Lía salió con pasos apresurados, el miedo filtrándosele por los huesos, mientras decenas de preguntas revoloteaban en su mente. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué le había preguntado por la medalla que le acababa de dar su padre? El aire de la calle la golpeó de frente, pero no le trajo alivio. La ciudad sonaba demasiado ruidosa, como si cada bocinazo y cada motor rugiendo fueran señales de alarma. Mientras caminaba, sintió una mano que le rozó la espalda. —¡Ah! —pegó un grito sobresaltada con un grito ahogado, girando con rapidez. Su padre estaba allí, con las manos levantadas en señal de paz. —Tranquila, hija. Soy yo. El alivio le recorrió el cuerpo, aunque no por completo. Todavía podía sentir el cosquilleo frío del miedo en la piel. —Papá… —dijo, llevándose una mano al pecho, inten

