Héctor Jr. llevaba horas dentro del coche n***o, estacionado a unos metros del restaurante de fachada discreta. El parabrisas reflejaba el vaivén de los transeúntes, pero sus ojos permanecían fijos en la entrada. Fumaba un cigarrillo tras otro, dejando que la brasa iluminara su perfil duro en intervalos de luz rojiza. Su obsesión no lo dejaba respirar. Evelyn no había cedido. La muy testaruda se había negado a firmar la transferencia de patrimonio, y eso, para él, era una afrenta personal. Pero Héctor Jr. sabía ser paciente; lo había aprendido de su padre. La familia Allen nunca arrebataba nada sin tener antes un plan de respaldo. —¿Sigue adentro? —preguntó, sin apartar la vista de la entrada. El hombre que estaba en el asiento del copiloto, uno de sus más leales, asintió con un movim

