En el cálido atardecer, el eco de risas y murmullos envolvía el patio trasero. Paulina y Darla, con sus conversaciones amenas, compartían momentos de tranquilidad mientras Alana, Aidan y Alaris se sumergían en la piscina, creando destellos de diversión bajo el sol.
Las miradas orgullosas de sus madres se posaban con afecto en los jóvenes que disfrutaban del merecido descanso. Cada risa resonaba como una melodía alegre, tejiendo recuerdos familiares que sabían que serían atesorados.
Sin embargo, la sombra del tiempo pendía sobre ellos, recordándoles que aquellos instantes de felicidad efímera debían ser apreciados con gratitud. Las clases y las responsabilidades cotidianas pronto reclamarían su espacio, separándolos de estos momentos compartidos en familia.
— Paulina ¿Te encuentras bien?
— Sí, estoy bien, Darla. ¿Por qué lo preguntas?
— No sé, te veo un poco pálida. ¿Te pasa algo?
— Oh, no te preocupes, solo estoy un poco cansada. Fue una semana agitada, pero todo está bien.
A pesar de ser una mujer de apariencia fuerte ante los demás, ha experimentado una creciente sensación de debilidad que la inquieta profundamente. La inseguridad se ha apoderado de ella debido a molestias recientes en sus senos, generando un temor latente. A pesar de reconocer la importancia de consultar a un médico, la parálisis emocional le impide dar ese paso crucial hacia el cuidado de su salud.
La tranquila conversación de ellos se vio abruptamente interrumpida cuando Massimo, ataviado con su típico traje de baño, se acercó decididamente. Sin inhibiciones, le dedicó un saludo que culminó con un beso en los labios. Acto seguido, la acomodó en sus piernas.
— Max y Pao a pesar de los años, siguen siendo tan cursis— Ríe Darla
— Es culpa tuya, Paulina. Cada año, te amo más y más.— Él deposita un beso en su mejilla
—¿Amor, tengo razón en preocuparme?
— Varios hombres han pedido la mano de Alana para sus herederos o algunos ancianos para sí mismos, algunos interesados en la herencia que dejó Aleksandr. Pero no te preocupes, nunca arriesgaría la integridad de nuestra hija.— Asegura Max
— Cada año que pasa, nos acercamos más a la fecha en que cobren ese maldito dinero. Temo que otra guerra esté en el horizonte.
— No te preocupes, estoy preparando a Aidan y tengo un ejército para cuidar a nuestros bebés.— Bromea Max
— Aunque no lo creas, Alana y Aidan son mucho más listos de lo que piensas. A pesar de su corta edad, tienen un carácter fuerte y todas las herramientas para defenderse.— La tranquiliza Darla
— He pensado mucho en esto. Necesito una alianza con alguien que no sea leal a los romanov. Solo puedo conseguirlo en Italia, por eso estoy considerando una boda.— Propone Max
— ¿Una boda? ¿Estás seguro de esto?— Pregunta Paulina— Luca y Kiara están desacartados, Max. Ambos son nuestros sobrinos y aunque es natural esas clases de uniones en las mafias yo no estoy de acuerdo.
—No me refiero a los hijos de Mateo sino de los de Irina, mi prima. Hablo de Lucian y Ana.Es simplemente una idea, muñeca, aún no lo he hablado con Mateo, pero estoy seguro que estaría dispuesto a unir a alguno de sus sobrinos con Aidan o Alana.
En el silencio tenso que envolvía el lugar, los jóvenes se acercaron lentamente, sus cuerpos goteando las últimas gotas de la travesía que habían emprendido. Paulina, con la mirada perdida en el horizonte, sentía cómo la inquietud se apoderaba de su ser al vislumbrar el futuro incierto que aguardaba a sus hijos. La preocupación se reflejaba claramente en sus ojos, temiendo el día en que ni Max ni ella pudieran estar allí para protegerlos.
A pesar de la evidente fortaleza que emanaba de los jóvenes, Paulina y Max no podían evitar ver en ellos a los pequeños bebés que alguna vez fueron, recordándoles la vulnerabilidad intrínseca de la juventud. La cruel realidad del mundo exterior se imponía, recordándoles que, a pesar de su instinto protector, llegaría el momento en que los jóvenes tendrían que aprender a navegar por la vida y enfrentarse a sus propios desafíos en un mundo marcado por la adversidad y la maldad.
[...]
Mientras Paulina deslizaba con cuidado el cepillo por el largo cabello de Alana, la habitación se llenaba con el suave murmullo de su conversación nocturna. La anticipación y emoción se dibujaban en el rostro de Alana al hablar sobre el próximo viaje a Italia para visitar a su tío Mateo.
El deseo de Alana de encontrarse con Kiara, su única amiga cercana, añadía un matiz de entusiasmo adicional. En realidad, Alana llevaba una vida bastante restringida en cuanto a interacciones sociales. A pesar de recibir educación de los mejores maestros, sus días transcurrían principalmente en casa, compartiendo su espacio con su hermano Aidan y su primo Alaris. Kiara y Luca eran, prácticamente, los únicos fuera de la familia con quienes Alana compartía su mundo.
Paulina, decidida a garantizar la seguridad de su hija, había tomado la determinación de que Alana no asistiera a ninguna institución educativa convencional. Su presencia fuera de casa estaba limitada a salidas con su madre, padre o escoltada por numerosos guardias.
Mientras Alana imaginaba un futuro en la universidad, anhelando la libertad que este ofrecía, Aidan disfrutaba de amistades masculinas en el ejército rojo. Max, consciente de la naturaleza de su hijo, fomentaba su independencia y fortaleza al otorgarle más libertad.
— Mamá, estoy tan emocionada por ir a Italia. ¿Has ido alguna vez? Siempre vienen tío Mateo y Nicole a visitarnos, pero nosotros nunca vamos.
— Cariño, tu padre no puede salir demasiado del país por trabajo. Pero esta vez, haremos una excepción para visitarlos. No todos los días tu primo cumple dieciocho años.
— ¡Eso es genial! Y mamá, Luca estaba más guapo que nunca la última vez que vinieron. ¿Crees que tenga novia en Italia?
Paulina puede reconocer ese brillo en la mirada de Alana porque es el mismo que ella tenía hace años con Max.
— Alana, no deberías preocuparte por esas cosas en relación con tu primo.
—Pero no es mi primo —Ella rodea los ojos —Tio Mateo no es su papá biológico.
—Pero es como si lo fuera. Son familia, Alana.— Ella deposita un beso en su frente— Pronto conocerás a un muchacho que te querrá mucho y serás muy feliz, pero ese muchacho no es Luca.
A pesar de las palabras de su mamá, a Alana le resulta fácil desestimarlas, convencida de que su padre respaldará sus deseos de tener una oportunidad con Luca. La certeza de que su padre la apoyará le da la confianza necesaria para desafiar las expectativas.
La situación se complica aún más porque Luca, siendo un chico muy correcto, no haría nada sin el permiso de sus padres. La integridad de Luca le añade un matiz de complicación a los anhelos de Alana, quien se debate entre sus emociones y el respeto por las normas familiares establecidas. En su mente, la posibilidad de explorar una conexión más profunda con Luca se entrelaza con la certeza de que su padre será el faro que guíe su travesía emocional.
— Mamá, siento que a Luca también le gusto, ¿sabes?— Pronuncia Alana
Paulina ríe suavemente—Claro, eres una joven hermosa, Alana, pero Luca te ve como a su hermanita.
— Pero mamá, él se pone un poco tímido a veces. Es como cuando tú y papá se conocieron. ¿Qué se decían en esos tiempos?
Paulina sonríe al recordar— Cuando conocí a papá yo era un poco más grande que tú y en realidad no hablábamos mucho en un inicio.
—¿Entonces que hacían?— Pregunta ella curiosa.
Paulina sentía cómo el rubor ascendía a sus mejillas al rememorar las primeras interacciones con Max.
Sin embargo, sabía que esos detalles delicados y apasionados quedaban reservados en el cofre de sus recuerdos, fuera del alcance de su hija Alana, aún sumida en la inocencia de la juventud.
En el preciso instante en que esos pensamientos se tornaban un tanto incómodos, como si estuviera a punto de revelar un secreto guardado con celo, la entrada de Max actuó como un oportuno salvavidas.
Su presencia, fuerte y protectora, cortó la conversación en ciernes, protegiendo a Paulina de exponer detalles que solo pertenecían al rincón íntimo de su pasado.
—Mis dos princesas, no pueden ser más hermosas de lo que ya son.— Pronuncia Max mientras rodea la cintura de su esposa
—Alana quiere saber de nuestros tiempos de jóvenes, Max.— Ríe Paulina
— No hablábamos de nada en particular. En realidad, solo jugábamos a las cartas y disfrutábamos del momento.— Miente Max
— ¡Oh! ¿Solo jugaban a las cartas?... Que aburridos — Ríe Alana
Cuando la mujer abandonó la habitación, la mirada de Paulina se centró en Max.
Alana y Aidan, por su parte, poseían conocimientos fragmentados de la compleja historia de sus padres.
Sabían que Paulina fue sumisa de Max, que se enamoraron y luego se separaron. Ella conoció a Alekdandr, se casó con él, y transcurrieron tres años hasta que volvió a encontrarse con Max. Sin embargo, existían capítulos ocultos en este relato.
La supuesta muerte de Diego y la adopción por parte de Mateo y Nicole eran detalles que permanecían fuera del alcance de sus conocimientos. Solo Aidan estaba al tanto de la participación de Paulina en la muerte de Alek, pero ignoraba la historia relacionada con Diego. En la mente de Alana, Viridiana era la culpable de una acusación injusta hacia su madre, y Andrey la había salvado de aquella situación.
Max y Paulina compartían la preocupación de preservar una imagen positiva ante sus hijos. Max, en particular, temía que la revelación de su pasado, especialmente su implicación en la tragedia de Diego, afectara la percepción que Aidan y Alana tenían de él. Paulina, por su parte, ansiaba proteger la imagen de Max ante sus hijos y, además, se preparaba para la reacción de Alana al enterarse de su involucramiento en la muerte de Alekdandr, recordando cómo la pequeña le guardaba un cariño especial.