El reloj de la sala de espera marcaba una hora que nadie registraba. Solo el tictac metálico, insistente, se atrevía a desafiar el silencio tenso que los envolvía. Afuera, la tormenta se había vuelto un rumor lejano; el cielo, todavía gris, comenzaba a clarear por el este. El hospital olía a desinfectante y a café frío, a ese aroma que se pega a la piel en las noches que parecen no tener final. Cada vez que la puerta de urgencias se abría, el corazón de todos se detenía un segundo. Era un latido que se contenía, un hilo de aire que se quedaba atrapado en la garganta. Pasaban enfermeras, camilleros, y un médico que apenas lanzaba una mirada de compromiso antes de desaparecer por otro pasillo. Nada. Ninguna noticia. Lía estaba sentada con las manos entrelazadas, los nudillos pálidos po

