Lía no dijo nada, se mantuvo hermética, como si nada de eso fuera asunto suyo. Simplemente, bajó la mirada y rodeó a Ethan con un paso sereno, como si su sola presencia le pesara más que el bolso que colgaba de su hombro. Ethan la siguió de inmediato, incapaz de permitir que esa distancia entre ellos se volviera definitiva. —Lía… por favor, escúchame —suplicó él, caminando detrás de ella. —Ya me hablaste —respondió ella sin mirarlo—. Esta mañana no. Pero ahora sí, ¿no? Ahora te pica la culpa y vienes a hacerte el redentor. —No es culpa —dijo él, con la voz ronca—. Es responsabilidad. Me equivoqué. Ella se detuvo en seco. Lo miró con una calma tan fría que le heló el pecho. —¿Y crees que eso basta? La ciudad seguía latiendo alrededor, ajena a ellos. Pero en esa acera, frente al tráfic

