El silencio en la mansión era tan pesado que se podía cortar con un cuchillo. Ethan Blackwell permanecía de pie frente a la ventana del salón, viendo sin realmente ver cómo las primeras gotas de una nueva llovizna comenzaban a manchar los cristales. Sus manos, hundidas en los bolsillos del pantalón, no dejaban de temblar. Cada latido de su corazón era un martillazo sordo contra sus costillas, un eco ansioso del tic tac obsesivo del reloj de péndulo que dominaba la estancia. Lía, sentada en el sofá, tenía la mirada perdida en la alfombra persa, sus dedos retorciendo sin cesar un pañuelo ya hecho trizas. Sofía, a su lado, se había encogido hasta parecer más pequeña la manta, envolviéndola como un c*****o de lana y culpabilidad. Hasta Grecia, usualmente tan despreocupada, permanecía ca

