Finalmente la noche había llegado, durante todo el día estuve jalando este miento y por fin, ya era hora. Me coloqué unos pequeños pendientes de perla y alisé el vestido rojo que se ajustaba a mi cuerpo, resaltando cada curva con elegancia, no era provocador, pero sí lo bastante ajustado para no pasar desapercibido. —Es hora Azucena— Me dije a mí misma con mucha emoción, como si esta noche fuera el inicio de algo más. Después de verme lo suficiente en espejo, salí de la habitación y bajé por las escaleras con un poco de desesperación. En la sala, sentada en uno de los sofás, estaba Fabiola, hojeando una revista con desinterés. Cuando me vio, levantó la mirada y me observó con una gran sonreía en sus ojos. —Estas hermosa Azucena, mi hijo seguro que no dejará pasar tu belleza por des

