Franchesco salió del edificio de apartamentos con pasos firmes y el rostro sombrío. El aire nocturno era denso, cargado con el olor metálico de la sangre y el sudor de los cuatro hombres que había estado interrogando durante horas. Se limpió las manos con un pañuelo de lino, aunque las manchas parecían haber impregnado su piel más allá de lo visible. Los faroles de la calle apenas iluminaban su figura cuando uno de sus hombres, Matteo, se acercó con cautela. —¿Alguno cantó? —preguntó en voz baja. Franchesco negó con la cabeza, exhalando con frustración. —Nada. O son unos malditos mentirosos o realmente no saben nada. Matteo miró hacia la puerta del edificio con expresión tensa. —Dante no estará contento con esto. Quiere resultados, y los quiere rápido. Franchesco lanzó el pañuelo en

