El caos en la orilla del barranco parecía no querer acabar. La lluvia, después de un breve descanso, regresaba en latigazos finos que cortaban la piel como agujas de hielo. Los focos de los camiones de bomberos y de las patrullas pintaban la escena de rojo y azul, luces que parpadeaban como un mal presagio. Ethan seguía tirado en el suelo con Eilán, rodeándolo en un abrazo feroz mientras jadeaba, escupiendo agua y agotamiento. El cuerpo de su hijo estaba lívido, quieto, terriblemente silencioso. —¡¡Paramédicos, YA!! —rugió Rowan, apurándolos. Su voz áspera y cargada de una tensión que se rompía. El equipo médico se abalanzó como un enjambre. Dos paramédicos se arrodillaron junto a Eilán con una urgencia meticulosa. Ethan se resistió por un instante, sus brazos agarrotados alrededor de s

