Antes de darme la media vuelta y alejarme, Marlene me lanza una mirada de superioridad. Su mirada verde parece atravesarme, es casi tan gélida como la de Tristán, en cambio, su ojo café es cálido, casi amigable. Puedo ver el fantasma de una sonrisa burlona en su rostro. Algo me dice que sabe que soy la exnovia de su nuevo interés.
Después de una exhaustiva búsqueda, me encuentro con Pavel quien mira su teléfono con tanta intensidad que llego a pensar que está viendo una revelación.
―Hola, ¿encontraste algo?
Pavel alza la vista, sobresaltado, y maldice.
―Casi me cago del susto, idiota ―me mira con reproche y suspira―. Lo único de utilidad que hallé fue la historia destacada de una compañera de Estadística ―me muestra su teléfono―. Fuera de eso, no hay nada.
El video es de un grupo de cinco, en el centro está Pavel quien juguetea con una botella mientras baila graciosamente, al final, hace shot de seis segundos y acaba la historia. En una esquina, casi sin ser visible, se nota la mitad de un cuerpo; tiene saco n***o.
―No dice la hora, pero no recuerdo eso ―se encoge de hombros―. Ya estaba astral para entonces.
El saco n***o. Ya no es coincidencia. Estoy por compartirle el detalle, cuando Sebastián y Dalia nos encuentran.
―Acá, vengan ―Sebastián nos empuja para escondernos tras un árbol―. Dos de mis amigos están ahí, no nos deben ver.
―¿Te avergonzamos?
Pavel y Sebastián desde el inicio tuvieron una especie de rivalidad, pero la forma en que habla Pavel me hace pensar que hay algo más.
―No es eso ―sisea Sebastián, pero no lo mira directamente―. No hay que levantar sospechas ¿No crees que se vería raro si de repente parecemos amigos? No somos para nada compatibles.
―¿Y eso qué? ―cuestiona Dalia quien alza el cuello para ver a los amigos de Sebastián―. Podríamos estar en un club de lectura o ser ratones de biblioteca o algo así. De pura vista no pareces muy compatible con tus amigos.
Bueno, me gustaría tener amigos, solo que habría estado bien hacerlos en una situación diferente. Estar sola nunca ha sido agradable, recuerdo que una chica de primer año en mi preparatoria era como la peste de la escuela, muchos se burlaban de ella y la hacían sentir mal. No quisiera ser como ella.
Miro a Dalia, a Pavel y finalmente a Sebastián, en una situación normal, no habría elegido juntarme con ellos.
―Hay que centrarnos en lo importante ―Sebastián ha palidecido un poco, creo que es por la luz―. En las historias no hay nada, al menos no en las destacadas ―pasa una mano por su cabello―. Debimos hacer esto antes. Pero de nada sirve lamentarnos.
―Hallé algo ―les muestro las capturas de pantalla que tomé―. Una chica me encontró en una historia, me la mostró el sábado. Sale el chico que encontramos en la tina ―le explico a Dalia quien abre los ojos con sorpresa―. Yo estoy atrás, platico con alguien de saco n***o, pero no se le ve el rostro, ni el cabello, o sea nada. Me da la mano y es todo, se acaba la historia. La cosa es que el mismo tipo aparece en una historia donde está Dalia y en una historia donde sale Pavel.
Primero les muestro la historia destacada en donde aparece Dalia, la pobre va a hiperventilar, puedo sentirlo. No es coincidencia que el de saco se acerque a la chica y en la siguiente historia, ya no aparezca ninguno de los dos. Con Pavel es distinto, cuando nos muestra su historia, apenas y se nota el saco, pero es el mismo; estoy segura.
―¿Será el acosador? ―cuestiona Pavel―. O el asesino. O uno de ellos.
―¿Podría tratarse del cuarto Diener?
Espera, ¿qué? Volteo para ver a Dalia. Me tomó de sorpresa que supiera el chisme, pero si lo pienso bien, tiene sentido que todo el mundo lo sepa y no solo Giuliana y sus amigos. Sebastián y Pavel no se ven muy sorprendidos así que imagino que ellos también sabían.
―Dijeron que el tipo estaba en Inglaterra ―aporta nuestro amigo de ojos claros―. Lo oí de los labios de Marlene.
―¿Y cómo por qué te dijo eso Marlene? —cuestiona Pavel, desconfiado.
―No me lo dijo a mí, oí que se lo dijo a Neli ―responde engreído―. Pasaba por ahí nada más.
―Yo supe que el tipo estaba en París ―Pavel habla tan bajo que apenas y lo escucho, lanza miradas hacia la multitud―. Le dieron una beca o algo. Es como un puto genio, creo. O eso dijo alguien en el equipo. No es como que los Diener sean tema del diario.
El día que conocí a los Diener me di cuenta de que todos eran muy parecidos entre sí. Con sus diferencias, claro, pero si me los encontrara sin conocerlos sí pensaría que son hermanos. Supongo que el cuarto Diener, si existe, sería parecido a ellos. Pero pareciera que el tipo no está en el panorama y no es de mucho interés. Todos tienen una versión diferente de él, pero no lo mencionan a menos que sea pregunta. Es casi como si no existiera.
―Eso es un rumor viejo ―responde Sebastián―. El tipo nunca ha causado problemas, nadie sabe de él, a nadie le interesa. Yo ni pensaba en él hasta que Dalia lo dijo.
―¿Siguen a los Diener en i********:?
Pavel y Sebastián niegan con la cabeza, en cambio, Dalia traga saliva y mira hacia el suelo.
―Solo a Ventura ―confiesa en un susurro―. Tristán nunca me aceptó la solicitud.
Entonces no me sirve. Por lo que investigué de Marlene, aparecen fotos únicamente de ella, Ventura también a excepción de una foto donde salen los tres. Tres. No cuatro y esa foto no tenía silueta en el fondo ¿Por qué no aparecería una cuarta persona en una foto familiar? Busco los me gusta en las fotos de Ventura, tiene muchísimos, incluido el de su hermana, Neli Torres y... Raquel. Fuera de eso no parece que exista una cuenta de un cuarto Diener.
―Podría ser el acosador ―Dalia me va a colmar la paciencia―. Tal vez los Diener hicieron la masacre, olvidaron matarnos a nosotros y para no decir una sola palabra, mandan a su hermano a acosarnos.
No le veo lógica. Y Pavel también se muestra dudoso ante tal afirmación, pero Sebastián asiente en acuerdo.
―Tenemos que espiarlos.
BASTA. No está bien juzgar a alguien por lo que se dice de él o ella. Tristán es un patán, eso lo aseguro, pero de eso a asesino hay un abismo enorme. Tal vez se volvió un patán por la acusación que levantaron sobre él, a nadie le gusta que lo culpen por algo que no hizo.
―No hay ni una sola pista que los señale ―afirmo con los brazos cruzados―. Se están dejando llevar por una acusación que se hizo tiempo atrás. Es ilógico su razonamiento, perdonen, pero no los apoyo.
―¡Pero algo esconden!
―¡¿Un cuarto hermano?!
Me quedo en silencio durante un momento, maldita sea, grité. Pero creo que nadie escuchó porque no miran hacia acá.
―Tal vez el hermano tiene una enfermedad mental o está en drogas o le tienen envidia porque él pudo irse al extranjero y ellos no ―siento una irritación que está totalmente fuera de lugar―. No es de nuestra incumbencia. Lo siento, pero no le entro.
Me doy la media vuelta y me alejo. Fue mala idea venir, fue mala idea escapar de la escena del crimen, fue mala idea ir a la fiesta, fue mala idea salir de Sores. No le veo sentido a la investigación, ¿qué pasa si descubrimos la identidad del asesino o el acosador? ¿Lo enfrentamos? ¿Vamos a la policía? Esto es una mierda.
Colisiono con un cuerpo en movimiento, me doy tan duro en la frente que me desestabilizo y caigo. Mierda, ya no sé caminar, lo que faltaba. Suelto un quejido antes de sentir el golpe.
―¡Disculpa! ―exclama una voz cálida al tiempo que unos brazos fuertes me sostienen―. No te vi ¿estás bien?
La mirada de Ventura parece genuinamente preocupada. Me inspecciona de arriba abajo y me sacude trozos de pasto que están en mi blusa negra, estoy tan impactada que por un momento me olvido de respirar.
―No te preocupes ―sonrío y siento el calor en mi rostro―. Estaba distraída.
―No sabía que vendrías —mira alrededor—. De hecho no sabía que Neli fuera tan querida, hay mucha gente aquí.
Sí, demasiada, aunque probablemente se debe a que el director anunció que habría un funeral.
―Es por respeto ―mi voz suena chillona―. No la conocí, pero no le deseo a nadie la muerte.
La mirada de Ventura es profunda, cálida, me mira desde arriba y no puedo apartar la mirada. Está tan cerca de mí que puedo vislumbrar las minúsculas manchas en su iris. Un aleteo feroz nace en mi pecho y de repente solo quiero acariciar su poderoso pecho. Podría hacerlo, solo tengo que alargar la mano y...
Para arruinar el momento, aparece Tristán detrás, su imponente presencia por poco me hace brincar. Las aletas de su nariz se dilatan, si las miradas mataran, él ya me habría asesinado. Tiene la mandíbula tensa y los labios apretados, algo me dice que está enojado.
―Marlene está adelante, vamos.
Ventura me lanza una mirada de disculpa antes de darse la vuelta para caminar tras su hermano. Lo veo alejarse y no puedo evitar pensar que alguien como él no sería capaz de matar a seis o siete.
Pero caras vemos, trastornos mentales no sabemos. Da igual, tampoco se trata de confiar en gente que conociste hace menos de una semana.
―Sebastián ha ofrecido darnos un aventón a la uni ―maldita sea Dalia y sus apariciones poco oportunas―. Pensé que podría interesarte a menos que te interese más otra cosa.
Su mirada gris va directo hacia los Diener, dos perfectos hombres que son polos opuestos. Dalia arquea una ceja y truena la boca, no sé si se debate entre disgustada o decepcionada. O ambas. Ahora su atención se dirige a mí y me he quedado sin palabras. Espero que no haya visto mi charla con Ventura.
―No negaré que son calientes ―Dalia se cruza de brazos―. Y eso puede ser peligroso porque nos nubla el juicio. Sé que no quieres espiarlos, pero no será malo, solo es echarles un ojo.
Suspiro. Espiarlos equivale a ponerse en riesgo, riesgo de que me descubran y la verdad no quiero que Ventura sepa que lo espío porque desconfío de su persona y me parece sospechoso de asesinato porque necesito evitar que piense mal de mí. A ver Kendra, ubícate, nunca te ha importado mucho lo que piensen de ti. Mis pensamientos se ven interrumpidos por la visión perfecta de Marlene y Juan Pablo ¡Están tomados de las manos! Bien, he tomado la decisión, los voy a espiar porque sé que Juan Pablo esconde algo y necesito descubrir qué es. Si él está detrás de todo esto, juro que lo mato.
La camioneta color azul de Sebastián tiene asientos de cuero y casi huele a nuevo con una pizca de naranja. Es agradable. Dalia se adueña del asiento delantero por lo que Pavel y yo nos acomodamos en la parte trasera.
—Huele bonito —Dalia comenta al subir.
—Sí, un tipo en un alto me dio un aromatizante de cortesía hace como una semana —Sebastián cierra la puerta de su lado—. No se niegan las cosas gratis.
Evito mirar por la ventana porque sé que buscaré a Juan Pablo o peor aún, a Ventura. Me queda en claro que Dalia no abrirá la boca sobre mi encuentro con Ventura porque de querer hacerlo, ya lo habría hecho.
―¿Tus amigos se quedarán?
―Así es, me caen bien y todo, pero buscan la aprobación de los Diener ―Sebastián se pone el cinturón―. No entiendo por qué media escuela quiere tener un lazo con ellos.
La mayor parte del trayecto transcurre en silencio. Mientras Pavel escribe en su teléfono, Dalia tararea una canción, canta bien. Sebastián maneja con precaución, pero desde acá puedo ver que sus hombros están tensos.
―Si aún está en pie el espiar a los Diener, lo haré ―rompo el silencio―. Tomo clase con Tristán, hacemos equipo para un proyecto, puedo tomarlo como excusa.
―¿Tristán va en tu grupo? ―asiento para responder la pregunta de Pavel―. ¿Cómo por qué no nos dijiste?
―No me pareció importante.
Escucho una carcajada amarga, por el espejo retrovisor, me encuentro con la mirada de Sebastián quien me mira incrédulo.
―¿Cómo no va a ser importante? ―le da un golpe al volante, triunfante―. Con eso se vuelve más sencillo mantenerlo vigilado. No puedo creerlo.
No debería sentirme mal, pero lo hago. Estamos juntos en esta mierda, nuestros lazos se unieron retorcidamente y no podemos dejarnos. He sido egoísta, primero al ir a la policía, después al intentar escapar. Seguramente ellos también lo han pensado, pero no lo han hecho.
―Perdón, han sido unos días pesados ―digo con sarcasmo―. Pero ya dije que lo haré. Si noto algo sospechoso les pediré ayuda.
Y así queda zanjado el asunto. Nos paramos en la gasolinera de autoservicio porque a Sebastián se le olvidó llenar el tanque. Dalia y yo aprovechamos para comprar golosinas en la tienda mientras Sebastián paga por la gasolina. Estando en la fila, escuchamos la alarma del auto activarse, el estruendo es tal, que a Dalia se le caen las gomitas.
Corremos hacia el automóvil; la camioneta tiene todas las puertas abiertas, incluida la cajuela. Del lado izquierdo, está Pavel quien tiene un golpe en la cabeza y está inconsciente. Sebastián corre hacia la cajuela mientras Dalia y yo auxiliamos a Pavel. La herida sangra poco, quiero pensar que es buena señal. Dalia grita el nombre de Pavel una y otra vez hasta que me impaciento y le suelto una bofetada.
Si sirvió conmigo, tal vez funcione con él.
―¡¿Qué haces?! No le pegues.
Pero funciona, pues el chico hace un sonido de incomodidad y abre lentamente los ojos. Puedo escuchar a Sebastián gritar y maldecir mientras patea su camioneta, pero mi atención es primordial para Pavel.
―¿Estás bien? ―pregunta Dalia―. ¿Qué pasó?
Ayudamos al futbolista a levantarse, gime de dolor cuando soba el golpe.
―Alguien me golpeó, abrí para bajarme porque tardaron y no sé, sentí dolor y luego nada.
Observa la sangre en su mano y no aparta la mirada. Su boca es una fina línea que pierdo color por apretar tanto los labios.
—¿Y tú dónde estabas? —pregunto a Sebastián quien no me responde porque se acerca, afectado, hacia nosotros.
―¡El cabrón se la quería llevar! ―nos mira desde atrás ―. ¡El hijo de puta sabía!
Pavel sigue demasiado atontado como para procesar lo que dice nuestro compañero, Dalia le limpia con una servilleta que sepa la madre de dónde sacó y le dice que todo estará bien.
―¿Qué se quería llevar?
―Una... Cosa
―¿Una cosa? Eso es muy vago, no me sirve.
Sebastián suspira y golpea el suelo con su pie, después maldice de nuevo.
―Una cámara, tenía una cámara escondida aquella noche, no me di cuenta de que aún la tenía hasta que llegué a mi habitación ―Sebastián está tan rojo que parece un tomate―. Iba a desecharla, pero esperaba el momento indicado, la metí en una caja que até al asiento. Está con llave creo que por esta vez le ganamos al acosador.
De acuerdo, es demasiado y lo único que atino a decir es:
―¿Por qué tenías una cámara esa noche?
La expresión de Sebastián es sombría, se cruza de brazos y muerde su labio inferior.
―Porque soy sadomasoquista, quería grabar el encuentro que iba a tener.
Su puta madre. No soy quién para juzgar, pero me parece algo muy fuera de lugar. Y además lo dijo tan a la ligera que siento que es sarcasmo.
―Fui a la fiesta para encontrarme con la chica esta, pero no sé qué mierda pasó. Despertamos, olvidé que tenía la cámara y cuando caí en la cuenta, quise deshacerme de eso.
―Puede ser la respuesta a nuestra amnesia.
―No, vi el video y no aparece nada que nos sirva.
―Entonces ¿por qué querría la cámara? ―pregunta Dalia quien abraza a Pavel, ya se ve mejor―. Debe de haber una pista. Tenemos que revisarla de nuevo.
―¡No! ―Sebastián ha perdido el poco color que tiene―. Es que, no estoy en mi mejor momento. Por favor, no.
―Vimos a Dalia con su tanga en la cabeza —digo con seguridad—. Creo que podemos soportarte. Tenemos que hacer sacrificios.
Sebastián se rasca las muñecas con fuerza, siento que se va a arrancar la piel de un momento a otro. Muerde fuertemente su labio y los ojos se ven vidriosos, creo que quiere llorar.
―De acuerdo, pero primero hay que llevar a Pavel al hospital ―se sube al automóvil después de apagar la alarma―. No vaya a tener una contusión.