Grito lo más fuerte que puedo cuando siento una mano enorme tapar mis ojos.
―¡Me atacan!
―No te atacan, ridícula ―escucho la voz de Pavel―. Soy yo, les tapo los ojos para que no vean.
Dalia hace sonidos raros, parecen gimoteos, supongo que también se asustó. Pavel quita su mano de mi vista y entonces veo que el tumulto de gente ha crecido mucho más. El caos es cada vez mayor y a juzgar por el desastre, se pondrá peor. Volteo a ver a Dalia quien aún tiene la mano de Pavel cubriendo sus ojos, ella se abraza a él, como si nada malo le fuera a ocurrir si se agarra lo más fuerte a su brazo. ¿De veras? Vio a una chica colgada quien cayó sobre el lavabo, además, otro chico estaba desangrado en la tina, creo que podrá sobrevivir a un muerto más. A quien, por cierto, no hemos visto.
―Vamos antes de que llegue más gente―para poner el ejemplo, comienzo a caminar hacia allá―. Tenemos que cerciorarnos de que no es alguien que conocemos.
Gracias a las sombras que se proyectan en el suelo me doy cuenta de que los dos me están siguiendo. Alzo la vista al cielo y observo el lienzo azul claro, despejado, hermoso. Un bello día para trágicas noticias.
―No creo que sea buena idea ―dice Pavel tímidamente―. Aparte, ningún conocido mío se suicidaría.
Sí, bueno, no me refiero a sus amigos y realmente muchos suicidas no parece que lo vayan a hacer.
―Me refiero a Sebastián ―digo en voz baja―. Si se trata de él, investigarán y será probable que llegue hasta nosotros.
Dalia camina con la mirada clavada en el piso, se abraza a sí misma. Llegamos al tumulto de gente y trato de abrirme paso, pero fracaso. Todos susurran, lloran, gritan. Una porrista se tapa la boca y suelta un grito, pero sigue viendo la escena. ¿En serio? El morbo es mayor que el miedo. A unas cuantas personas de mí, puedo ver al imbécil de Juan Pablo, está junto a un chico que levanta su teléfono y toma fotografías o tal vez está grabando, no sé.
Me paro de puntas para tratar de ver la escena, pero fracaso, soy demasiado pequeña. Volteo a ver a Dalia quien ahora se tapa los oídos y trata de hacerse lo más chiquita posible. Al lado de ella, Pavel se alza, pero no parece hacer esfuerzo alguno por ver al c*****r.
―Tú eres alto ¿ves algo? ―me mira como si estuviera loca―. Vamos, es por nuestro bien.
Bufa con enojo o tal vez impotencia y entonces alza el cuello. No es precisamente el chico más alto, pero servirá. Lo observo impaciente, pero su rostro no me dice nada. Me exaspero cada vez más, de pronto siento que, al estar al aire libre, el acosador puede vigilarnos más fácilmente.
―¿Está muerto?
Pregunta Dalia quien ahora mira profundamente a Pavel. Ay, por favor, cayó de cabeza desde más de diez metros de altura, obviamente está muerto, si estuviera vivo, me asustaría.
―Sí, mierda ―el rostro de Pavel se vuelve una máscara de horror y asco, listo, ha visto al pobre chico―. Claro que está muerto.
Traga saliva y entorna los ojos.
―No sé si lo conozco ―dice en voz baja―. No se ve bien.
Claro que no, debí saberlo. Si se estrelló de cara seguramente quedó irreconocible, además entre tanta sangre no podemos asegurar nada. Esperemos que no se trate de Sebastián, el chico no me agradó, pero saber que se suicidó terminaría por quebrarme. Se escucha una especie de sirena y vemos como dobla la esquina un carrito de los de seguridad. Genial, esa es la señal para largarnos. Les hago señas para que me sigan.
―¿Y si el asesino es el que se tiró? ―aporta Pavel con una pizca de emoción―. Tal vez se arrepintió y...
Tanto Dalia como yo, le lanzamos una mirada irónica, si de verdad cree lo que dijo, es que es idiota. Quien masacró a seis o siete personas no lo hizo para después arrepentirse, seguramente se trata de un psicópata que se está regocijando con todo lo que ocurre. Apuesto a que ha de estar en su maldito sofá viendo las noticias con una sonrisa en la cara.
―Lo más probable es que el s******o no esté conectado con el asesinato ―dos personas pasan corriendo junto a nosotros y me callo, no hablo hasta que se alejan lo suficiente―. Puede ser que al enterarse de la noticia no pudo soportarlo y se tiró.
Silencio. Es mejor eso a que me reprochen algo.
―Algo me dice que están relacionados ―No creo que Dalia lo diga en serio ―. Dijiste que te atacaron, tal vez se suicidó el atacante.
―¿Quién te atacó?
―Debemos ir a la policía.
Me paro en seco y Dalia colisiona conmigo, me pide perdón y me mira expectante. Maldita sea, esto es demasiado para mí, no puedo esconder todos los secretos.
―No podemos ir a la policía ―saco el teléfono, lo desbloqueo y les enseño los mensajes―. Pensaba ir a la comisaría, a medio camino me llegó ese mensaje, diez segundos después de verlo, un imbécil con guantes me atacó ―señalo la herida en la mejilla y mi clavícula―. Me cortó, el hijo de puta. Nos acorraló, por algo metió en tu maleta la botella con sangre y la tanga de Dalia. Nos mandó un mensaje que quedó claro: Está vigilando y no estamos a salvo.
Dalia me mira horrorizada, sus ojos vidriosos indican que en cualquier momento se va a soltar a llorar. Pavel, por otro lado, está sonrojado y sus orejas están tan coloradas. Su cuello se tensa de forma que se le marcan las yugulares, sus labios están tan apretados que incluso pierden un poco de color. Está enojado, lo sé.
―Ibas a ir a la puta policía sin decirnos ―dice en voz baja, es puro veneno―. Estábamos juntos en esto, hicimos una mierda de pacto.
Trato de no voltear los ojos con irritación. Vale, se lo concedo, pero entré en pánico, cualquiera lo habría hecho, además, no tenía forma alguna de contactarlos. La universidad es grande, la matrícula es demasiada como para encontrar fácilmente a las personas. Dalia me encontró a mí, encontré rápidamente a Pavel, pero cuando tenía miedo, no pensaba coherentemente. Y me quería ir, creo que está bien pensar en uno mismo de vez en cuando (o siempre).
―Tenía miedo, no pensé mucho ―aparte me desmayé en la mañana, medito si decir lo del vidrio―. Escucha, es que en la casa me corté con un vidrio y muy estúpidamente olvidé deshacerme de él. Regresé a la casa, pero la policía ya estaba ahí. Tenía muchas cosas en la cabeza.
Dalia gimotea para lamentarse y se esconde dentro de sus brazos de forma que tapa su cara. Pavel ahora me mira entre asqueado, impresionado y derrotado.
―Si llegan a dar con tu sangre ―comenta con los hombros encogidos―, valemos madre.
Sí, es la misma preocupación que me carcome por dentro, pero hay una realidad y es que, si nadie sabe que estuvimos ahí, no tienen por qué venir a pedirme una muestra de ADN para ver si coincide con la sangre del vidrio. Probablemente la contrastarán con los muertos y cuando no coincida con ninguno de ellos, sabrán que hay alguien más, pero no quién. Ni mis huellas ni mi ADN están en las bases de datos porque jamás cometí un crimen, tendrían que ir uno por uno con los estudiantes.
Somos cerca de ocho mil, no creo que lo logren. Y eso se me acaba de ocurrir ahorita que lo pienso. Es lo que le digo a Pavel quien no se queda más tranquilo, de hecho, se enfada mucho más.
―Independientemente de lo que ocurra, rompiste la promesa―sus ojos se encuentran con los míos y me siento apenada―. Vete a la mierda, estás sola con tu desmadre.
Le lanza una mirada extraña a Dalia quien me mira con decepción y se da la media vuelta para alejarse. Tengo la esperanza de que Dalia se quede conmigo, pero menea la cabeza, suspira y va detrás de Pavel. antes de pararse e ir tras él. Si no estuviera tan cansada, seguramente discutiría, pero es demasiado, no tengo fuerzas, no tengo voluntad.
El resto del sábado me la paso encerrada en mi habitación haciendo la tarea de Geometría, aunque sé que el plazo se me pasó, pero necesito distraerme con algo. Por la noche llega Giuliana con una expresión sombría, en compañía de Joan y Hernán. Sin pedir permiso, se meten en la habitación.
―¿Lo supiste?
Pregunta Giuliana mientras acomoda sus barnices, tiene un extraño patrón, no me doy cuenta hasta que la miro con atención.
―Toda la jodida escuela de mierda se enteró ―le dice Joan mientras se sienta en mi cama―. Seis asesinatos y un s******o. Habría que prestar más atención a la salud mental.
Volteo a mirar a Joan quien acomoda sus lentes y mira su teléfono móvil. No hay rastro de su carisma y su tono divertido, los sucesos de mierda acabaron con todo.
―Es terrible, no puedo imaginar quién pudo hacer eso.
―De no ser porque Neli estaba entre las víctimas, apostaría mi riñón derecho a que fueron los Diener ―afirma Hernán y a su lado Giuliana jadea―. Específicamente me refiero a Tristán.
Y otra vez con eso. Es una mierda, claro, porque lo que tenemos en común las víctimas y los sobrevivientes es que fuimos a la fiesta de los Diener, pero no fuimos los únicos y apuesto a que los Diener estaban demasiado ocupados en su mansión como para ir a una casa ajena y matar a casi todos los presentes. No me explico cómo es que llegué a esa casa en primer lugar, supongo que nos habrán invitado o algo.
―No creo que fueran ellos, estaban ocupados en la fiesta ―aporta Joan―. Fui a emborracharme porque el alcohol gratis jamás se rechaza, pero todos lo sabemos, fue un descontrol y tenían que cuidar su casa. No tiene sentido.
Siguen hablando del tema mientras intento escuchar de fondo. No quiero parecer demasiado interesada, pero tampoco indiferente. El problema es que, si escucho tantas teorías, mi cabeza explotará.
―¿Fuiste a la fiesta?
Tardo un par de segundos en darme cuenta de que Giuliana me habla a mí.
―Sí, fui con...―joder, no puedo decir que fui con Raquel, será sospechoso, estaré en la mira y lo que menos necesito es atención― ... Dalia, una chica que conocí en clases.
Y si de por sí mis nuevos ¿compañeros sobrevivientes? Me odian, ahora me odiarán aún más. Mierda, esto es un barco a la deriva y me estoy yendo a pique.
―Nos regresamos como a medianoche ―Giuliana me mira, comprensiva―. Fui a su habitación y después me vine para acá.
Todos parecen creerme, no veo un solo rastro de sospecha en sus rostros.
―Hernán y yo ni locos íbamos con los Diener ―dice Giuli con voz desanimada―. Cenamos y volvimos como todos unos rechazados.
Nos hundimos en un silencio incómodo que se vuelve casi tangible. Quiero fundirme con el piso y desaparecer, pero sigo sentada en la silla.
―Conocían a alguien de las víctimas.
Formulo la pregunta casi como si fuera afirmación, tomo asiento en mi cama, justo al lado de Joan. Todos niegan con la cabeza, suelto un suspiro muy tenue, estoy aliviada porque así no me conectan con Raquel. Y de nuevo me enfrentó a ese tema; en clase de matemáticas seguramente me vieron hablar con ella. Tarde o temprano va a salir a la luz que era mi amiga, no puedo vivir en mentiras.
―Yo sí ―siento las lágrimas escocer mi rostro―. Raquel era mi compañera en Geometría, me caía bien y todo.
Y entonces empiezo a llorar. A pesar de que intenté por todos los medios no sucumbir al llanto, no puedo parar de sollozar. La imagen de mi amiga con la cuerda en el cuello no se me borra y no puedo creer que mientras yo dormía plácidamente en un sofá, a ella la ahorcaban en el baño. No puedo creer que tengo a un maldito acosador que me atacó a plena luz del día y que los otros también han sido víctimas de sus juegos. ¿Una tanga? ¿Una botella con sangre? Es demasiado.
Giuli y Hernán me abrazan y dicen palabras de aliento. Joan se queda a mi lado y solo pone una mano reconfortante en mi hombro. Por alguna extraña razón siento que van a sacar el tema de mi desmayo de la mañana, pero no.
El lunes por la mañana nos reúnen a todos en El Queso, me entero por las r************* . Camino con Giuli como compañía, varios estudiantes caminamos bajo el cielo oscuro, parece una manifestación. Si el primer día el coliseo me pareció repleto de gente, ahora está abarrotado. Apenas se puede caminar, es más, ni siquiera podemos caminar. Nos hacemos un lugar entre dos chicos y esperamos, pacientes, las palabras del director.
―Estimados alumnos, sé que se han enterado de los hechos recientes ―dice por los altavoces―. Lamento cada deceso de sus compañeros, en cuanto a los seis encontrados en casa del difunto alumno de Ingeniería Química: Silvio Mazo, la policía está haciendo todo por llegar al fondo del asunto. Los padres de los alumnos fallecidos organizaron los funerales el día de ayer, excepto el de Neli Torres que será hoy por la tarde. Su compañero Gibrán Lozano cursaba con depresión, lo atendían particularmente y me temo que no fue suficiente, pues el día de ayer se quitó la vida. Para nosotros, lo más importante es que estén en buen estado de salud física y emocional, por lo que, si creen que necesitan ayuda psicológica, les pido que se acerquen a los consejeros para que reciban la atención adecuada.
El director sigue hablando, pero ya no escucho pues un zumbido se adueña de mis oídos y un mareo se apodera de mi cabeza. Me suelto del brazo de Giuli y me salgo del mar de gente, de un momento a otro me empiezo a sofocar. El funeral de Raquel fue ayer, y no fui porque ni siquiera me enteré.
Maldito infierno el que vivo en este momento, me odio más por haberme dejado convencer por Juan Pablo, jodido imbécil, no merecía nada de lo que le di, por creerle me metí en este enredo. Lo odio, lo detesto, quisiera...
―Ven acá.
Susurra una voz familiar. Sebastián me toma del brazo y me guía hacia la sombra de un árbol bajo la que reposan Dalia y Pavel. No sé si estoy preparada para enfrentarme a ellos de nuevo y menos aún a Sebastián cuyo agarre me aprieta a tal punto de que comienza a dolerme.
―Ahora que estamos aquí reunidos como una puta familia disfuncional ―dice Sebastián con sarcasmo―. Explíquenme esto y esto.
Nos muestra un sobre cerrado color azul con un sello en la parte de atrás y el maldito vidrio que me enterré el cual está dentro de una bolsa de plástico transparente. No sé si sentirme aliviada o aterrorizada. Pavel se levanta de un salto y le arrebata el sobre azul, mira a nuestro alrededor con paranoia y lo guarda dentro de su sudadera. Por mi parte, tomo el vidrio.
―Es evidencia, olvidé esto en la casa y es lo único que podía conectarme con el crimen ―siento unas inmensas ganas de reír de puro alivio―. ¿Por qué lo tienes tú?
―Estaba en mi habitación, sobre mi cama ―sisea cerca de mi rostro―. El sobre estaba dentro de mi libro de Economía. ¿A qué están jugando?
Tomo un respiro y le cuento todo lo que ha ocurrido. Pavel y Dalia siguen enojados conmigo, apenas me miran, pero aportan detalles que me faltan o sus mismas experiencias como que alguien se metió a la habitación de Dalia. Sebastián nos mira entre enfadado, impactado y desconcertado. Al final, parece creernos. Se cruza de brazos, mira sobre su hombro y habla en voz baja.
―Creí que estaba siendo exagerado, pero miren ―alza la pantalla de su teléfono y lo vemos dentro del clóset, amordazado, amarrado y noqueado―. Es un PDF, pero antes era fotografía. Un enfermo me tomó una foto, la convirtió y la guardó en mi teléfono.
Oh, bueno, no soy la única. Tal vez sea buen momento para decirles que yo también tengo una. Dalia suelta una exclamación cuando ve mi foto sobre el sofá. Rápidamente, busca en su teléfono y lo mismo hace Pavel.
La primera jadea al encontrar el archivo, el segundo suelta una maldición. El PDF de Pavel es él dormido en el suelo del comedor, el sobre azul está sobre su pecho cubierto. No es por nada, pero parece muerto. Sebastián abre los ojos con sorpresa y soba sus sienes. Volteamos a ver a Dalia, pero se rehúsa a enseñar la foto, Pavel la sostiene y yo le quito el teléfono. Me quedo estática cuando veo la imagen, mierda. Es Dalia en posición fetal, en su cabeza, amarrando su melena rizada, tiene la tanga color rosa. Ahora entiendo por qué está lloriqueando. Pavel me quita el teléfono para ver la imagen.
―Quien hizo esto nos quiere hacer sufrir ―afirma Sebastián―. Es un puto loco, apuesto a que son dos...o tres.
Y ahí vamos otra vez. Decido pasar por alto el hecho de que usó la palabra "loco", es molesto.
―¿Insinúas que son los Diener? ―cuestiona Pavel quien devuelve el teléfono a Dalia―. No tiene sentido. Estuvimos en su casa, pero amanecimos en casa de un tal Silvio. No creo que los Diener dejaran su casa, fueran a la de Silvio y mataran a casi todos.
―¿Por qué nos quisieron vivos? ―chilla Dalia―. Odio no recordar nada.
Exacto, esa es la clave, recordar. Y si no tenemos memoria, hay otras formas de averiguar. Si la amiga de Juan Pablo me reconoció por la historia del chico de la tina, bien podemos aparecer en otras historias. Les comparto la idea y les parece bien.
La masa comienza a moverse y me doy cuenta de que el director ha terminado su discurso. Es momento de volver a clases.
―Hacemos la investigación ―dice Sebastián―. Hagan todas las anotaciones posibles y hablamos en el funeral.
―¿El funeral?
―De Neli ―responde como si fuera obvio―. Algo esconden los Diener, lo sé, tengo una corazonada. Y si me equivoco, al menos servirá para observar. El asesino irá al funeral, lo tengo por seguro y el acosador también. Miren, no me voy a quedar con los brazos cruzados.
Es la peor maldita idea del mundo, pero no me queda de otra, al menos me sentiré útil.
Camino por los pasillos del edificio en donde tomo clase de Anatomía cuando una mano cálida me toma del brazo para llamar mi atención. Después de todos los sucesos, claro que me asusto.
―¡Perdona! ―Ventura Diener me sonríe y juro que podría derretirme―. Solo quería saber si estabas bien. No quise dejarte sola, pero era una urgencia.
―Estoy bien, no te preocupes ―sonrío de vuelta―. Es que ha pasado tanto que siento que es demasiado.
―Te entiendo, mi hermana también la está pasando mal ―suspira y mira el suelo, tengo tantas ganas de acariciar su mejilla―. Si necesitas cualquier cosa, puedes buscarme. Hablar te ayuda a desahogarte.
Le doy las gracias y trato de no sentirme cohibida. Un pensamiento interrumpe mi momento, pues Sebastián piensa que es el asesino y eso podría ser peligroso. Pero sigo sin encontrarle lógica al asunto, es absurdo. Su mirada color esmeralda se clava en mí, en este momento, siento que soy lo más importante del mundo y entonces se despide y se va.
De no haberlo seguido con la mirada hasta que desaparece al doblar la esquina, no habría visto la melena rubia y la piel blanca. Marlene Diener está hablando con alguien y ese alguien es Juan Pablo. La chica juguetea con su cabello y se muerde el labio inferior. La rabia que siento no es normal, es excesiva, es tanta que quisiera ir para entrometerme... Y entonces Juan Pablo abraza a la chica y la ira es reemplazada por un golpe de dolor.
Bien, todos pueden irse a la mierda, me doy la vuelta y entro al salón de Anatomía. Adentro ya está Tristán Diener y puedo sentir su mirada desde que entro hasta que me siento en el lugar más apartado de él. ¿Cómo pueden dos hermanos ser tan diferentes? Uno es caballeroso, atractivo, gentil y el otro es el sexy demonio patán.
Empiezo con mi tarea de revisar las historias de mis compañeros. A la única que sigo es a Raquel, pero al meterme a su perfil, consigo a otros compañeros. En un perfil, hay mil historias, me da flojera revisar todas, las paso rápido así que por poco paso de largo algo importante y que me corta la respiración: Es un video de gente bebiendo y cantando y atrás está Juan Pablo, parece que acorrala a alguien en la pared. Se ve movido, tengo que esforzar mucho la vista para ver el otro rostro. Y entonces Juan Pablo se mueve un poco y veo mi rostro. Soy yo, pegada a la pared y Juan Pablo frente a mí.