Un encierro...

1601 Words
Capítulo. Un encierro bajo llave. Una mañana, el médico tardó más de lo habitual en salir de la consulta. -- ¿Pasa algo doctor? – le preguntó ella, incómoda. El hombre evitó mirarla directamente, su preocupación comenzaba a mostrarse en el rostro. -- Aún es pronto señorita – le respondió un poco contrariado. -- Pero parece que el procedimiento fue… más efectivo de lo esperado – Gianice frunció el ceño. -- ¿Qué quiere decir con eso? – el médico dudó un segundo de más, sintió que se fue de boca con ella. -- Nada que deba preocuparla ahora, solo debe saber que todo está bien – le respondió. Pero ella ya sentía algo distinto dentro de su cuerpo. Un cansancio profundo, un poco de sueño de más, y algunas náuseas que antes no existían. Cambios que no sabía cómo explicar, pero que podrían confirmar un embarazo. No imaginaba, ni por un segundo que dentro de ella no había una vida. Sino que había más. En otro punto de la ciudad, Maximiliano escuchaba los informes de Iván y sus hombres con el rostro impenetrable. Cada palabra era una confirmación de lo que ya sospechaba: alguien lo había drogado aquella noche. Y ese alguien lo había organizado todo demasiado bien. No solo había usado ese antifaz como firma de su delito, sino que había aprovechado que Iván no estaba con él. -- La encontraré – les dijo finalmente. -- Y cuando lo haga, deseará no haber nacido – susurró, dando un golpe a la mesa con los puños cerrados. Nadie se atrevió a contradecirlo. De los empleados que sabían la verdad, ninguno se atrevió a confesar, ninguno quería morir por su propio error. Porque todos sabían que, cuando la verdad saliera a la luz, no habría perdón para nadie. Iván solo podía hacer una cosa, esconder a la desconocida hasta que diera a luz... -- ¿Cómo va todo? – le pregunta al doctor. -- Tengo una buena y una mala noticia – le dice el galeno. El empleado lo mira con asombro, no estaba de humor para malas noticias. -- No necesito saber la mala doc. Solo dígame que la joven esta embarazada. Eso es lo único que me importa a estas alturas – el doctor mira a Iván y asiente. -- Ella lo está, definitivamente está embarazada. Pero debemos traerla a la clínica para sus siguientes controles – le informa e Iván niega con un movimiento de cabeza. -- Eso no podrá ser. Es imposible – -- Pero... – -- Pero nada doctor, ya le dije que es imposible. Si el jefe se cruza con ella sabrá toda la verdad y moriremos antes de poder explicar lo que pasó – le asegura el empleado. El doctor mira a Iván con seriedad... como le explica que la desconocida podría estar embarazada de más de un bebé... sobre todo porque no existen tantos óvulos congelados de la paciente en coma y eso lo sabe muy bien Maximiliano. Iban no espera la respuesta del doctor, sale de allí feliz pensando que su plan B dio resultado. Su jefe tendrá un bebé propio... sí la madre, es o no la mujer en coma, eso nunca lo sabrá. Lo importante era el bebé y esté ya estaba en camino... Iván salió del despacho del doctor con una sensación que no sentía desde hacía días... Alivio. No era felicidad, tampoco era orgullo, era la certeza de haber esquivado a la muerte. Mientras caminaba por el largo y silencioso pasillo de la clínica privada, repasaba una y otra vez la única frase que le importaba de verdad: -- “Ella está embarazada.” – eso era todo lo que necesitaba saber, lo único que le debía importar. Su jefe tendría un hijo. Un heredero de su propia sangre. Y lo tendría sin saber jamás cómo había ocurrido en realidad. El resto... la mujer, el antifaz y el engaño... todo eso podía desaparecer después de que ella diera a luz y reciba su millón. O al menos eso creía él. Porque Maximiliano More sabía una cosa con absoluta certeza... solo existía un óvulo fecundado de su amada. Uno solo. El último que había logrado congelarse de la mujer que amaba y que yacía en coma desde hacía algunos años. Por eso no podía haber errores en el momento de la inseminación. Por eso no podía haber explicaciones adicionales. Por eso Iván no permitió que el doctor terminara de hablar. Si Maximiliano llegaba a sospechar que había más de un bebé, haría las cuentas. Y cuando Maximiliano More hacía cuentas, siempre llegaba a la verdad… o a una versión tan cercana a ella, que el resultado era el mismo... Sangre. Gianice no sabía nada de eso. Ella no tenía idea que estaba siendo escondida como una prueba viviente de un engaño. No sabía que su cuerpo se había convertido en el único muro entre varios hombres y una muerte segura. Solo sabía que algo estaba cambiando dentro de ella, y que en solo nueve meses tendría en su poder un millón... la suma que necesitaba para continuar sus estudios, someterse a una cirugía y darse la oportunidad de cambiar su vida, esa oportunidad que su propia familia nunca le ofreció. El cansancio ya no era el mismo. No era ese agotamiento profundo que había sentido durante el último año, ese que la llevaba a beber hasta olvidar su propio nombre gracias al desprecio de Manuel. Este era diferente... era más físico, más pesado. A veces se mareaba sin razón. Otras, el estómago se le cerraba al oler alguna clase la comida. -- Es normal – le había dicho el médico en una de sus habituales consultas en casa, hacia varias semanas que tenía prohibido salir al consultorio del doctor asi que él iba de visita médica a la casa. -- Los primeros meses suelen ser así – -- ¿Meses? – le repitió ella, distraída. El hombre asintió. -- Está embarazada, señorita... – hizo una pausa pensando que la joven le diría su nombre, pero Gianice no lo hizo. Estaba bien claro en el contrato... nunca debía decirle su nombre a nadie y ella no quería perder ese millón. -- Asi que estoy embarazada – le dijo ella sin ninguna emoción, como si hablara del clima, o de algún plato de comida. Se había hecho a la idea que ese bebé no era suyo. Que no tenía ninguna relación con él... era lo mejor para el momento de la separación, y lo sabía, además, era cierto... ese bebé no tenía ninguna relación sanguínea con ella. Él se quedó inmóvil, mirándola por algunos segundos, intentando entenderla, pero se dio cuenta que eso era lo mejor... Ella no sonrió, no lloró, no preguntó más. Solo apoyó una mano sobre su vientre todavía plano, intentando comprender cómo algo así podía estar ocurriendo dentro de ella. Nunca se había imaginado ser madre. ¡Jamás! Nadie la había querido lo suficiente como para pensar en formar una familia, Manuel que había sido la persona más cercana a ella, su esposo, ni siquiera le dirigía la palabra. Nadie del sexo opuesto la había mirado como se mira a una mujer. Y ahora… ahora gracias a los avances médicos y la tecnología, su cuerpo estaba creando una vida. -- ¿Está todo bien? – le preguntó el médico al notar su silencio, ella lo miró unos segundos más. -- Sí – le respondió finalmente. -- Solo… necesitaba un poco de tiempo. Solo eso – -- ¿Tiempo? – le preguntó él. Pero ella no le respondió más. En el fondo Gianice se preguntaba a si misma... sí necesitaría algo de tiempo para entender que no estaba sola y si llegaría a comprender en algún momento que ese bebé, que comenzaba a crecer en su interior, no tenía nada que ver con ella... que no era suyo, y que nunca lo sería. Luego de saber del embarazo Iván reforzó la seguridad. Más hombres. Más cámaras. Más reglas. -- No puede salir bajo ninguna circunstancia – le ordenó uno de los empleados. -- ¿Bajo ninguna circunstancia? – le preguntó ella algo confundida, nunca se había sentido prisionera salvo en esa ocasión. -- Pero si los controles médicos lo solicitan... – intentó insistir con el médico. El doctor también le había dicho que no debía salir de allí. Pero ella no era tonta, sabía que debían hacerle controles con máquinas que no tenían en ese lugar. -- Todos los controles se harán aquí – la cortó Iván que llegaba desde atrás. -- El doctor traerá lo que necesite cada vez que venga. Equipos portátiles. Lo que sea necesario, pero usted no debe salir, no es seguro allá afuera – insistió. -- ¿No es seguro, o no es lo ideal? – preguntó el doctor que llegaba detrás de Iván. El empleado lo miró con indiferencia, podía no responder si quería, pero lo hizo. -- Morir tampoco lo es – le dijo con frialdad. -- Elija usted – el doctor calló al escucharlo. La razón era simple y aterradora... Maximiliano había iniciado una cacería de brujas para encontrar a la joven del antifaz... la mismo que ya tenía un precio sobre su cabeza. La mujer del antifaz se había convertido en una obsesión para su jefe. Maximiliano More había interrogado a medio mundo. Cerrado bares. Golpeado a hombres que juraban no saber nada. El antifaz que guardaba en su caja fuerte era la única pista que tenía de ella. La única firma de esa maldita humillación. Y si llegaba a verla… si llegaba a reconocerla… Todo se vendría abajo.
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