La escena en el barranco era un caos contenido, un pulso angustiado entre la desesperación humana y la indiferencia brutal de la naturaleza. El rugido del torrente, alimentado por las lluvias, era un monstruo vivo que ahogaba cualquier otro sonido, un recordatorio constante de la fuerza imparable que tenían enfrente. Los focos de los vehículos de emergencia cortaban la penumbra gris del amanecer, iluminando de manera cruel y artificial la tragedia, bañando de luz surrealista el guardarraíl retorcido y los rostros tensos de los rescatistas. Ethan Blackwell no sentía el frío que calaba hasta los huesos de los demás. No sentía el barro que le enfangaba los costosos zapatos de vestir. Solo sentía un vacío helado en el pecho, un agujero n***o donde antes latía su corazón, y que ahora se al

