Unas horas después, por fin llegamos a la hacienda. Ya el sol comenzaba a ocultarse y eso me desesperaba aún más. Se notaba que la noche estaba por caer, y con ella, el momento que podía cambiarlo todo. Desde la ventana del auto, observé a lo lejos luces encendidas, y ya podía imaginar las mesas decoradas y mucha gente reunida. Mi corazón parpadeaba como un abrí y cerrar de ojos. —Cecilia… —dije bajando rápidamente del auto. —Espero que no sea demasiado tarde. Parece que hay muchos invitados, esto ya debe haber empezado hace mucho tiempo— Le dije preocupada. —Yo también espero que hayamos llegado a tiempo —respondió ella, igual de ansiosa. Apenas dimos unos cuantos pasos hacia el jardín central, una empleada salió a nuestro encuentro. Era Selene, una de las cocineras de confian

