Capítulo 8

2218 Words
El seguro universitario cubre algunos estudios y procedimientos médicos siempre y cuando estén justificados por algún accidente ocurrido dentro de las instalaciones del campus. No soy de clase social alta, pero tampoco me considero de bajos recursos y aun así, la cuenta por una consulta y la tomografía es excesiva. Pudimos haber recreado un escenario de accidente, pero a nadie se le ocurrió hasta que vimos la cifra. —Y todo para que resultara que estoy perfectamente —se queja Pavel mientras firma por el cobro con tarjeta—. Cuando sepa quién fue el cabrón, lo voy a matar. Y me le voy a unir, ninguna persona como el acosador puede vagar libremente por las calles, hoy somos nosotros; mañana podríamos estar muertos y el tipo buscaría otros universitarios para masacrar y atormentar. —¿Por qué nos dejaron vivos? —cuestiono una vez que estamos de vuelta en la camioneta—. Creo que eso es lo primordial ¿nos despertamos antes de que pudieran matarnos? ¿Acosarnos es parte del retorcido plan del asesino? ¿O asesinos? Dalia se está quedando dormida con la cabeza en la ventana, Pavel retuerce sus manos nerviosamente y Sebastián, bueno, es Sebastián, todo lo toma con amargura. —¿Acaso importa? —pone la direccional para tomar la salida al campus—. Seguimos hundidos en la mierda. —Sí, pero no sabemos si nos quieren matar; nos acosan, ¿pero quieren clavarnos un cuchillo en el pecho? Nos hundimos en un tenso silencio hasta que estacionamos en la parte más cercana posible a la residencia. Dalia se preocupa en exceso por Pavel, camina demasiado cerca de él y no para de lanzarle miradas a cada paso. El futbolista está bien, ya nos dijeron que no tiene nada. Sebastián abre la cajuela mientras los otros dos chicos se alejan, espero, paciente, junto a la banqueta. El chico se tarda demasiado, comienzo a perder la paciencia. Dalia y Pavel se detienen y voltean a ver hacia acá, les hago una seña para que se acerquen y entonces vuelvo mi atención a Sebastián. Me acerco para ver qué está haciendo y pillo al muy maldito en pleno acto de borrar algo en su teléfono. Al lado de su mano, hay un bolígrafo o lo que parece ser uno, la diferencia es que en donde debiera estar la puntilla, hay un lente. —¿Qué haces? —trato de quitarle el teléfono que tiene en las manos—. No vayas a borrar nada ¡Dame eso! Será delgado, pero tiene fuerza, además es ágil, pues logra evadirme. Me subo sobre sus hombros para tratar de quitarle el teléfono desde arriba, pero es mala idea. —¡Puede haber algo importante! —NO HAY NADA. No logro sostenerme de sus hombros y caigo, apenas puedo mantener el equilibrio y Sebastián se aleja, pero llega Pavel al rescate. Agradezco que haya alguien robusto en el grupo; él se fue contra Sebastián el día de la masacre, tengo esperanzas. Entonces me acuerdo de que al final fue Sebastián quién quedó arriba de él y se me pasa. Dalia se acerca corriendo y mientras Pavel inmoviliza a Sebas, ella le intenta quitar el teléfono. Para no parecer inútil me acerco y también forcejeo con él. Al final las chicas ganamos y nos apoderamos del aparato. El video está pausado, Dalia pulsa el botón para reproducir y empieza. Hay una chica con antifaz quien viste lencería roja, el cabello lo tiene perfectamente amarrado en una coleta. El antifaz cubre la mitad de su rostro, no puedo verla bien, pero hay algo familiar en la forma de su barbilla. La chica baila lascivamente frente a la cama, apenas se alcanza a ver el borde de esta. Supongo que Sebastián está acostado. Siento que estoy viendo porno, esto es incómodo, tal vez Sebastián dijo la verdad y en el video no se ve nada. El baile erótico termina y entonces hay un cambio, la chica se queda de rodillas y casi se arrastra hacia la cama, la mano de Sebastián la toma de la barbilla apretando sus mejillas mientras la chica hace un puchero. Entonces la tira al piso y la chica gime con fuerza. Trago saliva. Dalia, a mi lado, está tiesa. La chica vuelve a gemir mientras intenta levantarse, pero Sebastián se agacha a su lado y la toma del cuello. No sé qué tan fuerte esté apretando, pero la chica sigue gimiendo y alza sus manos hacia él. Un segundo después, la voltea de forma que queda en cuatro y le da una nalgada (vale, creo que no debemos seguir viendo esto). Se escucha un sonido metálico, la chica se queda meneando la cadera de forma seductora, por suerte aún conserva la ropa interior y entonces aparecen en cámara unas esposas. Aparto la mirada durante diez segundos, cuando vuelvo a ver, la chica ya está acostada en la cama y Sebastián la esposa a la madera. Sus movimientos son torpes, nada que ver con el minuto anterior, la respiración del chico se escucha acelerada, pero pesada, como si le costara trabajo. Después ata, con un cinturón, los pies de la chica cuya respiración también se acelera. Y entonces es el turno de la mordaza, un trozo de tela oscura es introducido en la boca de la chica. No puedo evitar pensar que eso es peligroso, podría morir, ¿qué tal si con un gemido se atraganta y muere? La mano de Sebastián aparece en escena, trata de acercarla al cuerpo de la chica, pero se mueve lento, tambaleante. Llega con la chica y le quita el antifaz del rostro, de alguna forma también le desamarra el cabello. El momento en donde se ve a la perfección el rostro de la chica es minúsculo, un segundo cuando mucho porque le coloca una venda en los ojos y entonces Sebastián se cae. Pienso que se cae porque la imagen se aleja hacia abajo, se escucha un golpe, luego hay n***o, un crujido y finalmente estática. Si fuera Dalia, ya habría dejado caer el teléfono. ¿Qué mierda acabo de ver? Y no me refiero al tipo de relaciones sexuales que lleva Sebastián, lo cual jamás podré borrarme de la cabeza, si no a la chica. Durante un segundo pude ver de lleno su rostro e inmediatamente la reconocí. Se trata del primer cuerpo que encontré en la casa, la que tenía dos puñaladas. Acabo de ver los últimos momentos de la persona cuya sangre pisé. ―¿Es normal que me haya causado desagrado aun cuando este tipo de porno me guste? ¿Qué chingados con Dalia? Su preferencia de porno no es tema importante ahora, la chica que por poco se acostó con Sebastián está muerta. Y el muy imbécil dijo que no conocía a ningún muerto, aunque él nunca entró a la cocina. Pavel suelta a Sebastián quien, enfadado, golpea el piso con su zapato y maldice. Se nota derrotado y al ver su rostro color tomate me doy cuenta de que también está avergonzado. Dalia le pasa el teléfono a Pavel para que le eche un vistazo al video. Un olor metálico se apodera de mis fosas nasales, es tan potente, que me marea; es el olor de la sangre, del charco en la cocina. Me provoca náuseas, siento, cercana, una arcada y entonces el desagrado cesa. Nada más puedo ver el color rojo, la consistencia viscosa, un riachuelo formándose. A la mierda. En cuanto salgo de mi trance, nace un retortijón en mi estómago. Es un apretón ardoroso que me impide estar de pie, tengo que apretarme el abdomen al tiempo que me doblo en un intento por mitigar el dolor. ―El dominante ¿Eh? ―Pavel dice sarcástico―. Hey, caballero, domínate esta. Escucho una carcajada por parte del futbolista, un sonido de desagrado de parte de Dalia y un bufido de Sebastián ¿Qué no ven que me estoy muriendo? Una fuerza invisible me va a arrancar el estómago. ―Chinga tu madre, pendejo ―Sebastián reboza ira―. Por eso no quería enseñarles un carajo, pero son unos entrometidos de mierda. Mi vida personal les vale un culo, mira que tú... ―Está muerta ―hago un esfuerzo sobrehumano para hablar―. La del video es la de la cocina y está muerta. Y entonces el dolor cede poco a poco hasta desaparecer. Respiro agitadamente, cada bocanada es más profunda que la anterior, el aire se abre paso hasta mis pulmones y deja un camino de quemazón a su paso. Toso un par de veces y me enderezo de nuevo. Parpadeo un par de veces para enfocar la mirada y me encuentro con tres pares de ojos mirándome, expectantes y curiosos. Ah, ahora sí me hacen caso. ―¿Estás bien? Sí, Dalia, gracias, ya estoy perfecta. ―¿Cómo que está muerta? ―Pavel me mira con una mueca y los ojos entrecerrados, si de por sí los tiene pequeños, ahora aún más―. Esta chica, la de aquí. Sebastián tiene piel pálida, pero ahora, bajo la escasa luz de un poste, parece un c*****r. Tiene los ojos abiertos de par en par, la boca entreabierta y el labio inferior le tiembla. Creo que tiene un tic en la mano derecha porque da movimientos rápidos de afuera hacia adentro. Da un paso hacia atrás, luego otro, pero tropieza con su pie. ―Yo no... No recuerdo eso ¿vale? ―dice titubeante―. Ya les dije, fui al baño y después desperté en el armario. Cuando vi el video me sentí imbécil, pero me dio una idea de lo que hice. ―¿Y esperas que te crea? No sé, cabrón, nunca me pareciste de confianza. ―Hijo de puta ¡Te lanzaste contra mí! ―Sebastián se acerca tanto a Pavel que sus rostros están tan cerca como para besarse―. Yo estaba encerrado, no pude haber matado a nadie... Pero tú, ¿cómo sé que no eres el asesino? No se ve bien en el currículum de un futbolista el asesinato múltiple. Siguen discutiendo mientras Dalia les grita que se callen. Si el acosador está por aquí cerca, seguramente está desternillándose de risa. Busco en mi teléfono el nombre de la chica de la cocina, debe haber información sobre ella. La encuentro en la página de la universidad: Lizbeth Roque Rz. La imagen me sonríe, era bonita, su nariz era perfecta. Un silbido de albañil atraviesa la noche y los chicos dejan de intentar matarse. ¿Por qué les gusta resolver todo con golpes? No los hace más hombres, los hace unos imbéciles. ―Es ella ―la muestro a Sebastián―. ¿La conocías? El chico bizquea y observa, tarda un par de segundos, pero menea la cabeza. ―No funciona así ―dice derrotado―. Tenemos grupos, chateamos y quedamos, pero casi siempre usamos nombres falsos. ―¿Eres el "Turbo falo sesenta y nueve"? Dalia y yo le gritamos a Pavel al unísono que se calle. La rivalidad entre estos dos es irritante. Se lanzan miradas asesinas y después continúa con su relato. ―Quedé con ella, llevaba un par de semanas chateando con ella y quedamos en vernos ―traga saliva y entrelaza sus manos detrás de la nuca―. Me imaginé que era de la universidad cuando me propuso vernos en la fiesta de los Diener, pero no pregunté, nunca preguntamos, casi todo se reduce al sexo ―Dalia se muerde las uñas nerviosamente, Pavel se cruza de brazos y tiene expresión de estar oliendo mierda―. Llegué a la fiesta solo, estuve bebiendo lo que me ofrecían. La chica llegó tarde, ya estaba mareado cuando me puso que estaba en tal habitación y que me esperaba. Quise pasar antes al baño. ―¿El antifaz y las esposas eran tuyas? Niega con la cabeza, se cruza de brazos y suelta una maldición. ―Ella se encargó de eso. ―Ni caballero puedes ser. ―Ella así lo quiso. Dalia y yo intercambiamos una mirada de incomodidad antes de hundirnos en el silencio. De un momento a otro, la temperatura ha decrecido, tengo la necesidad de abrazarme a mí misma, pero no puedo mover los brazos de lo tensa que estoy. El cántico de los grillos es lo único que nos acompaña, quiero irme, seguramente todos queremos, pero nadie hace movimiento alguno. Un peso aplastante cae sobre mis hombros, un nudo aparece en mi garganta al tiempo que un punzante dolor atraviesa mi cráneo. Y entonces un sonido de golpe proveniente del teléfono de Sebastián, nos sobresalta. Pavel mira el teléfono y su expresión es de desconcierto, los tres nos acercamos rápidamente hacia él. En la pantalla se observa el suelo, las patas de algunos muebles y un tenis blanco con una palabra escrita en tinta negra: "Esperaré". Por la forma en que se ven las imágenes, alguien está arrastrando a Sebastián. Se abre una puerta y veo a alguien sentado en el suelo, tiene la mirada perdida la cual está fija en el suelo. No hace falta acercar la imagen para reconocerla: Es Raquel. ―Ul...Ur..Ui Murmura un segundo antes de que la pantalla se ponga en n***o. Santa mierda.
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