Estoy temblando como una jodida gelatina. Y así como abrazo a Dalia, le doy un golpe en el brazo a Pavel.
―¡Casi se mata!
Pavel abraza a Dalia y le pide perdón por haberla puesto en peligro y demás. Una parte de mí está enfadada mientras otra está aliviada. Y entonces recuerdo a Sebastián.
La primera en entrar por la ventana es Dalia, ya con la ventana abierta es mucho más sencillo entrar, solo nos sostenemos del barandal, nos paramos en el estrecho alfeizar y entramos. Una vez que todos estamos dentro del departamento, nos damos un segundo para apreciar el buen gusto de los dueños. Es como departamento de revista, hasta da miedo caminar por si se llega a desacomodar algo y romper la perfección.
La primera en moverse es Dalia quien me toma de la muñeca y me guía hacia la puerta. Pavel camina detrás de mí, su respiración aún está ligeramente agitada; no sé si lo hace inconsciente o no, pero me toma del hombro, es casi como si no quisiera perderse.
Abro la puerta muy poco y me asomo por la r*****a; no hay alguien a la vista, me cercioro dos veces y entonces salimos. Pavel cierra la puerta tan fuerte, que se azota y el sonido me sobresalta. Por alguna extraña razón (supongo que es un reflejo), Pavel intenta abrir la puerta de vuelta y entonces se desata el caos. El sonido agudo de una alarma resuena por todo el jodido lugar, no dudamos y corremos hacia las escaleras.
Antes de dejarme llevar por el pánico, me regreso para limpiar las huellas de nuestras manos; estoy idiota porque no limpié mis huellas del interior, pero al menos evidencia de Pavel se puede evitar.
Bajamos hasta la calle y no nos detenemos hasta que llegamos al callejón. La gorra de Sebastián sigue en el suelo; la tomo y entonces noto un trozo de pergamino ¿Quién usa pergamino para dejar notas? ¿Y en esta época? Vale, ya nada tiene sentido.
"Claramente, dije que viniera UNO. Se quisieron pasar de listos, ahora aténganse a las consecuencias que encontrarán en: Calle segunda, número 10. Pedí uno, llegaron cuatro y regresarán tres".
Listo, esto es todo, ahora tengo en claro que moriremos pronto.
Le paso la nota a Dalia quien suelta un gritito cuando la lee, Pavel le echa un vistazo desde atrás de Dalia. Solo aprieta los labios.
Rápidamente, Dalia nos dirige hacia donde Sebastián estacionó la camioneta, tengo la esperanza de que no lo hayan secuestrado y obligado a irse en su automóvil; aunque eso sería lo lógico si los acosadores planeaban que nos tardáramos en ir a la dirección o al campus. Mientras trotamos hacia la camioneta, discutimos si ir a la policía es la opción más viable y segura. Después de todo lo que hemos hecho, ir a la policía nos perjudicará más de lo que nos beneficiaría. Le agradezco a Dalia que por esta vez se ponga de mi parte, pero Pavel es un poco más necio.
―Podemos terminar muertos, tal vez Sebastián ya esté muerto.
―Si vamos a la policía ¿qué diremos? ―me estoy poniendo de malas―. Ay, amigo policía, mire que un personaje extraño nos acosa y justo nos enfrentamos a él y que secuestran a nuestro amigo. Y créeme que nos investigarán. Hay situaciones peores que la muerte.
―¿Qué me metan a la cárcel? ―el chico se nota preocupado y cansado―. Tal vez no nos encierren tanto tiempo...Tal vez...
―Sospechoso de asesinato, allanamiento de morada, mira, la policía se caracteriza por querer la salida fácil. Si se enteran de que estuvimos en esa casa de mierda junto a los muertos, nos culparán ―Dalia habla en un tono tan severo que jamás le escuché―. No saldrás en menos de treinta años y con el allanamiento te sumas más años, la cárcel no es muy cómoda y te pueden matar ¿Querrías ser la perra de un preso? Suerte con ello.
De acuerdo, eso fue impresionante. Dalia se ha ganado más respeto de mi parte. Llegamos a la camioneta y nos quedamos observando; la buena noticia es que ahí está, la mala es que no tenemos la llave.
―Se la llevó, no se me ocurrió pedírselas.
A mí tampoco se me habría ocurrido. En un arranque de furia y miedo por lo que concierna a Sebastián, pateo la defensa y eso da rienda suelta a mi ira incontrolable; golpeo la lámina, grito, maldigo antes de que Pavel me tome entre sus brazos y me detenga. Maldita sea, ¿y si lo tienen enterrado vivo y el tiempo se le acaba?
―¡Está adentro! ―exclama Dalia con emoción―. No sé qué hacen ahí...―abre la puerta del conductor y se activa la alarma, me pego un susto que casi me para el corazón, pero Pavel es rápido, toma la llave y apaga el molesto sonido―. Tal vez las dejó él.
―O las puso el acosador.
Concuerdo con Pavel, el hijo de puta del acosador (o acosadores) ha demostrado que planea todo a la perfección, seguramente está desternillándose de risa al imaginar nuestra confusión mientras se deleita con la sangre de Sebastián.
No me ofrezco para manejar, con estos nervios seguramente provocaré un accidente, además, no soy buena con automóviles manuales. Dalia toma las llaves y se sube al asiento, nos ordena subirnos también y arrancamos. Pavel está en el asiento del copiloto, con el GPS se guía para mostrarle el camino a Dalia. Tardamos cerca de veinte minutos en llegar al destino, casi me acabo las uñas de tanto morderlas. Debo confesar que Dalia me impacta esta vez, conduce sin miedo, rápido y no titubea al pasarse la luz roja y meterse entre los coches.
El número corresponde a una pequeña casa de aspecto moderno y elegante, lo primero que pienso al verla es que ahí vive alguien rico y soltero. Da miedo el hecho de que está algo apartada de la civilización; si gritas, estará difícil que alguien lo oiga. Estacionamos junto a un árbol de limón y avanzamos hacia la entrada principal. Sinceramente, esperaba una bodega abandonada y sucia, pero una casa superó mis expectativas. Me siento desconcertada.
Pavel se encuentra un bate de beisbol en la cajuela de Sebastián, supongo que lo trajo por protección (se lo hubiese bajado el inútil). No es un arma que me haga sentir muy protegida, pero peor es nada. Avanzamos en silencio y tratamos de escondernos entre las sombras. Frente a la puerta hay dos automóviles estacionados; uno es el típico deportivo de modelo reciente y el otro es más... ¿Normal? Pasamos de largo y vemos que la luz de la sala está encendida, pero las cortinas no dejan ver mucho. Primero se asoma Dalia, dice que no ve nada, luego es el turno de Pavel y dice que ve pasar a alguien, pero no se ve bien. Yo no veo un carajo, solo una lámpara y un cuadro de un paisaje. Pero algo de utilidad, no.
Dalia vuelve a asomarse, entrecierra los ojos y su semblante adquiere un tono de concentración... Y entonces abre los ojos y la boca, jadea y da dos pasos hacia atrás. Su expresión en una mezcla de miedo y confusión.
Me asomo y entonces lo entiendo. Hay un hombre joven, le calculo poco menos de treinta años, es atractivo, pero no se compara con el hombre a su lado. Por todos los infiernos, Ventura está mucho más atractivo que de costumbre... ¿y qué hace en la dirección que nos dio el acosador? Ahora entiendo el terror de Dalia.
¿Qué carajo? Voy hacia Dalia quien ya está a la altura del automóvil deportivo. Se recarga sobre la puerta del copiloto y respira fuertemente. Parece querer vomitar, pero solo se dobla sobre sí misma y mira fijamente el piso.
El viento sopla gélido, un escalofrío me recorre. Miro a mi alrededor, pero solo veo árboles y oscuridad. Maldita sea, miro el reloj y jadeo cuando veo que son las once y media. Pavel sigue asomado a la ventana, toma una fotografía con su teléfono y vuelve a mirar. Entonces nos voltea a ver y al percibir la angustia de Dalia; se acerca rápidamente para ayudarla.
Por mi parte, una fuerza extraña me atrae hacia los arbustos, algo no está bien, el acosador o acosadores nos mandaron hacia acá, pero no entiendo la razón. Hay algo ahí, aun con toda la oscuridad noto la silueta de... ¿Una pierna? Ay, no.
Me paralizo en mi lugar, no quiero acercarme, no puedo acercarme. Si resulta que hay otro muerto, que el cuerpo es de Sebastián, no podré soportarlo.
—¿Qué haces?
Ahogo un grito, pego un brinco. En cuanto la mirada de Pavel se encuentra con la mía, le señalo hacia el cuerpo. Dalia también ve el cuerpo y es ella quien se acerca para descubrir la identidad.
—Es Sebastián —murmura mientras revisa al chico en el suelo, nos acercamos—. Está vivo.
Es tal mi alivio que, inconscientemente, acaricio la mejilla del chico. No tiene un solo rasguño, solo está desmayado. Pavel intenta despertarlo, le da un par de palmadas en la espalda, en la mejilla. Me aguanto las ganas de decirle que le den una bofetada. Sebastián murmura incoherencias, apenas se mueve.
El sonido de una puerta al abrirse nos sobresalta. Maldita sea, Ventura y el otro tipo hablan en el umbral, si voltean hacia acá, seguro nos verán. Si a Ventura se le ocurre irse ahora, verá la camioneta de Sebastián, obviamente sospechará algo. Así como ahora sospecho de él por estar en la ubicación que nos dio el acosador.
Como un milagro inesperado, al tipo de la casa se le ocurre entregarle algo a Ventura y entran de nuevo a la casa. Cuando cierran la puerta, aprovechamos. Pavel carga a Sebastián con una facilidad digna de admirarse, nos movemos lo más rápido posible hasta llegar a la camioneta. Pavel se sube con Sebastián en el asiento trasero y yo guio a Dalia desde el asiento del copiloto.
La chica conduce como si el demonio en persona nos persiguiera, cada cinco segundos echo un vistazo por el espejo retrovisor por si acaso el otro coche nos alcanza. Una vez en la autopista, logro calmarme; por lo que sé, no fuimos descubiertos.
—Debemos ir al hospital ¿qué tal si lo envenenaron?
—Podemos decir que estábamos de fiesta, lo perdimos de vista y así lo encontramos —digo para apoyar la idea de Pavel—. Toma la salida siguiente.
—No encuentro el bolígrafo ni su teléfono ni el video —la voz de Pavel titubea—. Debí imaginar que se lo robarían.
—El GPS dice que en siete minutos llegamos —otra vez estoy temblando—. Terminamos en el hospital dos veces en la misma...
Sebastián gruñe y dice algo por lo bajo, se queda callado y vuelve a hablar.
—El hospital... No... Estoy bien.
—Estás bien perdido —responde Dalia—. Al menos ya hablas.
—NO —el rugido de Sebastián me eriza el vello—. Antes de perder el sentido me dijo que no se me ocurriera ir al hospital —se endereza con ayuda de Pavel—. Me puso una bolsa en la cabeza, me inmovilizó y me metió a un auto antes de que me quitara la tarjeta de memoria y mi teléfono —las palabras se traban en su boca—. Está loco. Me hizo inhalar algo mientras me decía que no fuera al hospital... Lo último que alcancé a escuchar fue un nombre... Creo que eran dos personas, hablaban en alemán, discutían... Y entonces alguien dijo: "Nein Juan Pablo".
El nombre de Juan Pablo es común, pero no puede ser coincidencia que se trate de mi ex.