La tormenta empezaba a perder fuerza, pero el silencio que se instaló en la mansión era todavía más inquietante que el rugido de la lluvia. Un silencio denso, que no traía alivio, sino un zumbido de nervios a flor de piel. Sofía había bajado inquieta, porque su sobrina le había dicho que Eilán aún no había regresado. Así que, sin poder dormir, se terminó acurrucando en un rincón del sofá, envuelta en una manta que Lía le había traído cuando la vio, sin decir palabra. Sus dedos, fríos, se aferraban a la tela como si de su fuerza dependiera el equilibrio de la noche. La lámpara de pie, encendida a medias, lanzaba un ligero resplandor que alargaba las sombras en las paredes. Lía caminaba de un lado a otro, con la misma impaciencia que si el simple movimiento de sus pasos pudiera traer a E

