La mirada perdida de Raquel me provoca un escalofrío.
El que esté en el suelo, en la misma habitación en la que estuvo Sebastián es muy extraño. Sebastián seguramente estaba tan drogado y ebrio que perdió el conocimiento, en esas circunstancias no me explico cómo logramos llegar a la casa en la que amanecimos. Aparte, Raquel también se ve en mal estado, tuvimos que esperar a que se nos bajara para hacer el viaje y aun así, no recordamos nada.
―No llegué a esa parte ―Sebastián se ha paniqueado―. No sabía que estaba, pensé que la cámara estaba estropeada.
―¿Qué mierda con la tipa?
―¡Conozco a la chica!―Dalia lloriquea―. Es la que estaba colgada. Confirmo.
La pregunta que más rebota en mi mente es si realmente nos reunieron a todos en ese lugar. Eso explicaría a la persona de saco n***o; él nos fue reuniendo de uno en uno. Primero Raquel, después Sebastián y así. Saco n***o se acercó a mí, me ofreció su mano y la tomé, posiblemente después de eso me llevó a la habitación. En la historia de Ramiro él aún estaba en la fiesta, significa que ese chico fue llevado después de mí ¿Nos eligieron al azar o todo fue premeditado? ¡Apenas llevaba una semana en el pueblo! Nadie más que Juan Pablo me conocía.
―Tiene que ser él ―argumenta Pavel―. El dueño del tenis es el asesino.
―Y su aliado es el de saco n***o ―Sebastián dice exaltado―. Si descubrimos las identidades, resolvemos el misterio.
Me he guardado todo este tiempo la información de que Raquel era mi amiga y que ella fue mi compañía en la fiesta, pero confesarlo ahora será sospechoso.
―Tal vez Saco n***o y el de tenis es el mismo ―explico en voz baja―. En una historia Saco n***o se acercó a Dalia y a la siguiente historia desapareció, en la historia en donde yo aparezco, Saco n***o me llevó. A Pavel seguramente también se lo llevó Saco negro... Creo que Saco n***o te llevó a esa habitación ―miro a Sebastián―. Y ahora tenemos otra pista, usaba tenis blancos.
Dalia y Pavel parecen convencidos con mi teoría, pero Sebastián está dubitativo. Nunca me detuve a observarlo con atención, pero ahora que veo la arruga que surca su frente debido a la concentración de hilar piezas, mi imagen de él se forma, sólida. Es inteligente, es la clase de persona que piensa en muchas opciones sin descartar ninguna, pero si se casa con una idea, es imposible convencerlo de lo contrario.
―Es mucho trabajo para una sola persona ―mueve, nervioso, el pie derecho―. En la casa amanecimos once, imagina ir recolectando once personas en una mansión durante una fiesta ―se cruza de brazos y muerde su labio―. Es trabajo para dos o tres personas.
―¿Puedes saber a qué hora se grabó eso?
Sebastián asiente, pero dice que la única forma es verlo en un programa que tiene en su computadora, la cual, está en mantenimiento y se la devolverán dentro de tres días. Toma de vuelta su teléfono.
―No es una cámara normal ―dice cuando Pavel empieza a reprocharle―. La hora se ve en el programa, lo que sabemos es la duración: Veinte minutos y medio; es lo que dura la batería de eso. Desde que me desmayé hasta que alguien me arrastra pasaron siete minutos con tres segundos. Eso debe significar algo.
Significa que, por primera vez, le frustramos los planes al acosador. El tipo quería la cámara porque en la tarjeta de memoria estaba el video en donde se puede ver algo del asesino. Y si la cámara estuvo en todo momento con Sebastián, significa que el tipo no tenía idea de que la tenía. No hasta que lo empezara a espiar y se diera cuenta de que Sebastián escondía algo en ese bolígrafo-cámara. El maldito no ha de tener idea de lo que contiene el video.
―El hijo de puta no vio el video ―hablo en un susurro mientras miro a nuestro alrededor, no parece haber alguien más que nosotros―. No vimos su rostro, pero él no lo sabe. Podemos usarlo como ventaja.
―Y entonces que...
Acallo con un sonido a Dalia, si el acosador está cerca, ya oyó todo nuestro desmadre, pero si no está por aquí, tenemos que ser precavidos para tener una oportunidad de aventajarlo. Les hago una seña para que nos pasemos nuestros teléfonos y podamos chatear. Nombro al grupo: "Día cero". "Ahora hay que despedirnos y seguimos hablando por aquí en cuanto lleguemos a nuestras habitaciones. Hay que ser discretos". Me dejan en visto, pero creo que entendieron.
―Concluimos que esto está terrible ―digo lo más natural que puedo―. Pero con lo que vimos, podemos negociar con el acosador.
―Sí, sí, a la chingada ―dice Sebastián, cínico―. No voy a chantajear a un loco. Háganlo ustedes y me avisan. Mañana tengo un examen.
Y se larga. Quiero pensar que es parte del plan y no lo dice en serio.
Los demás nos despedimos y tomamos diferente camino. Una vez que llego a mi habitación, saludo a Giuli quien se ríe escandalosamente de algún video que ve y me encierro en el baño. Ya hay mensajes en el grupo.
Sebas: Era mame, parte del show, obviamente vamos a hacer que le sude el culo al cabrón. Pavel: Hasta que dices algo coherente.
Dalia: Kmo le haremos? Kreen que kiga?
Kendra: Me mandó mensajes amenazantes ¿recuerdan? Sebastián, pásame captura de pantalla de cuando se ve su tenis, le voy a escribir.
Recibo la captura y redacto el mensaje, pero antes de poder enviarlo, recibo la notificación de que un número desconocido me ha agregado a un grupo. "Los valientes".
Me meto y veo que el número está cifrado, simplemente no puedo ver el número, ni el código, nada. "Ni se les ocurra hacer pendejadas." De acuerdo, eso no está bien. Algo me dice que se trata del acosador. Cambio de chat para discutir con los chicos nuestra siguiente jugada y me encuentro con que Sebastián ha sido rápido, ya le respondió al anónimo. "No estamos tan perdidos, cabrón. Tenemos el video y sabemos lo de Diener".
Me muerdo tan fuerte el labio, que siento que me sacaré sangre, maldito anónimo, que se apure a responder. "Con eso me demuestras que no sabes un carajo". Y entonces Dalia es la que responde: "Sabemos la verdad sobre el cuarto Diener." Estoy conteniendo el aire, la presión en mi pecho me exige oxígeno, pero parece que no puedo respirar. Parece que la amenaza funciona porque el anónimo se sale del grupo.
¿La verdad del cuarto Diener? ¿Cuál es esa? Dalia nos dice que no tiene idea, que lo dijo nada más como una corazonada, ahora todos piensan que algo tuvieron que ver los Diener en la masacre y sinceramente, yo también lo creo. El anónimo pareció alterado por la mención de ese cuarto hermano, significa que dimos en el blanco ¿El cuarto Diener masacró a todos y ahora sus hermanos lo encubren? ¿Sus hermanos no saben que su cuarto hermano masacró a gente de la escuela? ¿Y si el hermano es psicópata? ¿Si quiera existe otro Diener? Nada tiene sentido.
Sebastián: Eres la más cercana a uno de ellos, Kendra, está en ti averiguar más.
Kendra: ¿Y cómo haré eso? Si son los asesinos me pondré en peligro.
Dalia: Puedes hacer que te invite a su casa, nos dices y nosotros te seguimos de cerca.
Sus ideas son tan malas que me ponen enferma, pero no se me ocurre alguna otra idea. Reitero, por milésima vez, nunca debí dejar mi pueblo.
Al otro día me siento tan cansada que tengo que evitar quedarme dormida y perderme la clase de Anatomía. Cuando llego, me sorprende no ver a Tristán en su lugar designado. Perfecto, prefiero eso antes que enfrentarme a ese par de ojos color esmeralda. El resto del día transcurre lento y aburrido, no hay señal del anónimo, nada de mensajes acosadores ni presentimiento de que alguien me observa. Lo tomo como una buena señal, incluso me doy la esperanza de que por fin nos deje en paz.
Giuli me invita a pasar el rato en El Queso con ella y sus amigos, pero rechazo la oferta, no me siento con las ganas de socializar. Estoy centrada en resolver un ejercicio de Geometría Analítica, cuando tocan a la puerta. Dos toques, duros y seguros, no invité a nadie, estoy segura.
Abro la puerta y me encuentro de frente con Tristán. Su mirada descansa sobre mi cuerpo, recorre cada centímetro para analizarme como a un insecto. Utiliza una camiseta ajustada que deja entrever sus bíceps perfectamente tonificados, el cabello estaba ligeramente rizado y revuelto de tal manera que... No sucede de forma natural ¿cierto? Tengo que juntar toda mi fuerza de voluntad para no abrir la boca y parecer tonta.
―Hoy no es miércoles.
Mi hilo de voz es patético.
―Se canceló mi compromiso ―dice con una voz grave que me eriza la piel―. ¿Puedo pasar?
No, la respuesta es no. Debo tener sentido común y no ser tonta.
―Sí, claro.
Su cuerpo se adentra a la habitación apenas rozando mi brazo y siento un placentero hormigueo recorrerme desde donde nuestra piel se tocó hasta mi estómago. Cierro la puerta y trago saliva, cuando me volteo veo que Tristán examina la perfecta organización del lado de Giuli.
―Mi compañera es algo obsesiva.
Digo a modo de explicación que nadie me pidió. Es una forma de disculpa, pues mi mitad no está desordenada, pero carece del esplendor de Giuli, me siento avergonzada.
―Con el orden se busca alcanzar la perfección ―Hasta ahora que me mira desde arriba es que noto que tiene una libreta, un bolígrafo y una cinta métrica―, pero no hay mayor excelencia que el caos.
¿Eso qué chingados significa? Por primera vez, no está siendo un completo patán. Nuestras miradas se encuentran, me es imposible dejar de admirarlo, sobre todo que ahora tiene una incipiente barba que posiblemente olvidó rasurar. Mi corazón late más rápido, siento un calor subiendo por mi cuello. Y entonces él rompe el momento. Deja sus cosas sobre el escritorio mientras me deja plantada.
―Puedes medirme ―dice en voz baja―. No quiero incomodarte.
Su mera presencia me incomoda, aunque estuviera de espaldas ignorando mi existencia, me sentiría incómoda. Si acaso llegara a tocarme, entraría en combustión espontánea. Sin embargo, el hecho de tener que estirar la cinta métrica para tomar sus medidas no me deja tan tranquila.
Tristán pone el cuaderno y el bolígrafo sobre el escritorio, después me extiende la cinta métrica. Al momento de tomarla, las puntas de nuestros dedos se tocan y casi me disloco el brazo con tal de separarme de él, pero no puedo ignorar la corriente eléctrica que me recorre el cuerpo entero.
Tristán es todo un c***k, se muestra indiferente ante el roce y se queda de pie con la espalda pegada en la pared.
Nuestras miradas se encuentran mientras avanzo lentamente hacia él, me acerco tanto como para obligarme a inclinar la cabeza hacia arriba y no quebrar el extraño lazo que siento. Trago saliva y empiezo con la tarea.
Mido el largo, ancho y diámetro de su brazo izquierdo para escribir los valores en el cuaderno. Después sigo con su cuello y sin querer toco un minúsculo trozo de piel. Un gruñido nace en lo más profundo de su pecho, es ligero, pero me advierte. Me atrevo a mirar su rostro, específicamente, me detengo en sus labios que se dibujan en una fina línea, pues los aprieta con fuerza. Me resisto a pedir disculpas.
Continuo con la parte del tórax y el abdomen, cuando mido su cadera, levanta los brazos de forma que no sean un obstáculo. Ese repentino movimiento provoca que el borde de la camiseta se levante apenas un par de centímetros, pero es suficiente para exponer una minúscula cantidad de piel.
Percibo la textura lisa, la pálida piel, es tenue, pero noto el músculo marcado de esa parte del abdomen. El deseo de extender mi mano y tocarlo es inhumano, mis ojos se clavan en esa porción desnuda y admiro atentamente. No hagas idioteces para quedar en ridículo, ya tienes suficientes problemas. Respétate, Kendra.
El silencio en el que estamos es tan denso y profundo, que apenas escucho nuestras respiraciones. La mía es tranquila, aunque mi pulso late a mil por hora. Anteriormente, las inhalaciones y exhalaciones de Tristán eran tan tenues, que las mías las enmascaraban, pero ahora respira profundamente y soy consciente de cada aspiración.
Me he quedado estática, mi cuerpo no obedece a mi mente y sé que se debe a que no puedo deshacerme del vehemente deseo de acariciarlo. Es un patán de mierda, no debería ni siquiera hablar con él.
Entonces su mano baja a mi muñeca y la toma firmemente. Su mano quema mi piel, pero no es un calor abrasador insoportable, es grato, cálido, bienvenido. Lentamente y admirando todo a mi paso, paseo mi mirada desde su abdomen hasta sus ojos; dentro de ese color esmeralda noto una feroz desconfianza, pero debajo de ello hay un atisbo de desconcierto.
El espacio entre nosotros es escaso, está cargado; una fuerza indescriptible me atrae hacia él, quisiera acercarme más, pero mi cuerpo no responde. Alza su mano que rodea mi muñeca y noto el contraste entre su piel pálida y mi piel canela, ambos miramos nuestra unión. Soy consciente de que en cualquier momento soy capaz de empezar a temblar. Titubeante, Tristán acerca mi mano hacia su rostro, hacia sus labios, puedo ver en sus tiesos movimientos que intenta resistirse, no parece sufrir, pero se nota renuente y aun así, no se detiene.
Ciertamente, tengo la fuerza de voluntad para detener este momento, pero algo en mi interior lo impide, me incita a seguir adelante. Todo el miedo, la incertidumbre, la pesadez y el desasosiego de los últimos días, se evapora y lo suplanta una sensación de seguridad, todo se reduce a este instante.
Tristán cierra los ojos y junta sus labios con mi palma. Cuando siento la suavidad de sus labios, el mundo se detiene. El aire escapa de mis pulmones y ahogo un gemido. Pierdo el control, mi cuerpo recupera la movilidad, pero no obedece a la razón. Me lanzo hacia Tristán y junto sus labios con los míos. En cuanto nos juntamos, la explosión de sensaciones es tal que de un brinco me aparto de él. El calor invade mi rostro y mis respiraciones se aceleran, lo veo desde lejos y sé que está tan desconcertado como yo.
Lo que faltaba, acabo de besar al sospechoso ¿cómo pude ser tan débil? Pero no es seguro y todas las teorías son descabelladas y lo del cuarto Diener es tan extraño que no puedo creerlo. Tampoco puedo pasar por alto que ser patán no es sinónimo de asesino ni de cómplice ni de encubridor. Tal vez todo es un malentendido, no se puede acusar a alguien sin bases.
Da un paso hacia enfrente, pero soy suficientemente centrada como avanzar hacia atrás. Frunce el ceño y mira, turbado, el suelo. Aspira una gran bocanada de aire y vuelve su vista a mí, después toma el cuaderno, el bolígrafo y se agacha para recoger la cinta métrica que no sé en qué momento dejé caer.
―Seguiré con lo demás, te aviso cuando empiece a moldear ―se acomoda la camiseta, sin verme, después posa su mirada en mi rostro, de nuevo es gélido como el hielo―. No te acerques a mi hermano.
Escucho la puerta abrirse y posteriormente azotarse cuando la cierra. Suspiro audiblemente y me dejo caer sobre la cama ¿a qué hermano se refiere? Vale, si no se ha comprobado la existencia de un cuarto hermano, es obvio que se refiere a Ventura. Me imagino a Tristán usando un saco n***o, le quedaría bien con ese porte elegante con el que fue bendecido, pero no parece la clase de persona que usaría saco y tenis. Nadie usaría saco y tenis, Sebastián puede tener razón y se trata de dos personas.
En dado caso se complicarían las cosas, si no podemos dar con la identidad de uno, menos con la identidad de dos. O de tres. Desde el inicio de esta situación hay algo sobre los Diener que no me cuadra, un presentimiento sin argumento me grita que algo esconden, pero no un asesinato. Me encantaría que Marlene fuera arrestada, me deleito con la imagen de ella siendo esposada frente a todos en la universidad mientras su cara de estar oliendo mierda cambia por una de terror al verse
descubierta. Pero solo me dejo llevar por el odio que le tengo desde que se interesó en Juan Pablo.
Maldita sea, esto es un enredo y no cualquiera, si no involucrara asesinatos, todo sería sencillo.
Giuliana llega en estado de ebriedad por la noche, esta vez no llega con comitiva y menos mal porque no quiero saber nada de la sonrisa burlona de Joan. Ella sabe cosas, más de lo que aparenta y además es inteligente y estando ebria... Es mi oportunidad de oro.
—Me caes muy bien, Kendra —dice mientras se tambalea para ir al baño—. Deberías salir con nosotros, no todo es la escuela.
La última vez que me puse en estado de ebriedad las cosas terminaron muy mal, y estoy concentrada en muchas cosas ahorita que no tienen nada que ver con la escuela. Me empiezo a preguntar si Giuli será alcohólica.
—Esto sonará repetitivo —le digo a través de la puerta—. Es que Tristán Diener va conmigo en Anatomía y escuché que hablaba con alguien sobre su hermano, uno que está en... Francia. Supongo que es el cuarto hermano.
No soy buena inventando historias, pero no sonó mal.
Silencio ¿seguirá despierta? No quiero tener que tumbar la puerta para cerciorarme de que está bien.
—Pero Tristán no habla con nadie.
Cierto.
—Por teléfono —digo naturalmente—. Hablaba como en susurro.
Más silencio, jala la palanca del baño y sale. Sus ojos se ven vidriosos ¿qué tan consciente estará?
—Te digo que no se sabe con certeza. En primer semestre se corrió el rumor —se lava las manos—. No sabría decirte algo seguro, algo escuchó Hernán de eso —frunce el entrecejo—. ¿O era de su perro? Que iba a ir a donde o no sé.
De acuerdo, Giuli está ebria. Es suficiente, no voy a romperme la cabeza con idioteces. Antes de quedarme dormida, el anónimo hace aparición al meternos en un grupo nuevo.
Anónimo: Nos vemos en San Tobal el viernes a las 10 pm. Haremos un intercambio, solo una persona va y me da el video; a cambio le doy lo que quiere.
Antes de preguntar cualquier cosa, el anónimo nos elimina del grupo ¿Lo que queremos? Inmediatamente pienso en la fotografía que usó el acosador para amenazarme; la del incendio. Eso sí lo quiero, con eso ya no podría temerle tanto, podría incluso ir a la policía.
Pero dijo solo una persona, no especificó quien. Ninguno ha ido a la policía a pesar de todo lo que ha ocurrido, ni siquiera cuando golpearon a Pavel. Y pensé que se debía únicamente porque les dije que me atacaron y demás, pero ¿qué tal si no fue solo eso, si no que el acosador también les mostró algo que ellos esconden tanto como yo?