Las semanas pasaban en Cariló, y cada día se sentía como un recordatorio de todo lo que había perdido. Desde la muerte de su padre hasta la soledad en esa pequeña cabaña, Valeria no encontraba paz. A medida que los días se alargaban y Mateo seguía con su agotador horario en la cocina, algo más empezó a inquietarla. No era solo el cansancio de Mateo; había algo más, algo que ella no podía ignorar. Desde que habían llegado a ese maldito lugar, había notado pequeños cambios en él. Al principio, pensó que era solo la presión del trabajo, la rutina abrumadora que parecía nunca dar tregua. Pero pronto, esa sensación de incomodidad comenzó a crecer. Mateo no era el mismo. Se mostraba distante, sus respuestas eran cortas, y en más de una ocasión, Valeria lo sorprendió perdido en sus pensamientos,

