Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Ocho meses, para ser exacta, ocho meses en lo que definitivamente había cambiado. Madrid ya no me parecía un lugar ajeno, ahora conocía sus calles, sus plazas, los cafés donde me gustaba perderme con un libro o una copa de vino. La editorial marchaba bien, había logrado estabilizarme, ganarme el respeto de mi equipo y empezar a trazar un camino distinto. Y, en ese mismo tiempo, Gerónimo Boris pasó de ser el dueño del hotel donde me hospedaba, a convertirse en mi amigo. Un amigo de verdad, de esos que saben cuándo estás mal aunque no digas una palabra, de los que te escuchan sin juzgar, de los que te invitan una copa cuando presienten que necesitas distraerte. Esa noche, como muchas otras, me encontraba en videollamada con

