7. Black Martini.

4585 Words
Declan llegó a su enorme y elegante mansión sin recordar del todo el camino que lo había traído hasta ahí, el hombre no había dejado de pensar en la pobre chica que dejo en la suite del hotel y sus gritos sobre como habia abusado de ella. Además estaba el inconveniente de que no podía recordar casi nada de lo sucedido para saber cómo proceder, todo seguia siendo demasiado borroso y sin mucho ánimo, dejó las llaves sobre la mesa de entrada y se pasó una mano por el rostro, sentía el cuerpo pesado, la cabeza embotada, y en el fondo de la garganta un sabor metálico que lo hacía fruncir el ceño. Las imágenes de la noche anterior seguían mezclándose en su mente: la fiesta, la conversación con Greg, el mareo repentino, el calor sofocante, los recuerdos difusos y la chica, esa joven aterada y llorosa que simplemente no podía sacar de su mente, le provocaron una contracción en el estómago . - Vaya, Declan....- la voz alegre de la señora Phyllis rompió el silencio desde la puerta del pasillo- al fin apareces...pensé que la noche te había reclamado por completo- el ama de llaves se rió suavemente mientras avanzaba hacia él, secándose las manos en el delantal. El hombre levantó la vista, sorprendido por su repentina presencia, Phyllis, con su cabello cano recogido en un moño desordenado y el rostro aún fresco a pesar de los años, le dedicó una mirada cargada de cariño y picardía. - Supongo que la velada fue más entretenida de lo que esperaba- continuó ella, con un brillo cómplice en los ojos- no regresaste en toda la noche.... y eso solo puede significar que alguna buena mujer tuvo suerte, o me equivoco? El comentario, hecho con la inocencia de la persona más allegada a él, su antigua niñera hoy convertida en ama de llaves por puro gusto, le cayó como un balde de agua fría. Phyllis siempre le hacía ese tipo de comentarios incluso se daba la libertad de burlarse de él sin ninguna consecuencia, desgraciadamente, después de la noche que paso no estaba de ánimo para soportar semejante atrevimiento. El semblante de Declan se endureció, de inmediato levantó la vista con un dejo de reproche, aunque el gesto no fue brusco, si bastó para que la sonrisa de la mujer titubeara, torpemente había tocado un tema sensible para él y se percato de ello demasiado tarde. - No deberías preguntar algo cuya respuesta ya conoces- respondió al fin, en un tono bajo y áspero, casi más para sí mismo que para ella. La señora Phyllis parpadeó confundida por el repentino cambio en el semblante de Declan, lo conocía demasiado bien, lo había criado, visto dar sus primeros pasos y curado más de una herida, y no es que en los últimos años fuera muy alegre, pero regularmente no respondía con tanta severidad y menos a ella. - Tienes razón, mi niño- dijo con una sonrisa suave, intentando recomponer el ambiente- fue una broma tonta.....no fue mi intención.... - Lo sé- la voz de Declan sonó más cansada que molesta pero realmente no estaba de ánimo para lidiar con ese otro problema- solo....no hoy. - Discúlpame mi niño.... no quise incomodarte- murmuró con voz temblorosa, bajando la cabeza, consciente de que había tocado un hilo demasiado sensible. Declan soltó un hondo suspiro al ver la reacción de la señora Phyllis, no quería desquitarse con alguien más por lo sucedido pero simplemente la situación lo estaba sobrepasando. - Discúlpame tú a mi.... fue una noche larga.... y complicada- se excusó acercándose a la mujer, tomandola del hombro- y quiero.... necesito descansar.... por qué mejor no me preparas el baño, sí?! - pidió, guiñándole el ojo, tratando de aligerar el ambiente. La empleada entrecerró los ojos, observándolo con sospecha, a pesar de que Declan intentaba sonreír y mostrarse despreocupado, era evidente que algo lo aquejaba y parecía no deberse solo a su imprudente comentario. - Complicada, eh?- repitió aparentando seguirle el juego con un tono que mezclaba curiosidad y una pizca de preocupación maternal- conociéndote, eso puede significar cualquier cosa- concluyó intentando no agobiarlo más, aunque si notaba el semblante tan descompuesto y el nerviosismo en su manos que intentaba ocultar. Declan dejó escapar una risa corta, sin humor, y se acercó aún más a ella, agachando el rostro para mirarla directamente. - Nada de lo que debas preocuparte- exclamó pellizcandole suavemente la mejilla- solo necesito dormir.... y una buena ducha- la miró de reojo, intentando forzar aún más su sonrisa- podrías prepararme el baño, por favor? La mujer alzó una ceja, cruzándose de brazos con ese aire de madre que lo reprendía sin palabras, sin embargo, sus sospechas no parecian tener un fundamento genuino. - Bien.....y ya que pareces....tannn.... complicado- dijo sin ocultar la ironia en su voz- te prepare la tina.....con un poco de esencia de manzanilla, que tal, eh?, como cuando eras niño!- la sonrisa de Declan se volvió brevemente genuina, al menos siempre podía contar con Phyllis y eso de alguna manera le daba tranquilidad. - Manzanilla.....supongo que hay cosas que nunca cambian. - Siempre serás un pequeño para mi....- y con una sonrisa la mujer se adelantó hacia las escaleras, dejandolo atrás. El hombre soltó un largo suspiro de tranquilidad, al menos por ahora nadie haría preguntas cuya respuesta no tenía, y antes de seguirla volvió a pasar la mano por su cabeza como si el simple hecho de alisar su cabello le diera un poco de la claridad y serenidad que perdió durante la noche. Declan subió las escaleras, con un paso mucho más lento y pesado atravesó el pasillo hacia la recámara principal donde el ruido del agua y la presencia del ama de llaves moviéndose con la misma eficiencia de siempre, preparando toallas limpias y revisando la temperatura del baño, como solía hacerlo desde que él era niño, se hacía notar. Sin decir palabra, se dejó caer en la orilla de la cama, desabrochandose lentamente los primeros botones de la camisa, sin apartar la mirada de la mujer, había algo reconfortante en verla allí, ocupada en su rutina, pero también un peso extraño que lo mantenía en silencio. - Ya está, Dec- le dijo suavemente- te dejé las toallas limpias y el agua a buena temperatura.....no demores mucho o se va a enfriar y la manzanilla.... - No surtira efecto- la interrumpió en una advertencia que había escuchado infinidad de veces- a lo que la señora Phyllis asintió con una sonrisa complacida. - Entonces ya sabes que tienes que hacer. - Por supuesto que si, gracias. La mujer se quedó unos segundos en el umbral, observándolo detenidamente, percibiendo el gesto tenso, el ceño fruncido y el cansancio en su voz. - Declan....- empezó con cautela- si hay algo que quieras contarme, lo que sea… sabes que puedes hacerlo, verdad?, ya no eres ese niño testarudo de antes, pero todavía sé escucharte- el hombre alzó la vista, y por un segundo, el brillo en sus ojos fue casi vulnerable, pero enseguida se apagó. - Lo sé- respondió con calma y aparente indiferencia, regresando su atención a los botones de su camisa- pero no hay nada que contar. Phyllis asintió con una sonrisa, sin creerle del todo, y salió del cuarto en silencio; y en cuanto la puerta se cerró, Declan exhaló con fuerza, pasándose las manos por el rostro, como si quisiera arrancarse los recuerdos pegados a la piel, ese perfume ajeno, la sensación de calor y los sonidos confusos que aún lo perseguían. - Maldita sea.... qué diablos hiciste Declan?- se cuestionó con incredulidad pues se negaba a creer que fuese capaz de abusar de una mujer. Necesitaba claridad, alguna respuesta pero sentir el perfume de aquella chica sobre su cuerpo no le estaba ayudando, al contrario, empezaba a convencerlo de que en realidad fue capaz de algo tan ruin y despreciable, Declan se levantó apresuradamente y se internó en el baño, arrojando toda la ropa que llevaba al suelo, no podía dejarse llevar por absurdas suposiciones, tenía que haber una explicación coherente y sensata, que él iba a hallar. Al contacto con el agua cerró los ojos buscando un breve momento de sosiego, aferrarse al murmullo del agua para no pensar, mientras se repetía que no pasó nada, no podía haber pasado nada, no después de tantos años y no con su problema Pero la mente no obedecía a esa autoimpusta lógica. Los recuerdos comenzaron a revelarse con mayor nitidez, al principio solo era una sombra, el cabello de una mujer sobre la almohada, una respiración entrecortada, una voz que no lograba entender, pero luego, se volvió más claro: una habitación en penumbra, el sonido distante de gemidos y el roce de una piel cálida que no le pertenecía. El aire se le atascó en los pulmones, y apretó los ojos con mayor fuerza, y, sin quererlo, la vio. Una joven, tendida bajo él con los ojos cerrados, las mejillas sonrosadas, los labios entreabiertos en una expresión de entrega que no podía asociar con un error o un accidente. La vio moverse, respirar temblorosa, emitir un suspiro que lo atravesó incluso en el recuerdo; el corazón de Declan dio un vuelco tan violento que tuvo que sujetarse de la orilla de la tina con ambas manos para no perder la razón, e intentó convencerse de que era un sueño, un efecto del alcohol, una alucinación; pero la sensación persistía, como si su cuerpo recordara algo que su mente se negaba a aceptar. El reflejo era tan vívido que casi pudo aspirar nuevamente ese perfume, esa mezcla de flores dulces y alcohol, algo que su consciencia trataba de negar con desesperación, no podía ser real; y ya no pudo mantener los ojos cerrados. - No...- la palabra salió ahogada, cargada de incredulidad y culpa. Si aquello había ocurrido, si esa mujer no era parte de una ilusión alcohólica o una fantasía inducida, entonces había cruzado una línea que jamás pensó pisar. - Debe haber otra explicación....- exclamó mientras salía de la tina con violencia mirando desesperadamente a su alrededor, esperando que los azulejos o el vapor pudieran darle alguna respuesta. Declan se quedó quieto un instante, mirando el suelo cubierto de vapor, como si ahí pudiera encontrar una razón que lo absolviera; con un temblor creciente pasó una mano por su rostro, empapado, y luego por su cabello, nada encajaba. Si lo pensaba con un poco de lógica, él no podía haberlo hecho, no solo porque no era un hombre capaz de cometer tal aberración, sino porque simplemente no debería haber podido; su cuerpo no respondía de esa manera desde hacía años, desde que los médicos pronunciaron aquel temible diagnóstico: Disfunción Erectil. Pero entonces, cómo explicar lo que recordaba, cómo explicarla a ella? Necesitaba calmarse, y de nuevo respiró hondo mientras caminaba hacia el lavabo, recargando sus manos en el borde, cerrando los ojos con fuerza, tratando de borrar la imagen, pero cuanto más la rechazaba, más nítida se volvía. - Qué sucedió?!- se cuestionó levantando el rostro hacia el extraño reflejo en el espejo de un hombre que no reconocía. Y permaneció allí un instante, respirando con dificultad, hasta que el reflejo pareció devolverle algo de cordura, tenía que encontrar una respuesta, en la suite del hotel, en el salón de la fiesta, en sus recuerdos, en algún lado debería estar la respuesta, se convenció; porque se negaba a creer que él hubiera llegado a hacer algo semejante. Más decidido se incorporó, se enjuagó el rostro con agua fría y dejó que el goteo lo despejara un poco, apenas y tomo una de las toallas que Phyllis le dejó en el baño para secarse el cuerpo por encima sin mucho cuidado y, aún con el cabello mojado, se dirigió al enorme vestidor, tomando el primer conjunto deportivo que encontró. El vestidor lo recibió con su orden habitual, una representación del hombre meticuloso y ordenado que era; y sin mucho pensar, apartó algunas camisas y tomó el primer conjunto deportivo que encontró. No tenía cabeza para otra cosa; necesitaba pensar con lógica: ordenar los hechos, revisar cada recuerdo como si fueran pistas y no permitir que las imágenes confusas le gobernaran. El hombre se vistió mecánicamente antes de bajar las escaleras con el rostro demasiado contraído por los recuerdos para fingir que se encontraba bien, lo cual sería un problema cuando se topó de frente con la señora Phyllis, quien lo miró de nuevo con un gesto de confusión y una sonrisa que intentaba ser maternal. - No vas a ir a la oficina hoy?!- preguntó con ese tono entre curioso y burlón que solo ella se atrevía a usar. - No, es sábado- respondió él, seco, sin mirarla. - Y eso qué?, si no mal recuerdo en los últimos 10 años has ido al hotel a trabajar todos los sábados sin falta y a primera hora- le reprochó con una burla apenas disimulada- qué es tan diferente hoy? Declan se ajustó el cierre de la sudadera bajando la mirada para no delatar más su estado, levemente negó con la cabeza y elevó los hombros en señal de indiferencia. - Al parecer bebí más de la cuenta.... contenta?!- se excusó- solo dile al chófer que guarde mi coche, y si no tienes otra cosa que hacer.... podrías traerme el desayuno al despacho, por favor. - Ja, desayuno en casa, y en el despacho?!- replicó la mujer, arqueando una ceja con aire cómplice- eso solo significa dos cosas: o hay una resaca monumental o planeas alguna locura- pero Declan solo alzó la mirada hacia ella, sin rastro de humor. - Phyllis- dijo su nombre con un dejo de advertencia, de verdad no estaba de humor para soportar los avances de su ama de llaves. La mujer se encogió de hombros con una sonrisa fingida, aunque en su interior algo se removió, pues ya había visto ese semblante antes, el de los días en que Declan parecía cargado de la historia y del peso de todo el apellido Ellsworth sobre los hombros. - Como digas... te llevaré el desayuno enseguida- respondió finalmente, retirándose con pasos ligeros hacia la cocina. Él la siguió con la mirada un segundo, hasta que desapareció tras los pasillos y entonces se permitió soltar otro largo suspiro, esos que se habían vuelto habituales desde que llegó a casa. - Maldita locura!!- exclamó con un grito ahogado, dirigiéndose al despacho. Afortunadamente para Declan, el lugar estaba igual que siempre, ordenado, impecable, demasiado grande para una sola persona pero con la calma y tranquilidad suficiente para repasar los hechos, y empezaría de inmediato antes de que todo le explotara en la cara. Sin mucho ánimo se dejó caer en el sillón de cuero frente al escritorio, apoyando el codo en la fina madera de caoba y cubriéndose parcialmente la boca con la mano, inició por darle sentido a los recuerdos que le habían llegado en los últimos minutos. Primero, se enfocó en la imagen del salón del hotel, las luces difusas, la música y en la joven de vestido coral que parecía fuera de lugar entre los invitados; recordaba claramente haberla visto varias veces aquella noche: sola en la barra pidiendo un trago que apenas y podía pronunciar, recordó como la ayudó con el barman, antes de verla acercarse a Aarón, después bailando con un acaudalado viudo y conversando con un amigo de su sobrino. Su mente viajo hacia ella nuevamente en el bar, dejando un billete de cien en la copa de propinas, un gesto que no encajaba con la muchacha nerviosa y modesta que aparentaba ser. Declan, frunció el ceño, repitiendo esa escena en particular una y otra vez, algo en ese recuerdo parecía ser la clave de todo, incluso evocó el haberle hecho un comentario a Greg, algo sobre cómo los rostros más inocentes eran los más imprevisibles. Y luego el mareo, el calor en la nuca, el peso en sus piernas, la sensación de que el suelo se movía bajo sus pies y después, oscuridad, Declan cerró los ojos forzando a su mente a excavar más profundo y encontrar esas memorias que parecían esconderse intencionalmente. Se vió a si mismo conversando en el jardín con Susan y la señora Bernard, aunque no recordaba lo que había dicho, solo podía pensar en ese extraño mareo que parecía haberle robado la conciencia, y después llegar a la suite. Cómo había llegado y por qué? Declan se frotó las sienes, sintiendo que el pulso se le aceleraba, la lógica comenzaba a imponerse a la culpa, las escenas que parecían recortes confusos y mal hechos empezaban a tomar forma. Nada de lo sucedido desde que dio el primer sorbo a su último trago fue normal, ni las sensaciones en su cuerpo, ni su reacción, algo más debió haber pasado. El recuerdo de la copa apareció de pronto, con una claridad dolorosa: la última bebida que el barman le ofreció, fue justo después de que la chica del vestido coral dejara el billete de 100 en la copa, aquel hombre le había guiñado el ojo a ella y la conversación que parecieron mantener resultaba demasiado íntima para dos personas que solo compartían un servicio. Y las palabras que le dirigió a Greg cobraron más sentido: Es una caza fortunas. La idea germinó como una chispa, y ahora surgía una nueva sentencia: sí, quizás, había sido ella la responsable de todo. El hombre se enderezó en el sillón, su mirada se clavó fija en el vacío frente a él, y si todo fue planeado. Podía tener sentido, una joven sin recursos, relacionada o interesada en Aarón, en una fiesta privada, tal vez buscando una oportunidad, o algo más. Una bebida adulterada, la suite presidencial preparada para recibirlos, y un escándalo en ciernes. Si ella hablaba, podía acusarlo y destruirlo. La posibilidad lo hizo apretar la mandíbula hasta que los músculos le dolieron, si la historia salía a la luz, la prensa se abalanzaría: el poderoso Declan Ellsworth acusado de abuso, era el tipo de titular que podía destruir una reputación. Ella se presentaría como la perfecta víctima, una mujer pobre e indefensa, inocente, que solo quería divertirse, mancillada por un hombre poderoso y degenerado; bajo esas circunstancias nadie querría escucharlo, nadie querría conocer su versión. Había escuchado muchas veces ya de situaciones similares: mujeres capaces de todo por obtener un poco de dinero, y seguramente él no sería la excepción, esa mujer muy probablemente le pediría dinero para evitar el escándalo o algo aún peor, podría haber conseguido un seguro de vida eterno. Sí, su cuerpo no respondía sexualmente hace años, a pesar de que había intentado de todo hasta lo más cuestionable, la aceptación del diagnóstico, tan amarga como inevitable, finalmente lo alcanzó, y desde entonces se mantuvo alejado de las mujeres y las relaciones lo más posible para evitar la burla y la vergüenza; y aún así se cuestionaba si esa joven había logrado obtener algo más de él. La sola idea lo envenenó, ya no estaba seguro de no haber tenido una erección o haber eyaculado, de hecho, su cuerpo se sentía tan cansado y liberado a la vez como hace tiempo no recordaba, si ella y la droga que usó habían conseguido lo que los médicos no; es porque todo tenía un propósito y quizás solo era cuestión de tiempo para que llegara a pedirle dinero. Un embarazo, un pensamiento que lo atravesó como un golpe. Sería el modo perfecto de conseguir dinero, un niño heredero de los Ellsworth valdria su peso en oro para esa mujer. Y, probablemente, solo aguardaba a confirmarlo para acusarlo de violación o chantajearlo para no acusarlo públicamente de un delito que no prescribía, y con el niño en brazos sería difícil refutar el haberlo hecho. Podía resultar demasiado rebuscado pero el dinero y poderío de su familia era algo que bien valdría la pena para urdir semejante plan, Declan golpeó el escritorio con la palma abierta, dejando escapar rugido furioso entre dientes, sintiendose usado. El pensamiento lo desbordaba por completo al grado que sentía hervir la sangre, instintivamente cerró los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos y, de pronto, la rabia explotó, levantandolo de su asiento con violencia. - Maldita sea!!- gruñó entre dientes, lanzando los papeles frente a él. El aire le ardía en la garganta, pues se sentía usado, humillado, manipulado como un idiota, la ira le recorría el cuerpo, encendiéndole los músculos y empapándole la piel en sudor. Declan permaneció inmóvil frente al escritorio, respirando con fuerza, con los músculos tensos, la mandíbula apretada, y siendo consumido por la furia, pero debajo de ella empezaba a gestarse algo más frío, y mucho más letal: determinación. Podrían haberlo drogado, podrían haberlo confundido, incluso humillado, pero no lo usarían, no él, no a un Ellsworth. Con un movimiento brusco, se pasó las manos por el rostro, intentando contener el temblor que le recorría las venas, no sabía cómo, pero encontraría la manera de descubrir quién era esa mujer y qué buscaba, pues no iba a permitir que convirtieran aquella noche en un arma en su contra. - No me vas a usar- murmuró con voz ronca, mirando al vacío como si la desconocida pudiera escucharlo. Enderezó la espalda y se obligó a respirar despacio; su mente, entrenada para la estrategia, empezó a reaccionar. Sabía que en el hotel había cámaras, encontraría testigos o registros que respaldarán su defensa, había dinero, contactos, poder y sobre todo, una reputación que protegería con uñas y dientes. Nadie lo chantajearía, nadie volvería a verlo débil. Se irguió en total altura, con el ceño fruncido y la mirada encendida por la resolución, ya no era el joven atormentado por un diagnóstico que le robó parte de su hombría; era un hombre dispuesto a recuperar el control, sin importar a quién tuviera que aplastar en el proceso. Si alguien había intentado usarlo, pronto entendería que cometio un grave e imperdonable error, porque Declan Ellsworth no se dejaba usar, nunca. El aire en la habitación se volvió denso, casi eléctrico, hasta que un suave golpe en la puerta interrumpió el momento. - Adelante- dijo sin mirar, con la voz firme, pero sin rastro de duda. La puerta se abrió y Phyllis apareció con la bandeja de plata perfectamente dispuesta, el aroma del café recién hecho se mezcló con la tensión del ambiente mientras la mujer avanzaba con paso silencioso, observando de reojo a Declan. - Te traje el desayuno, mi niño- indicó con su tono habitual, aunque sus ojos lo estudiaban con cautela. - Déjalo ahí.... no tengo hambre- él apenas y respondió, manteniendo la vista fija en la nada con los hombros rígidos, el gesto endurecido por algo que ella no lograba descifrar. El ama de llaves lo conocía demasiado bien para saber que aquella expresión: los labios apretados, la quietud tensa de su cuerpo, no era de simple enojo, era la antesala de una batalla. Phyllis colocó la bandeja sobre la mesa y retrocedió un paso sin hacer ruido, no preguntó nada, pero su pecho se encogió con inquietud, a pesar de que él no dijo nada, ella sabía que algo había ocurrido, algo que lo había devuelto a ese estado que ella temía y respetaba por igual: el Declan implacable, el que no dejaba cabos sueltos, el que siempre ganaba. Y mientras lo observaba desde la puerta, comprendió que fuera lo que fuera lo que había pasado la noche anterior alguien iba a pagarlo caro; y no podía hacer nada al respecto, así que simplemente cerró la puerta atrás de ella, esperando con algo de suerte que Declan encontrara la serenidad antes de hacer algo arriesgado. Pero él siguió inmóvil, con los dedos apoyados en la orilla del escritorio, y con absoluta calma asintió mientras tomaba su celular, marcando el número de Greg casi por inercia, y los cuatro tonos que antecedieron a que su amigo respondiera solo encendieron más su complicado estado. - Vaya!- exclamó Greg, con voz adormecida y un dejo de burla- el mismísimo Declan Ellsworth llamando, pensé que ya estarías perdido en algún bar de la ciudad.....desapareciste casi toda la fiesta y el viejo estaba furioso, acaso te fuiste a celebrar a otro lado?, y ahora estás recuperándote de una resaca histórica? - No tengo tiempo para bromas- interrumpió Declan con voz grave, más áspera que de costumbre. - Ok... eso sonó serio, qué pasa?, tiene que ver con tu desaparición de anoche? - Necesito que vengas a mi casa de inmediato- respondió caminando hacia el ventanal- y que traigas contigo la lista de invitados al aniversario de anoche, todos los nombres....los confirmados, los de última hora, los acompañantes, el personal del evento, todo. - La lista de invitados?!- repitió su amigo desconcertado- Declan, para qué demonios quieres eso? y no sería más fácil que se lo pidieras directamente a tu secretaria?! El hombre se pasó una mano por el cabello, con evidente frustración, aunque su amigo tenía razón, en ese momento no podía confiar en nadie, necesitaba la lista final, aquella que solo los miembros de más alto rango del hotel conocían y de mano de alguien en quien si confiaba. - No puedo explicártelo por teléfono, pero necesito entender algunas cosas.... antes de que todo explote- Greg guardó silencio unos segundos, percibiendo por primera vez el tono real de su amigo. - Explotar?- repitió, esta vez con cautela- estás empezando a asustarme, qué demonios ocurrió anoche? Declan exhaló despacio, mirando hacia el exterior del ventanal, el jardín trasero tenía una calma envidiable que justo ahora le parecía insultante, gracias a la tensión que lo consumía por dentro. - No lo sé con certeza- respondió con una voz más baja- pero necesito que vengas con esa lista lo antes posible y que no digas una palabra a nadie. - A nadie? - A nadie, ni a la familia, ni a la mesa directiva, ni al personal del hotel- enumeró con frialdad- hasta no tener la información necesaria, quiero hermetismo absoluto.... no quiero que nadie, especialmente Susan y Aarón, se entere de esto, está claro? - De acuerdo- Greg tragó saliva, aceptando la petición de su amigo- iré en seguida, pero Dec, al menos dime si es algo.... peligroso. - Eso depende de lo que descubra- inquirió él, cortante. Hubo unos segundos de silencio tenso, Greg comprendió que era inútil insistir pero por la premura en la voz del hombre sabía que era de suma importancia. - Bien, salgo ahora mismo. - Gracias- murmuró Declan con alivio- te espero aquí- y sin más colgó. Declan permaneció de pie un instante, con el teléfono aún en la mano, observando su propio reflejo en el cristal del ventanal, tenía el rostro desencajado, ojeroso, con la expresión de un hombre que empezaba a darse cuenta de que el control, ese que siempre había creído tener, podía escurrirse entre sus dedos ante un mínimo error. El hombre apretó los labios y volvió al escritorio, no podía permitirse el lujo de quebrarse, pues justo ahora era cuando más necesitaba actuar con frialdad e inteligencia; tenía que actuar con estrategia, sin precipitación, sin dejar que la rabia le dictara los pasos, si alguien había tramado algo en su contra, descubriría quién, cómo y por qué. Declan bajó la mirada, el ceño fruncido y los puños cerrados sobre el escritorio, con un solo objetivo en mente: desmantelar el plan que lo podía destruir, pues los Ellsworth no caían... ... se levantaban más fuertes.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD