Al llegar a la hacienda, no dije una sola palabra, caminé directo a mi habitación, subiendo las escaleras como si estuvieran persiguiéndome. Abrí la puerta de un tirón y al cerrarla, lo hice con fuerza por el enojo, lo que había pasado me había dejado desconcertada. Pocos segundos después de haber entrado a la habitación, la puerta volvió a abrirse, y claro, sabía que no era más nadie que Demian. Me giré de inmediato para mirarlo, crucé mis brazos esperando ver que iba a decir. —No puedo creerlo —dijo con voz ronca. —¿Tú? ¿Tú engañándome con Humberto? Lo miré sin moverme del sitio. —No lo crees porque no es cierto —respondí con frialdad. —No te estoy engañando, Demian. No lo hice antes, ¿Por qué lo haría ahora?. Demian se rió, como si le hubiese contado un mal chiste. —¿Y cómo qui

