La cabaña que nos asignaron era pequeña, pero tenía un encanto especial. Era nuestro primer hogar en Argentina, y aunque modesto, se sentía como un refugio que nos brindaba la seguridad que tanto habíamos buscado. La ventana daba a un pequeño jardín interno, donde los rayos de sol de las primeras horas de la mañana iluminaban suavemente la cocina y el pequeño espacio que compartíamos. No necesitábamos más. Después de la travesía y las incertidumbres del viaje, aquella cabaña representaba un nuevo comienzo. Nuestras mañanas comenzaban temprano. Mi turno en la recepción del hotel me daba la oportunidad de practicar mi inglés con los huéspedes, y poco a poco me fui ganando la confianza para hacer nuevos amigos. Mateo, por su parte, mantenía el hotel en perfecto estado, reparando cualquier de

