La puerta se cerró detrás de ella con un golpe seco que retumbó en la oficina como un presagio. Ethan no dijo nada. No intentó rodear el escritorio. No intentó refugiarse tras sus trajes, sus contratos o su maldito aire de superioridad. Solo la miró. Como si supiera que lo que estaba a punto de venir no tenía defensa posible. —Siéntate —ordenó, pero su voz no tenía fuerza. No tenía la autoridad de otras veces. Tenía… cansancio. Precaución. Incluso un poco de miedo. —No. —Lía cruzó los brazos, con el ceño fruncido y las palabras listas para explotar—. No vine a escucharte. Vine a hablar. Él respiró hondo, como si necesitara prepararse para una pelea que ya sabía perdida. —No debiste… —empezó ella, pero se interrumpió, porque las palabras le salían ardiendo, desordenadas, tan cargadas

