo asustado— ¡Pero no haga nada!, ¡Se lo suplico! Tengo una familia… El ver al dueño del lugar así, me bajo la sangre, sabía que eran malos, que ellos podían hacer que la ciudad se intimidará de manera inmediata, pero, ¿Por qué les temían? Verlo así, me partió el corazón. Salí de mi escondite y tomé aire cruzando los dedos detrás de mí espalda, la mirada de Uriel cayó sobre mí. — ¿Nos vamos linda? —, Espetó tranquilamente, cómo si no acabara de amenazar a aquel hombre. Asiento, aturdida, tengo que hablar con él y que no le haga nada a este lugar, ni al señor. Cómo también que se dejará de meter en mis asuntos, yo no necesitaba que él viniera a defenderme. Él me despidió por su propio bien, yo lo sabía. —S-Señorita, cometí un error, ¿Quisiera regresar? —Tartamudeo a lo que aplane los labios. Negué—, Señorita, pero… Siento una pulsada de culpa y dolor en el pecho, no sabría si era porque el señor casi se venía haciendo encima, si porque solo me devolverían el empleo por una amenaza, o por que regresaría a California en una semana. —Yo... Lamento haber hecho que perdiera el tiempo, sobre el trabajo se lo agradezco... pero—, Pausé por un par de segundos, ante mi mentira— m-mi a-amiga llamo, me re-regresaron mi antiguo empleo—, mentí descaradamente, tartamudeando. Los ojos de Uriel me vieron con curiosidad—, Gracias. Tomé con más fuerza mis cosas y con una sonrisa falsa salí del lugar, con los pasos de Uriel pisando los míos, solté un suspiro lleno de pesadez. —¿Podemos hablar? —, Pregunté girando en su dirección con una mueca marcada—, Por favor. — ¿No es lo que estamos haciendo? —, Se burla descaradamente. Rodé los ojos—, ¿Qué pasa? —Es que… Uriel se subió a su motocicleta, a lo que le miré con confusión. —Sube—, ordenó. —Pero... —Iremos a hablar—, confesó, terminé por acceder. Ambos subimos a su motocicleta, me aferré a su cuerpo sintiendo un poco de miedo en mi piel estando sobre esta, aunque me gustaba de cierto modo la brisa chocando en mi rostro. Pero, estar sobre esto, de cierto modo, me aterraba. Después de unos minutos llegamos a un mirador, que se ve tan hermoso con el atardecer cayendo poco a poco, miré de reojo a Uriel. ¿En qué me estaba metiendo? ¿En verdad era buena idea ser su amiga? —Bien, ¿De qué querías hablar? —, Pregunta metiendo sus manos a los bolsillos de aquella chaqueta de cuero—. Te escucho. Pensé en cómo decirlo, suspiré para girarme en su dirección. — ¿Por qué peleaste? —, pregunté recargando mi peso en uno de mis piernas junto al árbol. —Intenta otra cosa—, Espetó con calma. Suspiro y pienso durante unos segundos, la verdadera razón, tomé una bocanada de aire y le miré a los ojos directamente. — ¿Por qué amenazaste al dueño del restaurante? Te oí—, confrontó a lo que él suelta un suspiro lleno de pesadez—, ¿Por qué lo has hecho Uriel? —, Reté. —Eres muy preguntona—, me acusó a lo que rodé los ojos—, Demasiado preguntona. —No contestaste a ninguna—, Hice una pequeña mueca, parecida a un puchero—, ¿Por qué lo has hecho? —Ni lo haré. —Eso es injusto Uriel—, Me quejé de manera chillona. Él soltó una risa. Estaba por contestarme, cuando el sonido de una motocicleta llamó mi atención, al igual que la de él, me giré a ver, notando que era él mismo hombre del bar, con una mueca, miré a Uriel, quien ya comenzaba a molestarse, regresé la mirada a él, notando cómo miraba burlón a Uriel. —Así que esto era—, Se burló, deteniéndose frente a nosotros—, ¡Claro! No te gusta compartir a las chicas de una noche, ¿Eh? —. Finalizó. Uriel estaba por ir a con él, le tomé del brazo, Uriel me miró con confusión, por alguna razón, yo no quería eso, no quería ver cómo es que Uriel pasaba día tras día entremetido en alguna pelea. —Con el paso del tiempo, te vas haciendo patético—, Le dijo, burlón. —No me tientes los putos… —Me imagino que ha de ser buena en la cama, para que la defiendas de ese modo—, Se mofó con más burla si es posible. Su rostro, se inundó nuevamente de rojo, la vena en su cuello resaltó de nuevo, se soltó de mi agarré con furia, para ir a encararle, pero él, aceleró. Por un par de segundos se quedó mirando hacía donde aquel hombre se fue, pero no dijo nada. Y yo tampoco. Me sentía mal por Uriel, era cómo si yo hiciera que no pudiera desatar su furia, pero no quería verle herido, miré hacía sus manos, cerradas en puños con aquellos nudillos heridos, a punto de llegar a blancos, estaba furioso. ¿Qué podía hacer yo? Indecisa caminé hacía él, con lentitud, antes de que pudiera hacer algo, le abracé por la espalda, se sobresalto por un par de segundos, pero sus manos terminaron en mis brazos, sujetándome. —Necesito pedirte algo, Julieta—, Me dijo a lo que asentí—, Nunca le harás caso a Rey, promételo. —¿Qué dices? —, Pregunté confundida. Ni siquiera sabía quien era. Rey, pensé en su nombre, líder del Clan D. —Eh…—, Alargué, pensando, ¿Le molestaba? —Vamos, promételo. —Esta bien, Uriel—, Le di la razón, desconcertada—. Te lo prometo.
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