Milán Romanov observa desde la cercanía cómo su padre baila con Alana. No comprende por qué no puede apartar la mirada de la escena, como si algo en aquel baile capturara su atención de una manera inexplicable.
Con plena conciencia de la complejidad de la historia que envuelve a su familia, Milán recuerda cómo Paulina Ferrer orquestó la muerte de su tío Alek para arrebatarle el poder, incluso intentando hacerle creer que los mellizos eran sus hijos. Su madre le ha detallado cómo deseaban despojarlo de todo y cómo, debido a las maquinaciones de Paulina, su tío Alaris también perdió la vida.
Viridiana, con pesar en sus palabras, le ha explicado cómo esa mujer logró arrebatarle el control del Ejército Rojo y prácticamente todo lo que le pertenecía a los Hoffman. Así, Milán se encuentra atrapado entre la observación de un baile aparentemente inocente y la carga pesada de la traición y la violencia que ha marcado la historia de su familia.
A escasos centímetros de Milán se hallaba Luca Rinaldi, quien observaba la escena con atención. Milán, consciente de la aparente alianza que los une, también reconoce a Luca como su enemigo. La tensión entre ellos es palpable, ya que Luca ostenta el liderazgo en Italia, y Milán se encamina hacia convertirse en el futuro líder de Rusia. La frágil paz entre ambos es solo una máscara que oculta las inevitables hostilidades que el destino les reserva.
Milán, aunque involucrado en una alianza estratégica, entiende que este pacto no perdurará indefinidamente. La realidad es que, en algún momento, deberá enfrentar la cruda verdad: su destino como líder ruso implica tomar medidas drásticas. La sombra de la traición y la violencia se cierne sobre él, y la figura de Luca representa tanto un obstáculo como un riesgo que debe ser abordado con firmeza para asegurar su posición y supervivencia en este complicado juego de poder.
— ¿Qué demonios estás haciendo aquí, Luca? Esto es territorio ruso, no italiano.— Le recuerda Milán procurando que nadie lo escuché
Luca sonríe con desdén lo cual aumenta la furia de Milán— Oh, Milán, siempre tan territorial. Solo vine a ver el espectáculo.
— ¿Te aburres en Italia o simplemente viniste a aprender cómo se hace una fiesta de verdad?— Bromea Milán
— No te preocupes, Milán. Aún recuerdo cómo se celebran las fiestas, aunque aquí parecen más un espectáculo de títeres.
— Deberías recordar tu lugar, Luca. No eres bienvenido aquí.
— Ah, pero no vine por ti, Milán. Vine por ella.
— ¿Enamorado, Luca?— Sonríe sarcásticamente Milán
— No te preocupes, Milán. No es por ti que estoy aquí. Es por la dama encantadora que tienes bailando a tu alrededor. Alana es verdaderamente hermosa.
En ese momento, la atención se centró en Alana, quien se acercó a ellos. Milán, con la mirada gélida, observaba cada gesto de Alana mientras ella esbozaba una sonrisa encantadora. Era evidente que con esa sonrisa pretendía coquetear, pero él se mantenía firme, sin caer en su juego. En su interior, ansiaba que Alana lo invitara a bailar, no con la intención de entregarse a sus encantos, sino con el propósito de despreciarla ante todos los invitados. Planeaba impartirle una lección a esa joven egocéntrica.
Al examinarla detenidamente, Milán no pudo evitar reconocer que Alana era mucho más hermosa de lo que habían mencionado. Era la primera vez que la observaba de cerca, y la impresión visual superaba las expectativas. No obstante, Milán se recordaba a sí mismo que, a pesar de su belleza, Alana no era diferente a las demás. Solo una niña que debía aprender que no podía jugar con el futuro líder de Rusia.
Una oleada de rabia invadió a Milán cuando se percató de que ella lo ignoraba por completo, tomando la mano de Luca para guiarlo a la pista de baile. En la mente de Milán, la imagen de Alana sonriendo y mirándo de esa manera con Luca solo se materializaba para provocar celos en él. Para él, era inconcebible que pudiera sentir atracción por ese italiano arrogante. Luca no podía ser del gusto de alguien tan superior como él.
— Luca, me encanta verte. Pensé que no vendrías.
— Nunca me perdería la fiesta de mi prima favorita.— Afirma él mientras continúa bailando
— Lu sé que no te gusta hablar de esto, pero no eres hijo de mi tío Mateo, la sangre no nos une. Podríamos casarnos, y nadie podría decir nada.—Sugiere Alana —Claro en el caso que yo te guste.
Luca se echa a reír—Alana, eres muy joven para pensar en el matrimonio. ¿No crees que es un poco pronto para eso?
—Bueno, ¿quién sabe? Tal vez sea una romántica empedernida.
Desde que era prácticamente una niña, Alana ha estado enamorada de Luca Rinaldi. Aunque sus encuentros no son frecuentes, cada vez que lo ve queda cautivada. En su corazón, ha tejido sueños de crecer y convertirse en la esposa de Luca, no solo por su ambición y gusto por el poder, sino porque lo quiere de una manera que nunca ha sentido con nadie más.
Luca es el hombre que Alana anhela para sí misma. Con cada mirada y gesto, se sumerge en un mundo donde la conexión con él trasciende las barreras impuestas por su entorno. Aunque el poder y la ambición juegan un papel en sus sueños, es el amor genuino que siente por Luca lo que alimenta sus esperanzas y deseos.
Alana es consciente de que no comparten lazos de sangre como primos, lo que le da la certeza de que su sueño no es tan descabellado como algunos podrían pensar. A medida que imagina un futuro a su lado, Alana se aferra a la esperanza de que algún día sus sentimientos sean correspondidos y que puedan construir juntos una historia que supere las complejidades de su mundo.
Está segura de que su papá y su tío Mateo aceptarían el matrimonio, lo que representaría una gran alianza para ambas familias. La confianza en la aprobación de su padre se fundamenta en el hecho de que nunca le ha negado absolutamente nada. En su mente, la idea del matrimonio con Luca se convierte en un futuro prometedor, respaldado por la creencia de que la unión no solo sería bien recibida, sino que fortalecería aún más las conexiones entre las dos influyentes familias de la mafia.
Harto de la situación, Milán optó por marcharse. La determinación en sus pasos reflejaba la firme decisión de no someterse a más humillaciones de esa manera. La joven, en su percepción, compartía características con su madre: era una cualquiera y oportunista, anhelando el poder. Ahora, buscaba involucrarse con el líder de Italia, demostrando ser una astuta estratega. Milán reconocía que no era ninguna tonta, pero estaba decidido a no permitir que las artimañas de una joven tan hábil lo afectaran de manera tan sencilla.
Su retirada era un acto de autodefensa, una negativa a dejar que alguien como ella tuviera el placer de humillarlo aún más. Mientras se alejaba de la escena, Milán mantenía su postura, sin permitir que la astucia de Alana comprometiera su firmeza y determinación.