La reunión con su padre, Orsini, era un ritual semestral, una rendición de cuentas y memorias que Dante siempre había encontrado tediosa. Pero esta vez, la monotonía se rompió abruptamente. Un mensaje llegó a su teléfono, una fotografía que le heló la sangre: Aymara hablando con Leonardo Lombardi en la puerta de su casa. Dante apretó el aparato con furia contenida. Sabía que Lombardi estaba detrás de esto, la cuenta anónima e inrastreable era su sello. _ Papá, debo irme, - soltó Dante, el impulso de correr hacia Aymara consumiéndolo. _ A dónde vas, Ven aquí, aún no termino contigo,- replicó Orsini, su voz grave e imperativa. Dante se detuvo, la palabra de su padre era ley, una regla grabada en su ser desde la infancia. _ Qué más sería, jefe Orsini. - dijo Dante, volviendo a sentarse,

