Capítulo. La noche en que decidió no volver
La casa en la que la instalaron no tenía fotos. Ni recuerdos. Ni ventanas sin cortinas, podría decirse que era una prisión, pero a Gianice no le importaba. Sabía que solo sería por nueve meses.
-- No debes dejar que nadie te vea – le dijeron.
-- Y lo más importante... nadie debe saber quién eres – y ella aceptó.
Nunca había tenido amigos, y en su familia nunca les importó si estaba viva o muerta por allí.
Le quitaron el celular. Le dieron ropa cómoda y suficiente comida para recuperarse bien, al menos debían asegurarse de que el alcohol que todavía hervía en su sangre desapareciera por completo.
La atención médica era regular.
-- No habrá inseminación inmediata – le explicó uno de los hombres que trabajaba para el supuesto empleador.
-- Todo debe hacerse con discreción – y ella no preguntó más, estaba cómoda y eso era lo importante.
No le importaba el cómo, ni cuando. Solo le importaba el resultado y su dinero.
Unos días después, la despertaron a medianoche, Gianice estaba desorientada, no entendía del todo lo que pasaba...
-- Bebe esto – le ordenaron. Ella dudó.
-- ¿Qué es? – preguntó algo nerviosa, sabía que nunca le harían nada malo, él tipo la quería virgen, esa era su ventaja ante todos.
-- Es para relajarte... ha llegado el día – le dijo uno de los empleados. No supo en qué momento el mundo empezó a girar. Ni cuándo la llevaron a otra habitación. Recuerda vagamente una presencia masculina, su cuerpo caliente, un deseo extraño que se apoderaba de ella... algo inusual.
Nunca antes había sentido aquello, esa necesidad extraña, ese deseo propio de querer ser amada, deseada... pensó que estaba en un sueño profundo... ¿Por qué no? Hasta una mujer desfigurada y fea como ella tenía el derecho soñar así...
Se dejo llevar por esa lujuria de ensueño, trepándose sobre ese muro humano, caliente, y fresco a la vez, arrancando la tela de ropa que los separaba, sintiendo un peso sobre el suyo, y de pronto un dolor agudo, ardiente, pero también delicioso a la vez... su cuerpo pedía, exigía, pero también ofrecía.
El sueño era tan real... Gianice se preguntaba si estaba soñando, o quizás todo eso era parte de la realidad... sintió explosiones en su vientre, en sus senos, entre sus muslos...
-- ¡Dios! – susurró antes de perder por fin la razón.
A la mañana siguiente
Maximiliano More despertó con un dolor punzante en la cabeza. La habitación donde estaba le resultaba extraña. Demasiado oscura. Demasiado silenciosa.
Intentó incorporarse y sintió el olor.
Perfume barato. Alcohol. Y algo más, llevó una mano a la cien, intentando recordar lo que había pasado la noche anterior... ¿dónde había estado?, ¿con quién...? miró todo lo que había a su alrededor...
Sobre la mesilla a un lado de la cama había un antifaz negr0.
Su sangre se congeló.
-- ¡Maldita sea...! – exclamó en un murmullo.
Recordó haber estado en el bar. Ese mismo donde algunas noches atrás vio a una mujer con ese antifaz beber como si quisiera morir... pero recordó también que la noche anterior ella no estaba allí.
Sin embargo, sintió que alguien lo observaba desde lejos. Intentó recordar algo más, la bebida que uno de los mozos le llevó a su mesa, su empleado...
¿Dónde carajos estaba él? se preguntó…
¿Dónde se había metido el hombre que no debía separarse de él? y luego nada, todo se volvió n***o, sintió un dolor agudo y el vacío.
-- Me tendieron una trampa – escupió mientras intentaba levantarse.
No sabía quién era esa mujer, tampoco sabía que sus propios hombres habían sido los responsables de todo... ellos, los mismos que habían perdido los óvulos de su amada y que no sabían cómo decírselo, lo único que todos sabían era que quien se lo dijera... estaría cavando su propia tumba.
Lo único que Maximiliano sabía en ese momento era una cosa... que alguien iba a pagar por lo ocurrido, él no gritó, no arrojo nada contra la pared.
Tampoco descargó su furia contra el primer hombre que encontró en su camino, eso habría sido demasiado fácil, demasiado simple para él. Cuando la ira lo consumía de verdad, se volvía peligrosamente silencioso y solo quienes lo conocían bien lo sabían.
Se vistió despacio, con movimientos medidos, como si cada gesto le permitiera ordenar el caos que existía dentro de su cabeza.
Mientras ajustaba los gemelos de su camisa, repasaba una y otra vez los fragmentos dispersos de la noche anterior... el bar, el ruido, la bebida que no recordaba haber pedido, la sensación de haber perdido el control.
Y eso no le pasaba nunca.
Salió de la habitación sin mirar atrás. Afuera lo esperaban dos de sus hombres. Ambos se pusieron tensos al verlo.
Demasiado.
-- ¿Dónde está Iván? – les preguntó Maximiliano, con voz neutra.
-- Salió antes del amanecer, señor – le respondió uno de ellos.
-- Fue… una orden suya, este día era el día especial – le explicó.
Maximiliano se detuvo en seco.
-- Yo no di ninguna orden anoche – al menos no recordaba haberla dado, y sobre el día especial. Sabía muy bien a que se refería.
El silencio que siguió fue mínimo, pero suficiente. Maximiliano lo notó. Siempre lo notaba.
-- Quiero a todos en la sede central en veinte minutos – les ordenó.
-- ¡Ahora! –
Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, en un despacho oculto dentro de una clínica privada, tres hombres se miraban en silencio, Iván era uno de ellos.
El ambiente estaba cargado de miedo.
-- Esto se nos fue de las manos – murmuró uno, pasando una mano por su rostro.
-- Nunca debió pasar así –
-- Y que querías que hiciéramos, decirle al jefe que el único óvulo ya fecundado de su mujer se perdio en el camino. ¿Quieres morir? – replicó el que estaba vestido con bata de doctor.
El tercero no hablaba. Tenía los ojos fijos en una carpeta abierta sobre la mesa. Dentro estaban los informes médicos.
Las firmas y la fecha de hoy... el supuesto procedimiento de inseminación invitro ha una paciente desconocida... todo había sido realizado con éxito.
Todo estaba allí, la falsa evidencia del terrible error.
Pero la verdad era que ese óvulo de la mujer que Maximiliano decía amar, la única mujer a la que había amado de verdad, la mujer que salvó su vida y que ahora estaba en coma. El mismo que había sido supuestamente inseminados en una paciente desconocida.
Por un fallo en la cadena de traslado, se había extraviado por una negligencia mínima, imperceptible… pero increíblemente irreversible.
-- Saben bien que, si se entera de esto, nos mata – les dijo finalmente el tercero, en voz baja.
-- No lo digo figuradamente. Estoy hablando literalmente – y todos asintieron.
Todos lo sabían a la perfección.
Maximiliano no toleraba la traición. Y aquello, para él, lo sería. No importaban las explicaciones, ni los accidentes, ni las excusas. Él había dado una orden clara... quería un hijo de la mujer que le había salvado la vida y que ahora estaba en coma.
Y ellos habían fallado.
-- Necesitábamos una solución – insistió Iván.
-- Debía ser rápida. Definitiva. Pero, doc... ¿está seguro de que esa mujer quedará embarazada del jefe? – el doctor asintió.
-- En estos días la he preparado para eso... le he dicho que he estado limpiando su cuerpo del alcohol, pero la verdad es que la he estado preparando para ese embarazo. Esta lista, ella definitivamente ha quedado embarazada de él – afirmó con seguridad.
-- Nadie sabe quién es, ni siquiera nosotros y es lo mejor. En nueve meses tendrá su dinero y nosotros a ese bebé... nunca más sabremos de ella –
-- Pero es fea. Cuando ese bebé nazca – dijo Iván. Los tres se miraron.
-- Eso se verá después, lo importante es que cumplimos con el jefe. Drogarlo fue un riesgo – dijo el tercero.
-- Pero no había alternativa – Iván se tocó la cabeza.
-- Y a ella también – añadió el doctor.
-- No podrá recordar nada. Pensara que fue un sueño dentro del procedimiento, es algo normal para alguien como ella, nadie en la clínica hablara –
El silencio se volvió pesado.
Ninguno se atrevía a decirlo en voz alta, pero todos pensaban lo mismo... habían cruzado una línea de la que no había retorno.
Gianice despertó horas después con el cuerpo adolorido.
No sabía cuánto tiempo había pasado. La habitación le resultaba extraña, aunque ya se estaba acostumbrando a ese tipo de sensaciones. Le dolía todo. Las piernas, el vientre, la cabeza. Un dolor distinto al de las resacas habituales.
No esperó que un procedimiento como ese fuera tan doloroso, pero todo era por ese millón y su independencia económica.
-- ¿Ya pasó? – le preguntó, con la voz áspera al ver a una enfermera acercarse a ella. La joven asintió.
-- Todo salió bien, puede seguir descansando – le respondió la mujer.
Ella cerró los ojos.
No preguntó nada más.
Prefería pensar que había sido un sueño. Un sueño extraño, intenso, confuso. Algo que su mente había creado bajo el efecto de lo que le dieron. Aferrarse a esa idea era más fácil que aceptar que hubiera pasado otra cosa.
Los días siguientes transcurrieron con una calma inquietante, Gianice fue trasladada a la casa donde estuvo los primeros días, la misma que podría considerarse una prisión para otros menos para ella.
El doctor realizaba sus controles médicos y sus análisis en silencio, rogando que todo saliera bien, porque tenía a Maximiliano sobre él. Mientras que Iván estaba peor, pues su jefe había comenzado una cacería de brujas para encontrar a la maldita mujer del antifaz, la misma que según él, le había tendido una trampa y acudía al bar a beber todas las semanas.